Hojas Sueltas… Amor eterno

David Bueno

Cuando nos enamoramos, vivimos una experiencia que atraviesa por diversas fases. La primera es física: es cuerpo e impulso sexual indiscriminado. Emitimos feromonas a través de la piel, queramos o no, y con ellas ofrecemos información a los demás sobre nuestra receptividad sexual. Le damos una idea de si estamos receptivos o no sexualmente. Y sino lo estamos, ya no somos atractivos para el otro. Pero las feromonas se complementan, en el caso de los seres humanos, con el sentido de la vista, porque el primer contacto es visual. Una buena cantidad de feromonas y un simple vistazo nos permiten obtener, además, información sobre la constitución genética del otro. Una selección algo primitiva e instintiva que nos recuerda que en esta fase no somos muy diferentes a otras especies. Sin embargo, pronto pasamos a vivir una segunda etapa amorosa, la de la atracción sexual más selectiva, la del amor romántico más intenso, la que nos lleva a estar enamorados en sentido estricto y nos hace sentir un estado de euforia y bienestar sin límites. Somos capaces de hacer el amor durante horas, de hablar sin parar toda la noche con el otro. Nos convertimos en atletas de elite del sexo y el amor. Los responsables son tres neurotransmisores: la dopamina, la oxitocina y la feniletilamina. Son las hormonas responsables del enamoramiento. Activan los centros del placer de nuestro cerebro y potencian la atracción por el otro, fortalecen físicamente a la persona enamorada, refuerzan el sistema inmunitario y desactivan la parte del cerebro que permite la crítica a la pareja, por eso es única y especial. La buena noticia es que mientras vivimos esta fase, la vida nos sonríe y nos sentimos fuertes, sanos, inmensamente felices. La mala es que se acaba transcurridos dos o tres años. Para mantener el nivel de enamoramiento, el cuerpo necesita producir más dopamina, pero llega un momento en que los receptores de esta hormona se saturan. Por mucha dopamina que produzcas, si el receptor, que tiene que recibir la señal y reconocerla, está lleno, ya no la recibe. Y así acaba el enamoramiento, esa fase mágica y entusiasta. Sin embargo, la recompensa a tanto afecto, a tantas olimpiadas sexuales y a tanta producción hormonal indiscriminada llega, si todo va bien, con la tercera y más deseada fase: la del amor maduro, ese que dura para siempre y que, consciente o inconscientemente, buscamos y necesitamos, desde siempre.