El Centro no existe

Por Alfredo Serrano

El Centro no existe. Esta podría ser una de las conclusiones del resultado electoral reciente en muchos países en América Latina. A las estadísticas hay que saber usarlas. Y no abusar de ellas, sin sentido. No siempre el promedio es estadísticamente significativo. Con el “Centro” ocurre algo parecido. En Política, y en particular en el campo electoral, se abusa del concepto de Centro, como si existiera por una cuestión aritmética. Justamente, como si se tratara de una ubicación ideológica promedio, que está a mitad de camino entre un extremo y el otro. Sin embargo, esto no es habitual en América Latina. ¿Por qué? En gran medida, por una triple razón. 1°) En lo económico, los países de la región tienen distribuciones de las condiciones de vida y del ingreso con un alto grado de polarización. Es decir, muchos con poco y pocos con mucho. Esto implica que la media está muy distante de la mediana, lo que pondría en jaque la hipótesis de la existencia de un votante típico, representativo de la sociedad. Se interpela a una sociedad que no existe. Se le habla a una clase media como mayoritaria cuando lo que hay es una mayoría que está empobrecida. 2°) Hay gente que piensa ideológicamente de una manera en un asunto y de otra ante otro bien distinto. Se puede ser progresista a favor de más y mejor Estado en materia de salud pública, pero conservador en términos de velar por la seguridad en las calles. Esto no implica de ningún modo que exista una “persona de Centro”. De lo que se trata es que una misma persona puede utilizar un sistema moral en un ámbito y otro sistema moral en otro. 3°) Que la ciudadanía esté alejada de los debates recurrentes por parte de cierta clase política no significa que sea de Centro. Ni que esté despolitizada. En cada asunto la gente se posiciona. ¿O alguien conoce cómo sería “ser de Centro” en temas como el aborto, el abuso de las comisiones bancarias, la inseguridad ciudadana, los precios elevados de los alimentos o la corrupción? El nuevo progresismo latinoamericano afronta el siguiente reto: no caer en la idea de un Centro como espacio predominante. Porque si se acepta -como lo defienden las “usinas fanáticas centristas”, como las llama Stiglitz-, cometeríamos un error imperdonable: asumir que se gobierna en un país, pero la gente vive en otro.