Martha Argerich en el cierre de su festival en el Teatro Colón

La pianista cautivó al público en el festival que lleva su apellido durante ocho veladas en compañía de la Orquesta Estable del máximo coliseo, bajo la batuta de Luis Gorelik, del pianista surcoreano Dong Hyek Lim y de Annie Dutoit como narradora.

Martha Argerich protagonizó el octavo y último concierto del Festival que lleva su apellido con otra performance cautivante que extasió al gentío que colmó el Teatro Colón y que tuvo como compañía a la Orquesta Estable del máximo coliseo, bajo la batuta de Luis Gorelik, al pianista surcoreano Dong Hyek Lim y a Annie Dutoit como narradora.
La notable función permitió escuchar y ver a una artista excepcional como la pianista argentina de 81 años compartiendo la velada con un elenco estupendo en una experiencia artística enteramente disfrutable en su contexto y tal como se ofreció.
En jornadas donde, a raíz del Festival y su impacto muchas personas y medios procuraron explicar el “fenómeno Argerich” a partir de comparaciones con otras disciplinas y aristas y hasta recurriendo a retóricas figuras en torno a sensaciones físicas, mejor dejarse cautivar por lo notable de un asunto simple: una mujer acometiendo el piano con un talento desbordante.
Cuando la industria del espectáculo es capaz de validar recitales con hologramas, cantantes que no cantan, máquinas de ritmo sacando éxitos como chorizos, la mínima como recurso y misas masivas con el sacerdote a distancia, resulta difícil de entender que una artista, ejecutando músicas maravillosas desde el piano en un contexto majestuoso y en un silencio expectante, sin necesidad de artificio alguno, sea capaz de disparar tratados que expliquen tamaña sencillez.
La música, sin necesidad de mayúsculas ni signos de admiración, encontró otra vez en Argerich un canal propicio para emocionar, conmover y esparcir la belleza. La pianista respira a través de esos dedos que irradian la melodía, el contrapunto, la sutileza y también las tempestades en unas interpretaciones que son una invitación al disfrute, una ceremonia de apabullante naturalidad donde la realidad se tutea con lo mágico, donde el hecho artístico viene a recordarnos algunas olvidadas lecciones de humanidad.