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Concepción del Uruguay
domingo, noviembre 1, 2026

7 de octubre, tres años después

José Antonio Artusi
Arquitecto – Docente

Hace poco más tres años, el 7 de octubre de 2023, se perpetró la mayor masacre de judíos desde el Holocausto. Al cumplirse el primer aniversario escribí que al dolor por la barbarie y la tragedia se había sumado otro: el de constatar la indiferencia, la relativización y hasta el aplauso de muchos. Hoy, tres años después, no queda ningún rehén en Gaza. Los vivos regresaron a sus hogares en octubre de 2025 y los muertos, por fin, pudieron ser llorados y sepultados por sus familias. Lo que entonces era una ominosa ola de antisemitismo y de antisionismo se ha convertido en marea, y el prejuicio se ha instalado como sentido común, especialmente entre los jóvenes. Lo más grave es el clima intelectual y moral que lo hace posible, y su pieza central es una palabra: genocidio.

El término fue acuñado para nombrar un crimen específico: el exterminio deliberado de un grupo nacional, étnico o religioso. La Convención de 1948 exige, además de ciertos actos materiales, una intención particular, el propósito de aniquilar al grupo. Eso fue el Holocausto. Eso fue Ruanda, donde se asesinó a cientos de miles de tutsis. Eso fue el genocidio de los armenios.




Nada de eso se parece a una guerra librada contra una organización terrorista que se atrinchera en túneles bajo hospitales y escuelas, que usa a su población civil como escudo y que ha hecho del sufrimiento de su propio pueblo un instrumento de propaganda. Es una guerra atroz, cruel y dolorosa, como lo son todas. Pero un ejército que advierte a la población con anticipación, abre corredores de evacuación y permite y facilita el ingreso de ayuda humanitaria; aun entre críticas y obstáculos que pueden y deben discutirse, no se comporta como quien persigue exterminar a un pueblo. Vale la pena reiterarlo, genocidio es lo que Hamas quiere hacer y no puede, y lo que Israel puede hacer y no quiere.

Las cifras de víctimas que se repiten como un mantra provienen de un ministerio controlado por Hamas, que no distingue entre civiles y combatientes. La historia reciente muestra que combatir al terrorismo en medio de las ciudades produce un número terrible de víctimas civiles. Sin embargo, nadie habló de genocidio en otros casos muchísimo peores. Ningún tribunal internacional ha dictado sentencia declarando que en Gaza haya ocurrido un genocidio. Las acusaciones provienen de informes y resoluciones de organismos políticos, y de una campaña mediática y digital de una eficacia extraordinaria.

La muerte de civiles inocentes es una tragedia genuina y merece nuestro dolor siempre. Se puede y se debe criticar al gobierno de Israel cuando corresponde, como lo hacen todos los días los propios israelíes, en las calles, en la prensa y en el Parlamento, un privilegio que ningún ciudadano de los países vecinos conoce. Pero criticar una conducción militar y política es una cosa, y acusar de genocidio a las víctimas de la mayor masacre antijudía desde 1945 es otra muy distinta. Es la inversión del Holocausto. Y cuando todo es genocidio, nada lo es: quienes usan la palabra como arma arrojadiza vacían de significado al peor de los crímenes y ofenden la memoria de las víctimas genuinas.

¿Cómo se explica que tantos jóvenes, que se perciben como progresistas y bienintencionados, hayan abrazado esta falacia? Primero, por el medio. Una generación que se informa en videos de quince segundos, con algoritmos que premian la indignación y castigan el matiz, difícilmente pueda discernir una guerra compleja. La imagen del niño muerto, trucada o auténtica, es desgarradora y circula sin contexto; la del terrorista que lo usa como escudo o la del impostor no cumplen las reglas del formato.

Segundo, por el marco. Una parte de la academia y de la izquierda occidental ha reemplazado el pensamiento crítico por un catecismo binario y maniqueo de opresores y oprimidos, que asigna a cada pueblo un lugar fijo en el reparto moral. En ese esquema, el judío, perseguido durante dos mil años, es presentado como «colono blanco», aunque casi la mitad de los israelíes descienda de judíos expulsados de los países árabes y buena parte del resto sean los sobrevivientes de Europa y sus hijos. Los hechos molestan menos que la consigna.

El resultado es una paradoja macabra. Jóvenes que desfilan con banderas feministas y de diversidad sexual defienden a organizaciones que someten a las mujeres y persiguen a los homosexuales hasta la muerte. Quienes proclamaron «ni una menos» guardaron silencio ante las mujeres israelíes violadas y mutiladas salvajemente el 7 de octubre.

