Con el kilo de carne vacuna por encima de los 15.000 pesos y un aumento superior al 10 por ciento solo en el último mes, productores patagónicos comenzaron a faenar y vender carne de burro a 7.500 pesos el kilo, un síntoma inequívoco del deterioro del poder adquisitivo que provocan las políticas económicas del gobierno.
La promesa de campaña de Javier Milei de bajar el precio de la carne de 4.000 a 2.800 pesos el kilo quedó sepultada por una realidad que golpea a millones de hogares argentinos. Hoy, un corte promedio supera los 25.000 pesos y el consumo de carne vacuna se desplomó un 20 por ciento. Las familias primero redujeron las porciones, luego migraron al pollo y al cerdo —cuyos precios también escalaron— y finalmente se volcaron masivamente al huevo como la proteína más accesible.
Ahora, en un país que ostenta uno de los rodeos vacunos más importantes del mundo y una tradición asadera arraigada en su identidad cultural, la carne de burro asoma como alternativa para quienes ya no pueden pagar un corte de vaca. El productor rural Julio Cittadini, con su emprendimiento «Burros Patagones», puso a la venta los primeros lotes y el stock se agotó en menos de un día y medio. La faena cuenta con autorización del Ministerio de Producción de Chubut y cumple con los controles bromatológicos exigidos.
Gonzalo Moreira, dueño de una carnicería porteña, describió el cuadro de situación: «Venimos con una recesión importante. No conozco comerciante que no atraviese una dificultad. Todo se paga con tarjeta, se patea para adelante. La comida también se empieza a pagar en cuotas». Y agregó con crudeza: «No estoy de acuerdo. Pienso que no quiero comer un burro. Estamos acostumbrados a comer vaca. Pero esto si lo tengo que llevar para otro lado…».
El dato es devastador: en la Argentina de las vacas, donde el asado es un ritual que atraviesa todas las clases sociales, el gobierno de La Libertad Avanza logró lo que parecía imposible: que comer carne vacuna se convirtiera en un privilegio y que el burro apareciera como una opción alimentaria para los sectores populares. La inflación persistente, el congelamiento salarial y la recesión del mercado interno configuran el cóctel perfecto para que miles de familias deban resignar hasta el último símbolo de bienestar.
El ajuste no es una abstracción macroeconómica: se mide en los mostradores de las carnicerías vacías, en las tarjetas de crédito que financian la comida y en la desesperación de quienes buscan cualquier alternativa para llevar un pedazo de proteína a la mesa. El país que supo alimentar al mundo con su carne hoy ve cómo sus propios habitantes deben recurrir a la faena de burros para no renunciar por completo a la ingesta de carne. Esa es la postal más descarnada del modelo económico mileísta.










