DESINDUSTRIALIZACIÓN PREMATURA: EL DIAGNÓSTICO QUE ARGENTINA SE NIEGA A MIRAR

Por Gustavo Reija (*)

Los datos de abril del Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) confirmaron lo que la macroeconomía agregada viene ocultando desde hace meses: Argentina crece, pero no de la manera que necesita crecer. La Explotación de minas y canteras se expandió 17,1% interanual y la Agricultura, ganadería, caza y silvicultura 10,9%, aportando en conjunto 1,8 puntos porcentuales al índice general. En simultáneo, la Industria manufacturera retrocedió 2,6% y el Comercio mayorista y minorista continuó sin traccionar. El resultado agregado —una suba de 1,6% interanual con una caída mensual de 1,5%— esconde una bifurcación estructural que merece ser nombrada con precisión conceptual, no solo con indignación retórica.

El concepto de Rodrik y su relevancia para el caso argentino



El economista turco-estadounidense Dani Rodrik acuñó el concepto de «desindustrialización prematura» para describir un fenómeno que rompe con la secuencia clásica del desarrollo. En las economías que hoy llamamos avanzadas, la pérdida de peso relativo de la industria manufacturera en el PBI y en el empleo ocurrió después de alcanzar picos de industrialización históricamente altos —entre 30% y 35% del producto— y con niveles de ingreso per cápita ya elevados. Fue una desindustrialización de la abundancia, precedida por décadas de acumulación de capacidades tecnológicas, cadenas de proveedores y empleo calificado.

Lo que Rodrik observa en buena parte de las economías en desarrollo, y lo que la Argentina de 2026 ilustra con crudeza, es una secuencia invertida: la pérdida de participación industrial ocurre tempranamente, con niveles de ingreso todavía bajos y sin haber completado la transición hacia una estructura productiva compleja. No se trata de un país que se «gradúa» hacia los servicios de alto valor agregado después de haber industrializado; se trata de un país que pierde industria antes de haber terminado de construirla.

Por qué esto no es un detalle técnico

La relevancia de esta distinción no es semántica. Rodrik advierte que la manufactura cumple una función que ningún otro sector reemplaza con la misma eficacia: absorbe mano de obra de manera masiva, genera aprendizaje tecnológico que se derrama hacia proveedores y clientes, y sostiene el ascenso de una clase media asalariada con estabilidad laboral. La minería y el agro moderno, por el contrario, son sectores intensivos en capital y no en trabajo. Generan divisas —y eso no es menor para una economía con restricción externa crónica, como bien lo diagnosticó Marcelo Diamand hace medio siglo— pero no generan el empleo masivo ni la difusión tecnológica que necesita un tejido social como el del Gran Buenos Aires, el cordón industrial de Rosario o el cinturón fabril cordobés.

Esta es, precisamente, la falla del «derrame» que el relato oficial da por sentado. No hay ningún mecanismo automático por el cual el boom extractivo-agropecuario se traduzca en empleo industrial en el conurbano. Al contrario: el modelo Corden-Neary de enfermedad holandesa predice exactamente lo opuesto. El ingreso masivo de divisas por el sector primario-exportador aprecia el tipo de cambio real y encarece relativamente al sector transable no primario, es decir, a la industria sustitutiva. El resultado no es derrame: es desplazamiento.

El riesgo de saltear etapas

Existe una corriente de pensamiento —el llamado «leapfrogging»— que sostiene que las economías en desarrollo pueden saltear directamente la etapa industrial y pasar a especializarse en servicios digitales o commodities de alto valor. El propio Rodrik es escéptico de esa hipótesis, y con razón: sin una base manufacturera que organice procesos de aprendizaje colectivo, la productividad no se difunde de manera horizontal por el resto de la economía. Los enclaves de alta productividad —sea el litio, los hidrocarburos no convencionales o el agronegocio de precisión— conviven con vastas zonas de baja productividad y empleo informal, sin que exista el puente institucional que los conecte.

La pregunta que el «veranito» no responde

El programa económico vigente puede exhibir, con legitimidad estadística, veinticinco meses de tendencia-ciclo positiva. Pero la pregunta que un análisis desarrollista no puede eludir es otra: crecimiento, ¿para qué estructura productiva? Un país puede crecer en el agregado macroeconómico y, al mismo tiempo, vaciar sistemáticamente su capacidad industrial. Ambos procesos no son contradictorios; son, de hecho, perfectamente compatibles bajo el esquema actual de apertura financiera, ancla cambiaria y ausencia de política industrial deliberada.

Estabilizar es necesario, no suficiente

La estabilización macroeconómica es una condición necesaria, no suficiente. Sin una intervención estatal inteligente que oriente el excedente extractivo-financiero hacia la incubación de capacidades productivas complejas, Argentina no está transicionando hacia una economía de servicios avanzados: está administrando el retiro ordenado de su industria. La desindustrialización prematura no es un accidente estadístico del EMAE de abril. Es la fotografía mensual de una decisión de política económica que, mientras no se discuta abiertamente, seguirá disfrazándose de recuperación.