La propuesta de un complejo turístico en la Isla del Puerto generó adhesiones, críticas y un debate que vale la pena continuar. Hay objeciones que merecen ser escuchadas. Pero más allá de ellas sigue estando la pregunta principal: ¿qué estamos haciendo para atraer inversiones y generar nuevos motores para la economía de Concepción del Uruguay?

Mientras todavía seguía el debate generado por mi última columna, una noticia de la vecina Colón me pareció particularmente oportuna: comienza a concretarse allí una inversión privada de 5 millones de dólares para desarrollar un nuevo resort turístico, en el marco de un régimen municipal creado específicamente para incentivar inversiones.
La coincidencia sirve para poner nuestra discusión en perspectiva. Mientras nosotros debatimos qué tipo de inversión turística queremos, dónde debería localizarse o qué características tendría que tener, otras ciudades entrerrianas continúan compitiendo por atraer capital privado y ampliar su oferta.
La columna anterior generó bastante más repercusión de la que esperaba. Hubo mucha gente que acompañó la propuesta y también muchas críticas. Algunas se dirigieron hacia mi persona y poco aportan al debate. Pero otras plantearon argumentos razonables que merecen ser escuchados, porque discutir ideas también implica estar dispuesto a revisarlas y mejorarlas.
Dos objeciones me parecen especialmente serias y merecen ser analizadas: la problemática de la ludopatía y la conveniencia de instalar un emprendimiento turístico dentro de un área de reserva natural.
Empecemos por la primera. Quienes interpretaron mi propuesta como una iniciativa para promover más juego entendieron algo diferente de lo que quise plantear. El casino ya existe en pleno centro de nuestra ciudad. La propuesta consiste justamente en cambiar su lógica y eventualmente trasladarlo para integrarlo, como complemento, a un producto turístico mucho más amplio orientado fundamentalmente a visitantes.
Además, el negocio del juego está cambiando. Las nuevas generaciones se vuelcan cada vez más hacia las apuestas online, una tendencia que plantea un serio problema de ludopatía juvenil que requiere políticas públicas específicas. Esto refuerza, y no debilita, la idea central de que el producto principal no puede ser el casino. El producto tiene que ser el destino.
Un hotel de categoría, un centro de convenciones, gastronomía, wellness, eventos, espectáculos, naturaleza, río, paisaje y experiencias capaces de atraer visitantes durante todo el año. El casino podría ser solamente un componente adicional, recuperando incluso una oferta de mesas tradicionales que la ciudad supo tener y que posteriormente perdió.
No propuse construir una economía alrededor del juego. Propuse utilizar una actividad que ya existe y una concesión pública de considerable valor económico como posible palanca para atraer una inversión turística de otra escala.
La segunda objeción merece tanta o incluso mayor atención: ¿corresponde construir un complejo turístico dentro de una reserva natural? La preocupación es razonable. La Isla del Puerto no puede ser considerada simplemente como un terreno disponible para un desarrollo inmobiliario. Su patrimonio natural es precisamente uno de sus principales valores y cualquier intervención debe partir de su preservación.
Pero conservación y turismo no son necesariamente incompatibles. El Gran Meliá Iguazú, por ejemplo, funciona dentro del Parque Nacional Iguazú. Los Esteros del Iberá también han construido buena parte de su desarrollo turístico alrededor de alojamientos y experiencias vinculadas con la naturaleza y su conservación.
La enseñanza no es que podamos construir en cualquier lugar. Es exactamente la contraria, cuando la naturaleza constituye el principal atractivo, conservarla pasa a ser una condición indispensable para la sustentabilidad del propio proyecto.
Por eso mantengo que vale la pena estudiar la posibilidad de un complejo turístico detrás de la Stella Maris, integrado al río y al extraordinario paisaje de nuestra Isla. Pero estudiar no significa decidir de antemano. La localización debería superar evaluaciones ambientales, hidráulicas y urbanísticas rigurosas. Un eventual proyecto debería tener una ocupación territorial limitada, integrarse al paisaje, minimizar impactos y contribuir a la conservación de la reserva. Porque el desafío es encontrar el mejor proyecto para que el desarrollo turístico y la preservación ambiental puedan avanzar juntos.
Y aquí volvemos al punto que quedó algo eclipsado por la discusión sobre el casino y la Isla. Mientras escribo estas líneas comienzan a llegar telegramas de despido a trabajadores de Granja Tres Arroyos, profundizando una crisis que desde hace meses golpea a cientos de familias uruguayenses. Lo que está ocurriendo vuelve a mostrarnos crudamente algo que venimos planteando desde hace tiempo: Concepción del Uruguay necesita diversificar su matriz productiva.
Una ciudad no puede depender excesivamente de unas pocas actividades o grandes empleadores. Necesitamos industria, puerto, economía del conocimiento, educación, servicios y también una estrategia turística mucho más ambiciosa. No porque el turismo pueda reemplazar a la industria sino porque precisamente se trata diversificar, de construir muchos motores para que la caída de uno de ellos no comprometa a toda la economía local.
En ese contexto, la noticia de Colón no debería pasar inadvertida. Mientras nuestra ciudad enfrenta la pérdida de puestos de trabajo en una de sus principales actividades productivas, a pocos kilómetros comienza a concretarse una inversión turística privada de 5 millones de dólares.
Colón continúa ampliando su oferta. Victoria hizo su transformación. Paraná también ha incorporado inversiones hoteleras y de convenciones. Mientras tanto, Concepción del Uruguay posee historia, patrimonio, playas, río, naturaleza, termas y una ubicación estratégica, pero todavía tiene dificultades para convertir todo ese potencial en inversiones turísticas de escala.
No se trata de copiar lo que hicieron otras ciudades. Cada una tiene sus propias ventajas, su identidad y sus oportunidades. Se trata de observar, aprender y encontrar cuál es el mejor proyecto para Concepción del Uruguay, aquel que aproveche nuestras fortalezas y sea capaz de atraer inversión, generar empleo y convertirse en un nuevo motor para la economía local.
Podemos debatir si un gran proyecto debe localizarse en la Isla o en otro lugar. Podemos discutir si debe incorporar un casino o prescindir de él. Podemos discutir su escala, arquitectura, incentivos y condiciones ambientales. Todas esas discusiones no solamente son válidas, son necesarias.
Pero hay algo sobre lo que deberíamos empezar a construir cierto consenso. Concepción del Uruguay necesita salir a buscar inversiones, competir por ellas y volver a pensar estratégicamente cuáles pueden ser los nuevos motores de su economía para los próximos veinte años. Porque mientras nosotros discutimos, otras ciudades ya lo están haciendo.
(*) Economista y concejal.










