
Doscientos cincuenta años después de la creación del Virreinato del Río de la Plata, la Argentina todavía discute cómo distribuir el poder.
En una columna de opinión en el Diario Clarín, Fabián Bosoer recupera, a propósito de este aniversario dado en agosto, una cuestión que atraviesa buena parte de nuestra historia: la concentración del poder político y económico en Buenos Aires y la resistencia de los pueblos y las provincias a quedar subordinados a ese esquema.
El Virreinato fue una creación administrativa de la Corona española. En 1776, Carlos III creó el Virreinato del Río de la Plata y Buenos Aires pasó a ocupar el lugar de capital de ese nuevo espacio político, adquiriendo una centralidad administrativa y comercial que tendría consecuencias mucho más allá de la etapa colonial.
Pero hay algo que resulta todavía más interesante: cuando el orden colonial se quebró, aquella estructura de concentración no desapareció. La disputa simplemente cambió de protagonistas. Y allí aparece nuestra historia.
ARTIGAS, RAMÍREZ Y LA IDEA FEDERAL
Desde esta “histórica” ciudad, José Gervasio Artigas convocó en 1815 al Congreso de los Pueblos Libres, conocido como Congreso de Oriente. El 29 de junio de aquel año, representantes de los pueblos de la Liga Federal se reunieron en Concepción del Uruguay para discutir cuestiones que excedían largamente una coyuntura militar: organización política, comercio, economía, producción y relaciones entre los pueblos.
No fue un episodio menor. Fue la expresión de una concepción política que colocaba a los pueblos y sus autonomías en el centro de la construcción institucional. Pocos años después, Francisco “Pancho” Ramírez llevó esa idea al terreno de la organización política. En 1820 impulsó la creación de la República de Entre Ríos, una experiencia que abarcó Entre Ríos, Corrientes y Misiones y que estuvo acompañada por reglamentos destinados a organizar el orden político, económico y militar.
Artigas y Ramírez pertenecen a una misma tradición: la de quienes entendieron que la construcción nacional no podía hacerse contra las provincias, sino con ellas. Pero sería Justo José de Urquiza quien daría a esa tradición un paso decisivo.
URQUIZA: DEL FEDERALISMO A LA CONSTITUCIÓN
Urquiza comprendió que ninguna victoria militar podía resolver por sí sola el problema argentino. Había que organizar la Nación.
Su Pronunciamiento de 1851, la victoria de Caseros, el Acuerdo de San Nicolás y la convocatoria al Congreso Constituyente fueron parte de una estrategia política destinada a transformar décadas de enfrentamientos en un orden institucional común. Después de Caseros, Urquiza se dedicó a construir las condiciones políticas para la organización constitucional, y el Acuerdo de San Nicolás sentó las bases para ese proceso bajo un sistema federal.
El propio Urquiza lo expresó con una claridad extraordinaria en 1852: después de derrotar a Rosas, su misión era “constituir la República”. Ese es, quizás, el mayor legado político de Urquiza. No haber ganado una batalla. Haber hecho posible una Constitución. Porque después de las armas debía llegar el derecho. Y después de la disputa entre facciones debía aparecer una Nación organizada bajo reglas comunes.
El 1° de mayo de 1853, el Congreso Constituyente sancionó la Constitución que estableció la forma representativa, republicana y federal de gobierno. Ahí está la dimensión verdaderamente trascendente de Urquiza: comprender que el poder sólo podía convertirse en Nación si aceptaba someterse a una organización constitucional.
DOSCIENTOS CINCUENTA AÑOS DESPUÉS
Por eso, recordar hoy la creación del Virreinato no debería llevarnos solamente a mirar hacia atrás. Debería obligarnos a mirar el presente. Porque todavía discutimos sobre recursos, infraestructura, producción, energía, puertos, transporte, empleo y oportunidades. Todavía discutimos cuánto poder se concentra y cuánto se distribuye. Todavía discutimos qué significa ser una provincia dentro de una Nación federal.
La Constitución Nacional resolvió jurídicamente una parte de aquella discusión. Pero ninguna Constitución puede garantizar por sí sola el federalismo si la política no está dispuesta a hacerlo realidad. El federalismo no consiste en tener provincias dibujadas en un mapa. Consiste en que cada territorio tenga capacidad efectiva para construir su futuro. Consiste en que los recursos que genera una región no sean sistemáticamente administrados desde otro lugar. Consiste en que las decisiones que afectan la vida de nuestros pueblos no se tomen siempre lejos de ellos. Y, sobre todo, consiste en que la Nación sea una construcción entre iguales.
EL CENTRALISMO TAMBIÉN PUEDE CAMBIAR DE NOMBRE
El Virreinato terminó. La lógica de concentración, en cambio, puede sobrevivir bajo otras formas. Ya no se trata de una Corona que administra territorios desde lejos. Se trata de discutir cómo funciona una República que se proclama federal, pero que todavía concentra buena parte de sus decisiones, recursos y oportunidades.
Por eso el federalismo no puede ser solamente una palabra que aparece en los discursos patrióticos. Tiene que expresarse en las políticas públicas. En la distribución de los recursos. En la infraestructura. En la energía. En los puertos. En las rutas. En el transporte. En la producción. En el empleo. En las posibilidades reales que tiene una provincia para decidir sobre su propio desarrollo. Porque si todo termina resolviéndose en Buenos Aires, podemos cambiar muchas cosas, pero la lógica de fondo permanece.
EL FUTURO TODAVÍA NO ESTÁ ESCRITO
Desde Concepción del Uruguay, esta reflexión tiene un sentido especial. Nuestra ciudad fue escenario del Congreso de Oriente convocado por Artigas. Fue protagonista de la experiencia política de Ramírez. Fue la ciudad de Urquiza. Y fue parte fundamental del camino que llevó a la organización constitucional de la República.
Pero la mejor manera de honrar esa historia no es repetirla. Es continuarla. Artigas dejó una idea de libertad de los pueblos. Ramírez convirtió el federalismo en acción política. Urquiza dio el salto decisivo: llevó la disputa del campo de batalla al Congreso y del Congreso a la Constitución. Ese es el desafío que queda para nuestro tiempo.
No volver al pasado, sino recuperar de él una convicción: un país verdaderamente federal todavía es una obra en construcción. La Argentina del futuro no está escrita. Y quizás esa sea nuestra mayor responsabilidad. Que cuando llegue el momento de escribirla, no lo hagan solamente desde Buenos Aires. Que también puedan escribirla las provincias, sus ciudades, sus pueblos y sus comunidades. Que puedan escribirla desde Entre Ríos. Que podamos escribirla desde Concepción del Uruguay.
Porque hace 250 años se creó un Virreinato. Hace más de 200 años nuestros pueblos comenzaron a discutir la libertad. Con el “Pronunciamiento”, hace 175 años Urquiza abrió el camino de la organización constitucional. Y hoy, frente a un país que vuelve a discutir su rumbo una y otra vez, el federalismo no es una herencia para administrar desde la nostalgia: es un futuro que todavía tenemos que conquistar y del que también tenemos que pronunciarnos.
(*) Abogado y Concejal. Vicepresidente 1° del HCD de Concepción del Uruguay. Presidente del Bloque “Juntos por Uruguay” – P J.












