Por Sergio A. Rossi
La fuga de militantes partidarios hacia gremios, vecinales, cooperadoras, grupos ecologistas o religiosos, genera en los partidos primero críticas, y luego intentos de captación y manipulación. Este tránsito de lo partidario a lo social no es fácil ni gratuito para el militante: aleja el horizonte del poder y cambia su marco de identificación colectiva, su grupo de pertenencia. ¿Se reunirán algún día esos infinitos esfuerzos individuales en una gran cruzada colectiva? Difícil en estos tiempos catalizar esas dispersas energías militantes.
Pero ya que hablamos de catalizar, adentrémonos en el mundo de la física y de la química. Cualquiera sabe que el pensamiento imperial utiliza el prestigio de las ciencias exactas para presentar como leyes naturales sus políticas de dominación. Cuántas veces se ha enunciado esta impostación.
A diferencia de la militancia, las ciencias naturales tienen “método” y “proyecto”.
Examinan los fenómenos analizando los diferentes factores y circunstancias que parecen influenciarlos. Acuden a la experimentación, que consiste en la observación bajo condiciones preparadas de antemano. A partir de hechos conocidos se construye un modelo teórico, del cual pueden deducirse nuevos conocimientos.
Desde el Renacimiento, el prestigio del pensamiento científico fue de la mano de la desacreditación del saber anterior. La química sepultó así a la alquimia, que fue etiquetada como un confuso antecesor del pensamiento moderno. Así como la medicina occidental combatió al “curanderismo”, la alquimia fue equiparada a una especie de chapucería precientífica sin método ni teoría.
Sin caer en el absurdo contrario de ignorar al pensamiento científico occidental, mucha gente razonable descubre valiosos conocimientos en estos saberes fósiles. Que la alquimia tuviera una lógica distinta, nos dicen, no indica que no haya tenido ninguna. Un químico moderno busca provocar una reacción. Tiene una teoría que le indica los pasos a seguir. Produce la reacción de una manera determinada, buscando las condiciones más apropiadas para su desarrollo. “Sabe” que si hace A+B obtendrá C.
Nos cuentan que el alquimista, por el contrario, repite su manipulación miles de veces, aún sin las condiciones óptimas indicadas por ninguna teoría. Confía en que si reitera innumerables veces el experimento se producirá finalmente un suceso extraordinario que le dará lo que busca.
Tal vez podría abreviar su espera utilizando medios más activos, multiplicando así las posibilidades de captar ese acontecimiento excepcional necesario para el éxito de su experimento. Pero el alquimista trabaja pobremente y en secreto, teniendo la espera por virtud.










