La crisis de GTA y el desafío de la ciudad que viene

Por: Pablo Presas (*)

La situación que atraviesa Granja Tres Arroyos y particularmente la planta La China ha generado una profunda preocupación en Concepción del Uruguay. Detrás de las negociaciones empresariales, de los conflictos laborales y de los números que aparecen en los medios, hay cientos de familias que viven momentos de incertidumbre y una comunidad que observa con inquietud el impacto económico que esta situación produce.

Como ciudad, la prioridad es clara: acompañar a los trabajadores afectados y respaldar todos los esfuerzos que permitan preservar las fuentes de trabajo. En ese sentido, tanto el Gobierno Provincial como el Municipio y el Concejo Deliberante han impulsado distintas medidas de asistencia para amortiguar el impacto social que genera la crisis.



Es lo que corresponde.

Cuando una familia pierde ingresos o atraviesa dificultades para llegar a fin de mes, la respuesta de la comunidad no puede ser la indiferencia.

Sin embargo, además de atender la urgencia, toda crisis también ofrece la oportunidad de reflexionar sobre cuestiones más profundas.

Porque más allá de las responsabilidades que le correspondan a la empresa, de las dificultades financieras que enfrenta o de las decisiones que deban tomarse para ordenar su situación, este episodio deja al descubierto una realidad que merece ser analizada: ¿qué ocurre cuando una ciudad depende demasiado de unos pocos motores económicos?

La historia de Concepción del Uruguay está íntimamente ligada a grandes motores de desarrollo. El puerto, el ferrocarril, los frigoríficos, la actividad avícola, el comercio regional, el turismo, la educación y también la importante presencia que durante décadas tuvo el Estado Nacional a través de las Fuerzas Armadas y distintos organismos públicos. Todos fueron, en distintos momentos, pilares fundamentales de nuestro crecimiento.

Gracias a ellos la ciudad generó empleo, atrajo población, desarrolló infraestructura y consolidó una identidad propia dentro de Entre Ríos.

Sin embargo, con el paso de los años muchos de esos motores fueron perdiendo protagonismo. Algunos desaparecieron, otros redujeron significativamente su influencia y otros debieron adaptarse a nuevas realidades económicas. La historia económica de nuestra ciudad demuestra que ningún motor es permanente.

Precisamente por eso resulta tan importante construir una matriz productiva diversificada, capaz de sostener el crecimiento aun cuando alguno de sus sectores atraviese dificultades.

La crisis actual nos recuerda que cuando una actividad concentra una parte importante del empleo y de los ingresos de una comunidad, cualquier problema termina repercutiendo sobre toda la ciudad. Lo vemos en las familias afectadas, pero también en los comercios, en los prestadores de servicios, en los proveedores y en la actividad económica general.

La situación también impacta sobre las cuentas públicas locales. A las dificultades que enfrentan los trabajadores y la empresa se suma una importante deuda tributaria acumulada con el municipio, recursos que en otras circunstancias podrían destinarse a obras y servicios para toda la comunidad.

Y esto no es un fenómeno exclusivamente local. El mundo está cambiando.

Las empresas son hoy más eficientes, más tecnificadas y más automatizadas que hace algunas décadas. Esto sucede en la industria avícola, en la manufactura, en la logística y prácticamente en todos los sectores productivos.

La tecnología permite producir más con menos recursos y, muchas veces, con menos trabajadores.

No se trata de una problemática particular de una empresa ni de una realidad exclusivamente argentina. Es una tendencia global que continuará profundizándose durante los próximos años.

Por eso la discusión de fondo no debería limitarse únicamente a cómo resolver la coyuntura actual. También deberíamos preguntarnos qué ciudad queremos construir para las próximas décadas.

Durante mucho tiempo pensamos el desarrollo económico a partir de grandes motores. La llegada de una gran empresa o una gran inversión era vista como la principal solución para generar empleo y crecimiento.

Y sin dudas esas inversiones siguen siendo necesarias.

Pero las ciudades más resilientes del mundo han comprendido que depender excesivamente de uno o dos grandes actores también implica riesgos.

