
Dr. en Biología.
Hay cuestiones muy actuales en las que, por mucho que intentemos pensar que sabemos mucho, estamos lejos de tener el conocimiento necesario para entenderlas bien y captar todas las implicaciones que pueden tener. Y esto nos lleva a caer en proposiciones extremas. Un ejemplo reciente es la propuesta que corre por las redes sociales promoviendo la prohibición del uso de teléfonos inteligentes (celulares con internet y una simple cámara) por parte de los niños y adolescentes por sus eventuales perjuicios. ¿Pero qué es sabemos sobre esto?
¿Es necesario realmente apartar a los chicos de estos aparatos? Ante una situación individual, social y científicamente compleja, lo primero es distinguir los datos objetivos de las opiniones subjetivas.
Empecemos por los datos objetivos. Hace pocos días se han publicado dos trabajos que permiten ver el alcance que tiene utilizar tecnología digital en exceso durante su infancia. Fíjese que digo “en exceso”. No existe ningún dato objetivo que indique que una utilización adecuada, restringida en el tiempo, con un propósito razonable y con un acompañamiento adecuado, sea perjudicial. Uno de los trabajos científicos más completos, que se hizo público el 16 de noviembre de 2023 en Early Education and Development (Educación y Desarrollo Temprano). La revista profesional multidisciplinaria, que publica principalmente investigaciones empíricas sobre los vínculos entre la educación infantil y el desarrollo de los niños de 3 a 8 años, indica que el uso de tecnología digital durante la infancia comporta cambios en la conectividad de diversas áreas del cerebro, entre las que destaca la corteza prefrontal. Es la zona que gestiona los comportamientos más complejos, las llamadas funciones ejecutivas. Incluyen la capacidad de reflexionar y de razonar, de planificar, de tomar decisiones basadas en razonamientos previos y de racionalizar y gestionar los estados emocionales, para evitar en lo posible las respuestas meramente impulsivas. Ahora bien, que haya cambios no indica, en primer lugar, que tengan que ser perjudiciales. Ni tampoco beneficiosos, por supuesto.
El cerebro es un órgano plástico y maleable, que va haciendo y rehaciendo sus conexiones neuronales de acuerdo con programas genéticos internos, y también, de forma muy especial, en interacción con el exterior, a base de las experiencias que la persona tiene. Es un sistema fantástico que permite que nos adaptemos a casi cualquier situación, por aprendizaje. Por lo tanto, que el uso de tecnología digital durante la infancia y la adolescencia modifique las conexiones neuronales es, de entrada, una buena noticia. El cerebro se adapta al entorno que encuentra y aprende a gestionarlo.
Retraso en el desarrollo
Desde una perspectiva neurocientífica, por tanto, el problema no es el uso de la tecnología digital, sino el abuso que puedan realizar niños y adolescentes, sin ningún tipo de acompañamiento. En este sentido, un segundo estudio llevado a cabo por la Universidad de Girona (España) en colaboración con cinco centros de desarrollo infantil permite concluir que el aumento del tiempo de exposición de los niños en las pantallas se relaciona directamente con retrasos en el desarrollo y con un incremento de la impulsividad. Dicho de otro modo, el abuso implica que los niños se pierdan muchas otras experiencias vitales que son cruciales para un buen desarrollo físico y mental, entre ellas el juego con otros niños y adolescentes y la socialización, también con la familia. Y la falta de acompañamiento puede llevarlos hacia senderos claramente inadecuados para su edad, que no pueden comprender ni asimilar, lo que puede alterar las funciones mentales.
Ahora viene la gran pregunta. ¿Quiere decir esto que debemos prohibir el acceso a los celulares hasta los 13 o los 16 años, para proteger a niños y adolescentes? Y la respuesta no es ya objetiva, sino subjetiva. Para quien firma este artículo, la prohibición sería contraproducente, dado que les apartaría de una tecnología que los adultos utilizamos ante ellos casi siempre, lo que les estimulará aún más el deseo. Lo que necesitamos es no renunciar a nuestra responsabilidad como educadores de nuestros hijos e hijas, para acompañarlos en el proceso de descubrir el mundo digital. Con un propósito, no por simple ocio o para quitárnoslos de encima. Ayudándolos a navegar por internet sin que naufraguen.
El problema, para mí, no es la tecnología, sino un mundo adulto que quiere controlar su acceso para no afrontar la tarea complicada de educar a los niños y adolescentes en una vida llena de tecnología.