Editorial. La soberbia

El sistema educativo actual es anacrónico. Los niños se aburren. Enseñamos de la misma manera desde hace 200 años. ¡No tiene ningún sentido!”, exclamó Marc Prensky, experto en educación e inventor del concepto “nativos digitales”. Estamos de acuerdo. Para Ken Robinson, otro gurú en educación, la escuela actual se diseñó durante la Revolución industrial, cuando faltaban trabajadores preparados para hacer lo mismo una y otra vez. El colegio seguía el mismo patrón: niños que aprendían de memoria los conocimientos para luego repetirlos como loros. Necesitamos maestros que preparen a los chicos para afrontar los nuevos retos. Ellos son capaces de transformar el cerebro de los alumnos, tanto física como químicamente, de la misma manera que un escultor con su cincel es capaz de crear una figura tan bella como el Moisés, de Miguel Ángel. Esto es lo que afirma, semana a semana, en estas mismas páginas el genetista David Bueno, con otras palabras y con la autoridad que le da su nivel académico y reputación como divulgador. Pero los docentes -advierte también-, no deben quedar atrapados en la fascinación que prometen las neurociencias y los avances que desde el año 2013 se han disparado gracias al Proyecto Brain, que une a más de 500 científicos de múltiples disciplinas en el descubrimiento del cerebro humano. Un proyecto que hizo propio Barack Obama y al que le asignó 6.000 millones de dólares. Lo que remarcan tanto Bueno, como Rafael Yuste -el médico español e investigador de la Universidad de Columbia que impulsó el proyecto, es que más allá de lo que la ciencia está descubriendo, hay un valioso campo de saberes que los buenos docentes ya conocen y aplican desde hace décadas. Hay muchos conocimientos relacionados con la educación que ahora los avances tecnológicos permiten comprobar. La Pedagogía, la experiencia personal, el trato diario con cientos de alumnos ofrecen una enorme comprensión de lo que más funciona en un aula, en un campo de deportes, en un coro, o un taller de teatro. La capacidad de esos buenos maestros es tan grande como su paciencia cuando un joven que acaba de egresar del Magisterio o alguna cerrera afín pretende explicarle lo que “realmente necesitan los estudiantes”. O como cuando un científico se sube al púlpito de un programa de TV para adoctrinarlos. Los docentes tienen que ser la joya de la corona del país, porque sobre sus espaldas recae una enorme responsabilidad. Y deberíamos preservarlos de la soberbia de algún que otro neurocientífico de moda.