Por David Bueno
Todos los animales duermen, pero no lo hacen de la misma forma. Hay animales en los que primero duerme un hemisferio cerebral y después el otro, como los delfines y las orcas, para evitar ahogarse. Incluso las hormigas duermen: las reinas lo hacen unas 90 veces cada día en períodos de seis minutos, y las obreras llegan a dormirse hasta 250 veces, pero sólo durante un minuto en cada ocasión.
En los mamíferos, como las personas, el ciclo de víspera y sueño viene controlado por el llamado ritmo circadiario. Tiene un origen genético. Son unos genes que en conjunto se llaman Clock (reloj, en inglés, por un motivo evidente), que se activan unos a otros de forma cíclica en períodos de 25 horas, lo que hace que cada día el cerebro se tenga que poner en hora. Estos genes estimulan unas estructuras cerebrales conocidas con el nombre de núcleos supraquiasmáticos, a partir de los cuales se desencadenan diversas cascadas hormonales que mantienen un ritmo razonablemente regular de víspera y sueño.
Equilibrio interno
Se desconoce la razón de esta necesidad imperiosa de dormir, o por qué la evolución biológica no ha seleccionado otras formas de descansar que no impliquen tal desconexión del entorno. Pero se ha estudiado en profundidad qué ocurre en el cuerpo y en el cerebro cuando dormimos. Por un lado, el estado de reposo permite que el cuerpo rehaga su equilibrio interno a nivel bioquímico y metabólico, la homeostasis, lo que nos permite empezar el nuevo día en plenas condiciones fisiológicas. Por eso la falta de sueño puede favorecer la manifestación de trastornos metabólicos, como por ejemplo obesidad. También permite que el sistema inmunitario se regenere, de modo que al levantarnos pueda ser 100% operativo.
Sin embargo, los efectos más importantes se notan en el cerebro. Cuando dormimos se consolidan las memorias, al tiempo se realizan conexiones neuronales nuevas que permiten relacionar las vivencias y los aprendizajes del día con los recuerdos y conocimientos anteriores. De hecho, el cerebro se mantiene muy activo mientras dormimos, especialmente en la llamada fase REM del sueño. Se llama así por las iniciales en inglés de Rapid Eye Movement, porque los ojos se mueven muy hacia todas direcciones. Se considera que estas reorganizaciones de conectividad neuronal son el origen más probable de los sueños, y que por eso pueden parecernos inconexos y carentes de sentido.
Acumulación de residuos
Mientras dormimos el cerebro aprovecha para “limpiar” todos sus elementos. Durante el día, la alta actividad metabólica de este órgano hace que se vayan acumulando sustancias de desecho, que son el producto natural de su funcionamiento. Y también se van produciendo pequeñas roturas en las cubiertas protectoras de las neuronas, las llamadas vainas de mielina. La función de estas cubiertas es similar al recubrimiento de plástico de los cables eléctricos: evitan cortocircuitos y, además, en el cerebro aceleran la velocidad con la que las neuronas intecambian información.
El insomnio, la falta de descanso o querer aprovechar horas de sueño para realizar otras actividades implica que las experiencias del día y las memorias no se puedan consolidar adecuadamente y que, además, no se relacionen bien los aprendizajes del día. La memoria es menos eficiente y se presenta más fragmentada. Además, el cerebro no puede eliminar completamente las sustancias de desecho. Se ha visto, por ejemplo, que ésta es una de las muchas causas que pueden favorecer o acelerar la manifestación de enfermedades como el alzhéimer. No es en absoluto el único motivo, dado que es una patología multifactorial.
Esta acumulación de sustancias tóxicas, junto con la reparación ineficiente de los circuitos neuronales que se van dañando durante el día, hace que se ralenticen los procesos de pensamiento y de razonamiento, lo que incrementa la probabilidad de que respondamos impulsivamente ante cualquier situación. Esta mayor dificultad para reflexionar también afecta a la forma en que gestionamos los estados emocionales, lo que influye negativamente en el estado de ánimo. También incrementa la probabilidad de tener otros trastornos neurológicos y, especialmente en personas susceptibles, que se manifiesten determinados trastornos mentales, entre ellos ansiedad, estrés y depresión, que a su vez también dependen del estado de ánimo.
En definitiva, el acuerdo generalizado que existe entre científicos y médicos en cuanto al sueño es que una buena higiene del sueño es uno de los pilares fundamentales de un estilo de vida que sea neuroprotector. Y hay pruebas convincentes de que mejorar el sueño puede tener grandes beneficios para el bienestar general de todas las personas.