Una ciudad no se vuelve fuerte cuando tiene un único motor gigante. Se vuelve fuerte cuando tiene muchos motores funcionando al mismo tiempo. Y Concepción del Uruguay posee condiciones excepcionales para avanzar en esa dirección.

Contamos con universidades e instituciones educativas de prestigio, una ubicación estratégica dentro de Entre Ríos, uno de los patrimonios históricos más importantes de la provincia, una destacada infraestructura deportiva, capacidad emprendedora y un entorno natural privilegiado.

Tenemos además un enorme potencial para fortalecer el turismo histórico, cultural, deportivo y de naturaleza. El turismo ya no debe ser visto como una actividad complementaria o temporal de verano sino como una verdadera industria capaz de generar empleo, inversiones y movimiento económico durante todo el año.

La educación constituye otro de nuestros grandes activos estratégicos. Miles de jóvenes llegan cada año a la ciudad para formarse en nuestras universidades e institutos. Ese capital humano es una ventaja competitiva que pocas ciudades de tamaño similar poseen.

Y dentro de ese universo educativo aparece una de las oportunidades más prometedoras para el futuro: la economía del conocimiento.

En los últimos años comenzó a consolidarse un pequeño pero dinámico ecosistema de empresas tecnológicas y de software, impulsado en buena medida por los ingenieros y profesionales que se forman en la Universidad Tecnológica Nacional y otras instituciones locales.

Se trata de actividades con alto valor agregado, capacidad exportadora y potencial para generar empleo calificado sin depender de las limitaciones geográficas propias de otras industrias tradicionales.

El desafío no es solamente formar profesionales. También debemos generar las condiciones para que esos jóvenes encuentren oportunidades laborales y proyectos de vida en nuestra ciudad. Cada ingeniero, programador, profesional o emprendedor que decide quedarse representa conocimiento, inversión, innovación y desarrollo para toda la comunidad.

Si logramos consolidar ese proceso, atraer nuevas inversiones tecnológicas y retener talento local, el desarrollo tecnológico puede transformarse en uno de los motores más importantes del crecimiento económico de la ciudad durante las próximas décadas.

También deberíamos mejorar los incentivos al desarrollo urbano y a la inversión privada en vivienda. La construcción es una de las actividades con mayor capacidad para movilizar empleo, demanda de materiales, servicios profesionales y actividad comercial. Incrementar la oferta habitacional no sólo contribuiría a reducir uno de los costos de vivienda más altos de la provincia, sino que además impulsaría un sector con fuerte capacidad multiplicadora sobre la economía local.

La industria seguirá siendo fundamental. La agroindustria seguirá siendo fundamental. Pero también deberán crecer otros motores como el turismo, la educación superior, la construcción, la logística, el comercio regional, los servicios profesionales, la economía del conocimiento y los emprendimientos innovadores.

No se trata de reemplazar una actividad por otra. Se trata de sumar.

De construir una economía donde convivan múltiples motores de crecimiento, capaces de complementarse entre sí y reducir la vulnerabilidad frente a las crisis.

Las ciudades intermedias más exitosas del mundo no son las que dependen de una única actividad económica. Son aquellas que logran combinar distintos sectores productivos, atraer inversiones, retener talento, generar oportunidades y adaptarse a los cambios.

Y quizás allí se encuentre una de las principales enseñanzas que deja esta crisis.

La ayuda a los trabajadores es una obligación moral y una necesidad social. La recuperación de la actividad productiva es un objetivo que todos debemos acompañar.

Pero la verdadera discusión estratégica consiste en preguntarnos cómo construimos una ciudad capaz de generar más oportunidades, más inversiones y más empleo para las próximas generaciones.

Concepción del Uruguay ya no es un pueblo. Es una ciudad intermedia con enorme potencial de crecimiento.

La crisis de GTA nos obliga a atender la urgencia. Pero también debería impulsarnos a pensar el futuro.

Porque la verdadera fortaleza de una ciudad no se mide por el tamaño de uno de sus motores económicos, sino por la capacidad de construir muchos motores distintos funcionando al mismo tiempo.

Ese es el desafío de las ciudades intermedias del siglo XXI.

Y también es el desafío de Concepción del Uruguay.

(*) Concejal y Economista