Andrés Asiain
El acuerdo con el Fondo Monetario mantiene la meta fiscal del 1,9%, lo que implica una política fiscal muy restrictiva –algo novedoso para un contexto electoral–.
La reciente devaluación impositiva puede facilitar el objetivo, mejorando la recaudación al aumentar el dólar importador y exportador para ciertos productos agrícolas a través de impuestos. Así se genera un ingreso fiscal que mejora las cuentas públicas. Pero que no alcanza y el propio FMI impone, en ese sentido, una suba de tarifas, planchar los salarios públicos y ajustar los planes sociales. Todas políticas difíciles antes de una elección.
También habla de mantener el dólar oficial, aumentándolo de acuerdo a la inflación.
Con esto, sumado a la devaluación fiscal y el aumento de las tarifas, se generará una aceleración de la inflación, lo que tampoco es una buena noticia para el oficialismo.
En materia de reservas, si bien el acuerdo relaja el objetivo final de reservas para el año, planteando sólo una acumulación de 1.000 millones de dólares neta, implica, desde el pozo de reservas en el que estamos actualmente, la necesidad de acumular casi 6.000 millones, algo que implica una política de fuerte devaluación. Esta meta se debería cumplir a fin de año.
Lo más destacado del acuerdo es que el FMI toma una posición política clara, que es frenar todos los desembolsos hasta después de las PASO. Esto compromete el nivel ajustado de reservas que tiene el oficialismo, que debe enfrentar pagos por 2.600 millones a fin de julio y tiene un vencimiento de 800 millones de dólares con el propio FMI, por intereses, en agosto.
Además, el FMI impone, no ya un monitoreo trimestral, sino uno permanente, diario. El organismo y la Argentina irán avanzando en el cumplimiento de los objetivos para que los desembolsos del Fondo sean efectivos. Eso significa ponerle el collar al Gobierno, tenerlo atado diariamente en su política fiscal, cambiaria, de tarifas, de salarios, de acá a las elecciones condicionando las chances del oficialismo.
En resumidas cuentas, el acuerdo es contractivo, con una tendencia redistributiva desigual e inflacionario. Para el oficialismo, pese a que lo presentó con una visión optimista, el acuerdo alcanzado no es una muy buena noticia. El FMI juega en política y claramente no lo hace a favor del oficialismo, como sí lo hizo en su momento en el gobierno de Mauricio Macri.










