Por Sergio A. Rossi
Edipo Rey es para algunos la quintaesencia de la tragedia. En la tragedia griega no importaba, como en las películas policiales o de suspenso, el final inesperado. Tampoco había esa preocupación por el final rosa tan de Hollywood. La gracia de la tragedia no estaba en el final sorprendente. Al contrario, el final era sabido por el público de entrada, se lo anunciaba. Todos lo sabían menos los protagonistas, que trataban de luchar contra el destino inútilmente. En Edipo Rey no sólo el público sabe lo que va a pasar, como cuando volvemos a ver una película que nos ha apasionado -hace poco o hace añares- y la disfrutamos igual; en Edipo Rey hasta los personajes saben o intuyen el final, y se lo van advirtiendo a Edipo, quien se obstina en no querer ver lo evidente. La Argentina vive una nueva representación de una tragedia muy conocida. Todavía hay compatriotas que se empecinan en no querer ver, en negar las señales, los augurios y las indicaciones de un camino ya transitado, ya recorrido. Obstinados, siguen creyendo las mismas consignas falaces de que “en 5 minutos termino con la inflación” o que con ellos caerá una “lluvia de inversiones”. Contra el destino nadie la talla. Peor son sus voceros, con sus dados de saña. Como la ninfa Dafne que recibió de Eros la flecha de plomo, portadora del odio y el rechazo, al tiempo que Apolo recibía la de oro, que llevaba el amor apasionado. Apolo rogó sus favores a Dafne, que se le negó reiteradamente. Pero los dioses son tenaces y crueles, así que la persiguió con mayor obstinación y cuando estaba a punto de alcanzarla Dafne quedó plantada en el suelo, sus pies se convirtieron en raíces, su piel en corteza, sus brazos en ramas y su cabello en hojas de laurel. El dios burlado consagró al laurel como su árbol, le dio algo de la eterna juventud –por eso no pierde sus hojas– y desde entonces sus ramas ceñirían la corona del triunfo. Gian Lorenzo Bernini esculpió en el siglo XVII la fantástica escena, que se exhibe en la Villa Borghese de Roma. Esa hibridez de la escena, ese ser a mitad de camino entre la ninfa y el árbol, simboliza la belleza y la virtud. En espejo, la hibridez de los periodistas con servicios de espionaje y sobres simboliza la fealdad ruin.










