Por Esther Vivas
Los cambios sociales han propiciado la emergencia de nuevos modelos familiares, en particular el de las madres que crían “solas” a sus hijos. Son las llamadas familias monoparentales, aunque más que de monoparentalidad tendríamos que hablar de monomarentalidad, ya que la mayoría de las mismas están encabezadas por mujeres, gran parte de las cuales son viudas, separadas o divorciadas. Aunque también encontramos, en un porcentaje más bajo, a mujeres solteras.
Cada vez son más las mujeres que ante la dificultad de encontrar una pareja con la que tener criaturas, y el deseo de ser madres, deciden emprender una maternidad por su cuenta. Una dinámica que tiene mucho que ver con los cambios socioculturales, la entrada de la mujer al mercado laboral y su independencia económica, así como una mayor autonomía personal en las relaciones, y un menor peso de la institución eclesiástica y familiar. Algo que conduce a considerar que ya no es necesario tener un marido para criar a los hijos. Sin embargo, estas familias no lo tienen fácil. Seguimos viviendo en una sociedad patriarcal que intenta imponer un determinado arquetipo de “madre”.
Lo que sale de la norma, se rechaza, y estas maternidades confrontan el modelo normativo de familia nuclear biparental y heterosexual, como también lo hacen las familias homoparentales. Madres que no se amilanan ante el estigma que impera todavía en expresiones como el de “madre soltera”, que tiene una carga ideológica que las asocia a abandono y deshonra. Al margen del carácter particular de las madres solas por elección, la monomarentalidad en general es sinónimo de pobreza. Las familias monoparentales, en su inmensa mayoría encabezadas por mujeres, son las más golpeadas por las dificultades económicas. La mitad de los hogares que tienen un solo adulto al frente y una o más criaturas se encuentran en situación de pobreza y exclusión.
Si sos mujer, sin pareja y tenés hijos, compraste todos los números para ser pobre.
Muchas viven angustiadas por no tener recursos económicos suficientes para cubrir las necesidades mínimas de los suyos. Más de la mitad trabajan en condiciones precarias. Algo que acaba pasando factura a su salud, tanto física como mental, y a la de sus hijas e hijos. Sin un entorno personal, familiar, social e institucional que te apoye es muy difícil ser madre por cuenta propia. Tener criaturas, en estas circunstancias, acaba siendo un privilegio.










