Por: David Bueno
Aprendemos de muchas maneras diferentes, por imitación, repetición, ensayo y error, etcétera, y en cada caso se activan unas redes neuronales u otras. El resultado final, sin embargo, es muy semejante. Todo lo que aprendemos queda almacenado en conexiones neuronales, lo que implica que el aprendizaje altera físicamente el cerebro. Esto tiene una especial relevancia si consideramos que todas nuestras capacidades mentales, toda nuestra vida mental, surge de la actividad del cerebro, la cual depende de las conexiones neuronales que contenga.
La forma en ‘cómo’ aprendemos, influye en la visión del mundo y en la relación con el entorno
Aprender altera las conexiones neuronales y éstas generan la vida mental, por lo que todo aquello que aprendemos y muy especialmente la forma en ‘cómo’ lo aprendemos, influye en la visión del mundo y en la relación con el entorno, incluidos los futuros procesos de aprendizaje que vamos a tener.
Entonces, ¿cómo afecta esto a la forma de enseñar?
Debe ser percibida siempre como un proyecto a largo término. Hacer memorizar y preguntar sólo memorísticamente, por ejemplo, generará personas con menos capacidad para analizar críticamente su entorno que educar a través de la reflexión y el análisis, porque el tipo de conexiones será distinto. Usar el miedo como estrategia generará personas más temerosas y menos transformadoras, puesto que transformarse implica cambiar, y para cambiar hay que aprender cosas nuevas. Y aprender habrá quedado asociado al miedo.
En cambio, usar la curiosidad y el refuerzo positivo llevará a personas con redes neuronales que estimularán más estos aspectos mentales, cruciales para vivir con más optimismo y continuar avanzando y creciendo intelectualmente. También se sabe que el cerebro tiende a almacenar mejor, y a usar luego con más eficiencia, los aprendizajes transversales y contextualizados que los puntuales y específicos, y que recuerda todo aquello que le ha emocionado y olvida lo que no.










