Por Marcela Carballa
El acto de vestirse responde a una necesidad humana esencial, por lo que no resulta sorprendente que el consumo de ropa haya aumentado al mismo ritmo que el crecimiento demográfico. Pero nuestra relación con la ropa no se resume en absoluto con la satisfacción de dicha necesidad. Nuestro deseo de pertenencia se manifiesta, de hecho, por el deseo de llevar un atuendo similar al de nuestros prójimos; nuestra autoestima y confianza están estrechamente ligadas a la ropa que nos hace sentir bien. E incluso es posible que tratemos de ganarnos el respeto de los demás por medio de las marcas que usamos. El hecho de vestirse también puede ser una forma de expresión personal y de creatividad. Esas son las necesidades que la industria de la moda ha manipulado para vender cada vez más y aumentar de manera exponencial la producción en los últimos decenios.
Geopolítica del harapo
Los cambios del panorama geopolítico y tecnológico también han impulsado este crecimiento. En las décadas de 1980 y 1990, las firmas de moda comenzaron a deslocalizar gradualmente la producción hacia el mundo asiático, donde el costo de la mano de obra era más bajo. Como la ropa se abarató, los consumidores empezaron a comprar más y a tolerar calidades inferiores, ya que era más sencillo reemplazar artículos que costaban menos. A partir de los años 2000, Internet permitió que los amantes de la moda pudieran comprar las 24 horas del día en una gama más amplia de tiendas. Por último, la irrupción de las redes sociales hizo posible que las marcas pudieran promover sus artículos 24 horas al día, 7 días a la semana.
Resultado : la producción de ropa se duplicó entre 2000 y 2014, según un informe publicado en agosto de 2020 por Global Fashion Agenda, una organización del sector especializada en el desarrollo sostenible, el número de prendas que cada persona compraba aumentó un 60%.
Este aumento vertiginoso de la producción ha acarreado una presión enorme sobre algunos recursos naturales, tales como el algodón, sobre todo en los terrenos y el agua indispensables para su cultivo, y también sobre las energías fósiles para producir el poliéster. Al mismo tiempo, la producción de desechos ha crecido, tanto en la cadena de suministros como al término de la vida útil de los artículos, y las emisiones de carbono se han disparado.
Jeans de alquiler
Sin embargo, existe otro método, más virtuoso para replantearnos la manera de la que producimos y consumimos los productos de la industria textil.
Por ejemplo, el reciclaje de ropa es fácil de organizar, siempre que se mejore la infraestructura de recolección de prendas usadas, para transformarlas en ropa nueva. Las marcas que utilizan materiales reciclados disponen por lo general de su propio sistema de acopio de ropa y accesorios. Uno de los más innovadores es el que ha puesto en marcha la empresa MUD Jeans, una firma con sede en los Países Bajos. Su modelo de alquiler permite a los clientes pagar un pantalón vaquero en 12 cuotas muy accesibles (9,9 euros), con lo que la moda de gran calidad, fabricada de manera sostenible, resulta más accesible al usuario. Al cabo de 12 meses, los clientes pueden conservar el jean, devolverlo o alquilar otro, lo que les permite satisfacer su deseo de renovar el fondo de armario. Todas las piezas devueltas se reciclan de inmediato y se transforman en nuevos pantalones, que serán vendidos o alquilados por la marca.
Asimismo, la plataforma comunitaria SPIN, creada por la firma italiana Lablaco, ofrece a los consumidores soluciones para prolongar la vida útil de su ropa. Los clientes pueden intercambiar las prendas, alquilarlas o revenderlas a otras marcas, lo que les permite acceder al guardarropa de personas del mundo entero.
Éxito comercial
La mayoría de estas ideas no son nuevas. El alquiler de trajes para hombres existe desde hace mucho tiempo y las ferias de pulgas satisfacen a quienes buscan artículos de segunda mano. Pero ahora la tecnología permite una difusión más amplia y sencilla de esas actividades.
La etapa de postpandemia no debería afectar únicamente a nuestra forma de vestir: también debería suscitar un replanteamiento profundo de nuestra relación con la moda. El éxito comercial no debería depender de la producción de un volumen cada vez mayor de artículos, y la ropa usada tendría que convertirse en un recurso en vez de ser considerada un simple desecho.










