David Bueno
En educación, tenemos por delante una oportunidad de oro. En algunos países y comunidades todas las enseñanzas no superiores, esto es primaria, secundaria y bachillerato, tienden a ser “competenciales” de inicio a fin, después de unos años de adaptación progresiva. Este hecho implica un cambio importante en la concepción que tenemos de la educación, y debería servir para contagiar los estudios superiores, incluidos los universitarios. Que la educación sea competencial significa que debe empoderar a los estudiantes para que sean capaces de activar los aprendizajes conceptuales, procedimentales y actitudinales para interactuar y afrontar situaciones nuevas de manera eficaz, y también para que quieran hacerlo de forma consciente y crítica. Dicho de otro modo, implica educar para pensar, para ir más allá de lo que se transmite en las aulas, para mantener el espíritu de aprendizaje y crecimiento y para ser capaces de valorar críticamente estos pensamientos para poder llevarlos a la práctica de forma ética. Hay personas que, para desprestigiarla, dicen que la educación competencial implica no tener que aprender mucho, hacerlo todo más fácil, cuando en realidad es justo lo contrario. Conlleva una complejidad mucho mayor porque implica ir un paso más allá de lo que se aprende en las aulas para ser capaces de aplicarlo de forma consciente y crítica en la resolución de situaciones nuevas, y también en la generación de nuevos conocimientos. En ningún caso es un sistema nuevo. Muchos de los grandes pedagogos de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, María Montessori, entre otros, ya apostaban por esta educación, potenciandola de formas diversas. Ya en “Crepúsculo de los ídolos” Friedrich Nietzsche le dedica un capítulo. Dice, entre otras cosas, que para educar “son necesarios educadores educados a sí mismos (…), acreditados por la palabra y el silencio, culturalmente maduros y dulces, no groseros eruditos, para evitar jóvenes utilizables y explotables”. Más aún, critica la poca paciencia del sistema educativo, y defiende tomarse tiempo para “dar vueltas en torno al caso particular y abarcarlo por todos lados, para aprender a pensar, aprender a hablar y escribir”. Hace dos décadas que se está demostrando empíricamente que los buenos aprendizajes, entendidos como los que son más eficaces para afrontar situaciones nuevas de forma crítica y empoderada y que permiten continuar aprendiendo y creciendo, son los que se realizan con estímulo. Pero sin prisa, para poderlos valorar y discutir de forma argumentada.










