
El 10 de septiembre de 1814, hace 212 años, Entre Ríos fue constituida formalmente como provincia, estableciendo además a la Villa de la Concepción del Uruguay como capital y definió al Paraná y al Uruguay como los límites naturales de la nueva provincia. Desde entonces, nuestra historia quedó indisolublemente ligada a ese entorno fluvial y a una discusión central para el federalismo argentino: quién decide sobre ellos, quién puede navegarlos y cómo se transforman en instrumentos de producción, integración y desarrollo.
La lucha por la libre navegación de los ríos fue, precisamente, una de las grandes banderas del federalismo del siglo XIX. No era una discusión abstracta. Detrás de ella estaba el derecho de las provincias del litoral a comerciar, producir y vincularse con el mundo sin que las decisiones sobre los grandes cursos de agua quedaran concentradas en Buenos Aires.
Por eso, más de dos siglos después, la cuestión sigue teniendo una enorme actualidad.
Durante treinta años, Entre Ríos fue una provincia insular dentro de su propio país: delimitada por dos de los ríos más importantes de Sudamérica, pero ausente de la traza troncal de la Hidrovía Paraná-Paraguay. No participaba de las decisiones, no participaba de las obras y tampoco del desarrollo logístico que consolidaron otras provincias. Era, en el mejor de los casos, espectadora de un proceso que la excedía y, al mismo tiempo, la postergaba.
Con la incorporación plena del sistema Bravo–Guazú–Talavera a la Vía Navegable Troncal esa historia empieza a cambiar. No es un anuncio más: significa que Entre Ríos integra la traza de una vía estratégica para el comercio exterior argentino.
O se es parte de la mesa, o se es parte del menú. Durante tres décadas fuimos, en los hechos, menú. Hoy tenemos la posibilidad concreta de sentarnos a esa mesa, participar de las decisiones y defender allí los intereses de nuestra provincia.
Frente a este hecho concreto, hay quienes eligen la confrontación antes que el análisis. Pero cuando se agota en la descalificación y no incorpora una lectura seria de lo que esta decisión representa para Entre Ríos, se convierte en confrontación vacua, máxime cuando integraron y tuvieron responsabilidades importantes en los 20 años de gobiernos kirchneristas, e hicieron poco y nada para modificar esta realidad.
Vale la pena recordar una máxima que uno de los principales referentes de esa tradición política repitió durante toda su vida pública: “la única verdad es la realidad”. Es un buen principio y, como todo buen principio, exige aplicarlo también cuando la realidad les resulte incómoda.
Y la realidad, hoy, es concreta: Entre Ríos fue incorporada a la traza troncal de la Hidrovía después de treinta años de exclusión.
Nadie pretende que el debate desaparezca, pero si el objetivo es realmente defender los intereses de la provincia, corresponde asumir una actitud distinta: reconocer lo que se consiguió y trabajar junto a nuestro gobernador, para que esta oportunidad se traduzca en obras de infraestructura, puertos operativos, inversión privada y desarrollo para el agro y la producción entrerriana.
Entre Ríos necesita dirigentes capaces de mirar más allá de la próxima declaración y pensar en las próximas décadas.
Porque el federalismo no se declama: se ejerce. Y Entre Ríos, que nació mirando a sus ríos y que durante generaciones defendió el derecho a navegarlos libremente, tiene hoy una nueva oportunidad.
Después de treinta años, finalmente tiene un lugar en la mesa. Ahora hay que ocuparlo, defenderlo y convertirlo en desarrollo.
(*) Presidente del Ente Autárquico Puerto Concepción del Uruguay e integrante del Ateneo Crisólogo Larralde.










