Yo digo… Satisfacción (Parte II)

Por Artho Brooks

Dale a un niño de 3 años las papas fritas que está pidiendo y verás su expresión de satisfacción. Pero luego, después de un par de segundos, comprobarás cómo regresa el deseo. Ese es el verdadero problema cuando perseguimos la satisfacción.
En 1926 el fisiólogo Walter B. Cannon describió la homeostasis, un conjunto de fenómenos de autorregulación conducentes al mantenimiento de una relativa constancia en las propiedades del organismo que nos permite sobrevivir, como explicamos ayer en este mismo artículo.
La homeostasis nos mantiene vivos y saludables. Pero también explica por qué las drogas y el alcohol funcionan como lo hacen, a diferencia de cómo nos gustaría que lo hicieran. Si bien esa primera dosis de una nueva sustancia recreativa puede brindarte un gran placer, tu cerebro previamente ingenuo aprende rápidamente a recibir la embestida y contraataca neutralizando el efecto de la droga, lo que hace imposible recuperar la primera sensación. Como explica brillantemente la neurocientífica de la Universidad de Bucknell, Judith Grisel, en su libro “Nunca es suficiente: la neurociencia y la experiencia de la adicción”, la adicción es en parte un subproducto de la homeostasis. A medida que el cerebro se acostumbra a la producción continua de dopamina inducida por las drogas, el neurotransmisor del placer, que juega un papel importante en casi todos los comportamientos adictivos, reduce drásticamente la producción natural del cerebro, haciendo necesaria otra dosis para sentirse normal.
El mismo conjunto de principios funciona con nuestras emociones, especialmente cuando se trata de emociones positivas. Cuando lográs el éxito económico, nunca tenés suficiente. Si basás tu sentido de autoestima en el éxito (dinero, poder, prestigio), correrás de victoria en victoria, inicialmente para seguir sintiéndote bien y luego para evitar sentirte mal.



I Can’t Get No
Así que lo intentás y lo intentás (como canta Mick Jagger), pero no hacés ningún progreso hacia tu meta. Los ricos siguen acumulando mucho más de lo que podrían gastar y, a veces, más de lo que les gustaría legar a sus hijos. Tienen la esperanza de que en algún momento se sentirán felices, pero en realidad están aterrorizados de lo que sucederá si dejan de correr. Como dijo el gran filósofo del siglo XIX Arthur Schopenhauer: “La riqueza es como el agua del mar; cuanto más bebemos, más sedientos estamos, y lo mismo ocurre con la fama”.
A lo largo de la mayor parte de la historia humana, el hambre nos acechaba. Un hombre de las cavernas «rico» tenía algunas pieles de animales y puntas de flecha adicionales, y tal vez algunos puñados de semillas y pescado seco de sobra. Con esta abundancia, podría sobrevivir a un mal invierno.
Sin embargo, nuestros antepasados no sólo querían pasar el invierno; tenían mayores ambiciones. Querían encontrar aliados y compañeras con el objetivo (ya sea consciente o no) de transmitir sus genes. ¿Y qué haría eso posible? Entre otras cosas, la acumulación de pieles de animales, demostrando mayor competencia, destreza y atractivo que el homínido en la siguiente cueva.
Sorprendentemente, poco ha cambiado desde entonces. Los estudiosos han demostrado que nuestras tendencias adquisitivas persisten en medio de la abundancia y regularmente superan nuestras necesidades. Esto se debe a nuestros impulsos vestigiales, el software que todavía existe en nuestros cerebros desde la antigüedad.

Ni un paso atrás
Competir con rivales por compañeras ayuda a explicar nuestra extraña fijación en la comparación social. Cuando pensamos en la satisfacción del éxito (posesiones, estado físico o buena apariencia), hay otro elemento a considerar: el éxito es relativo. La satisfacción requiere no sólo que corras continuamente en el mismo lugar, en tu propia rueda, sino que corras un poco más rápido que otras personas que corren en las suyas. En algún nivel, todos sabemos que la comparación social es ridícula y dañina, y una extensa investigación lo confirma: «Estar al día con los vecinos» se asocia con la ansiedad e incluso con la depresión.
El impulso de tener más que los demás, de ser más que los demás, tira de nosotros implacablemente.
Sin embargo, incluso reconociendo todo esto, es difícil salir de la rueda del hámster. Nuestro impulso de ir por más es bastante poderoso, pero aún más fuerte es nuestra resistencia a ir a menos. Esa es una de las ideas que le valió a Daniel Kahneman, de la Universidad de Princeton, el Premio Nobel de Economía de 2002, por el trabajo que hizo con el psicólogo de Stanford, Amos Tversky.
(continúa mañana)