Por Ana Hernández
La idea de tiempo; los encuentros posibles, el debate; el dialogo y la transversalidad.
La complejidad del momento hace que la futurología queda para la astrología que bien ha ganado terreno. Hay una carencia de creatividad para pensar políticas públicas que generan sustentabilidad ante una crisis desconocida. La pandemia y retroalimentada por una guerra, por la guerra que si le importa a occidente. Al mismo tiempo sin políticas públicas no hay políticas de Estado ya que la movilización necesita de masividad, y la misma está fragmentada por un proceso exacerbado de identificación: en síntesis, muchas tribus de consumo con individualidades mirándose el ombligo.
La dificultad para sentirse una parte del gran todo.
Mientras nos guardábamos se escribían notas anticipando los reordenamientos nacionales, regionales y globales que resultarán de un mundo posterior al Covid-19 constituye una empresa compleja. La capacidad del virus de interrumpir hábitos instalados a propósito de la globalización y la nueva sociabilidad propia del capitalismo tardío ha impactado las certezas con las que se había definido el futuro, ha puesto en suspenso el control de los flujos circulantes de nuestras vidas. Frente a la crisis de interpretación que ha caracterizado la respuesta al coronavirus, en la que las reflexiones de las figuras intelectuales más fundadas envejecen de manera acelerada, de esta manera nos vemos en la huerfandad de categorías posibles para la lectura.
Lo incierto y lo desconocido. La imposibilidad de leer y mirar el todo. Las democracias liberales y la disputa del discurso, hoy es más antagónico que nunca. La revalorización a la figura del Estado que nuevamente dirige los rumbos económicos y decide. Podemos no estar de acuerdo, pero decide. El paradójico caso latinoamericano.
Hay una oportunidad crítica para confrontar la volatilidad interpretativa, la paralización del pensamiento crítico, así como el fracaso de las democracias liberales, la profundización de las desigualdades basadas en condiciones interseccionales y las geopolíticas de la pandemia. El virus ha desorganizado y, en cierto sentido, evidenciado la falla intrínseca de los algoritmos que en las últimas décadas se han fijado para predecir nuestros movimientos, para anticipar y por consiguiente controlar la vida planetaria, los patrones de nuestras conductas y deseos: desde cómo compramos hasta como votamos.
La humanidad está en peligro y no por el índice de natalidad y los factores de contaminación, sino porque el narcisismo exacerbado se está comiendo a la otredad y en ella su extinción. La significación de la vida misma en el planeta y en el mundo. Un momento de crisis paradigmática que mientras se transita todo es pregunta y casi nulas las respuestas.
Hay una fragilidad sobre el discurso solidario y se sustituyó por la supremacía de la moral y eso es peligroso. El punto central de esta pandemia es la lección de incertidumbre. Justo llega en un momento de la historia de la humanidad en que se pretendía tener certezas. Se creía que el mundo visto como cosa había sido completamente controlado y por lo tanto el tiempo estaba bajo control. Que la historia estaba encapsulada. La verdad ya no importa demasiado, lo importante es lo que se cree. De eso saben nuestra dirigencia que han construido poder en base a rumores.
La verdad es que no sabemos nada, no controlamos y hay personas que no lo aceptan. Hay un tránsito entre lo viejo y lo nuevo. Mientras tanto se resignifican viejos fantasmas en los enunciados de los medios de comunicación como la habilitación del odio de clase y o de religión… En ese estado de cosas no hay encuentros.












