Ariel Vercelli
Google presentó las funciones de su nuevo Pixel 8 Pro. Su “Editor mágico” que permite retocar imágenes sin problemas usando IA, mientras que la función “Mejor toma” puede cambiar los rostros en los videos que filmamos por otros diferentes, para que las muecas feas sean reemplazadas por sonrisas perfectas. Un rostro normal y corriente puede ser modificado para que luzca bello y espléndido. En su ensayo “Pequeña historia de la fotografía” (1931), Walter Benjamin describe el misterioso “aura” que tenían los primeros retratos fotográficos. Por ejemplo, analiza una fotografía de 1840 de una pescadora, en cuya mirada abatida “queda algo… que te llena con un deseo fuerte de saber cómo se llamaba la mujer que estaba viva allí, que incluso ahora sigue siendo real”. En esto, “la tecnología más precisa” se muestra capaz de “dar a sus productos un valor mágico”. Esto, piensa Benjamin, falta en las fotografías posteriores. La razón de esto, afirma, es en parte porque los sujetos de las primeras fotografías estaban sentados “con su inocencia intacta”; todavía no sabían cómo “debían” presentarse para una fotografía. En retratos posteriores, dice Benjamin, “los niños posaban con trajes elaborados o el fotógrafo retocaba los negativos, para permitir que los retratados se presentaran como hubieran deseado ser vistos”.
Algo similar sucede con el desarrollo actual de las cámaras de los teléfonos. Los celulares nos permiten capturar imágenes casi infinitas de nuestros hijos, más y mejores fotos que la que nuestros padres pudieron tomarnos a nosotros.
Esto es, al menos en parte, algo bueno. Pero la tecnología en sí misma nunca debería contentarse con permitirnos, digamos, capturar momentos fugaces para recordar, quizás, la verdadera naturaleza de un ser querido. No se trata de oponerse a la mera existencia de dicha tecnología, pero por qué nos sentimos obligados a correr a usar cualquier aplicación de IA, cuando lo único que realmente parece ofrecernos son estos juguetes bastante tontos. Hace apenas unas pocas décadas, a cualquier persona le habrían parecido una especie de magia.
Pero aquí estamos, editando fotos y videos para hacer “más lindos” a nuestros hijos, a nuestras mascotas. O peor aún, a nosotros mismos. Para que nuestras representaciones de la realidad se ajusten un poco mejor a cómo una máquina nos dice que deberían verse. Para hacer todo un poco menos interesante. Para transformar toda la creación en un carrete de Instagram.