En las consignas que se corean en esas manifestaciones se condensa todo lo demás. «Desde el río hasta el mar, Palestina será libre» no describe meramente una aspiración nacional legítima, la de un pueblo a tener su propio Estado. Describe una geografía precisa: el espacio que va del Jordán al Mediterráneo es exactamente el territorio de Israel, de modo que un Estado palestino «libre» en toda esa extensión sólo puede lograrse con la desaparición del Estado de Israel. Y la pregunta que jamás se responde es qué ocurriría con los millones de judíos que viven allí en ese caso. La respuesta contundente la dio Hamas el 7 de octubre: la «liberación» consistió en entrar casa por casa, asesinar familias enteras, violar, mutilar y secuestrar a ancianos y niños, y uno de sus dirigentes anunció después que lo repetirían «una y otra vez». Quien pide una Palestina libre de judíos y no tiene respuesta para lo que ocurre con ellos está pidiendo, lo sepa o no, su expulsión o su exterminio. Muchos jóvenes repiten la consigna sin advertir de qué hablan. Pero la ignorancia de quien la entona no altera su contenido, y ese contenido, inevitablemente, implica el genocidio del pueblo judío.

Lo más preocupante es que la patraña ya no habita sólo las redes ni los campus. Ha llegado a los partidos políticos y a los despachos oficiales, con la autoridad que eso supone.

En Inglaterra el Partido Verde aprobó una moción que define al sionismo como una forma de racismo, reivindica el «derecho a resistir» de los palestinos y propone un Estado único en toda la Palestina histórica. Es difícil encontrar mayor despropósito. El sionismo es el movimiento de autodeterminación del pueblo judío, nacido en el siglo XIX al calor de las persecuciones europeas. Declararlo racista equivale a negar a los judíos, y sólo a ellos, lo que se reconoce sin discusión a cualquier otro pueblo: un hogar nacional. Equivale, además, a declarar racistas a la inmensa mayoría de los judíos del mundo, para quienes Israel forma parte de su identidad. Es la resurrección de aquella resolución de la ONU de 1975, que la propia Asamblea General tuvo que derogar en 1991. Y ese «derecho a resistir», tres años después, sólo puede significar el derecho de quienes violaron, asesinaron, quemaron y secuestraron.

En Nueva York, por su parte, el alcalde Zohran Mamdani conmemoró este 7 de octubre con un comunicado digno de estudio. Comenzó expresando su dolor por los «horribles crímenes de guerra» de Hamas y por la pérdida «inimaginable» de sus víctimas. A renglón seguido acusó a Israel de un «genocidio en curso», repitiendo como propias las cifras del ministerio de Hamas. Es el viejo recurso del «sí, pero»: se llora a las víctimas con una mano y con la otra se las convierte en victimarios. Se trata del mismo alcalde que presentó la primera estrategia municipal contra el antisemitismo. Un alcalde que se dice amigo de la comunidad judía de la ciudad con una de las mayores comunidades judías del mundo, pero que sólo sabe acompañar su duelo a condición de acusarla de lo peor.

La retórica que hoy seduce a tantos en Occidente tiene una genealogía precisa, y no es ni liberal ni progresista. Es la del extremismo islamista, que tiene un proyecto claro y declarado: una teocracia reaccionaria, retrógrada y fundamentalista; en la que imperen la sumisión de las mujeres y la persecución de los homosexuales, la abolición de la libertad de conciencia y la destrucción del Estado de Israel como primer paso. No lo ocultan. Lo han puesto en práctica, desde el régimen iraní que reprime a quienes protestan por un velo mal colocado hasta los talibanes afganos que expulsaron a las mujeres de las escuelas.

Lo que logran es disfrazar esa agenda reaccionaria con el lenguaje de la liberación y del anticolonialismo. Se apropian de los símbolos del progresismo para vaciarlo de contenido. Y encuentran del otro lado a una multitud entusiasta de «idiotas útiles» que les prestan voz, calles, universidades y, como vimos, partidos y gobiernos. Los primeros en pagar el precio de ese proyecto, si triunfara, serían precisamente muchos de quienes hoy lo aplauden: las mujeres, los homosexuales, los disidentes, los librepensadores.

La paz verdadera no vendrá de la mano de quienes edulcoran a los verdugos y relativizan o directamente reivindican sus crímenes, sino de su completa derrota política y moral.