Yo digo… Las religiones como actores políticos

Por Luis Britto García

La invasión europea a América comportó el mayor genocidio de la Historia: una hecatombe que sacrificó unos 55 millones de vidas, realizada por la espada y el crucifijo. La pluralidad de creencias originarias fue casi suplantada por la imposición de una Iglesia única, jerárquica y dogmática.
Los movimientos emancipadores, inspirados en su mayoría por el pensamiento de la Ilustración, postularon explícita o implícitamente la separación entre lo político, lo religioso y lo étnico. Casi todos los Estados de América Latina fueron asumiendo estatutos parecidos. En nuestras Repúblicas predominó el laicismo, vale decir, el principio de no injerencia mutua entre autoridad política y religión.
Si bien la catolicidad se impuso en América gracias a una aculturación y un genocidio sin precedentes, concluidos éstos, no se dieron en nuestra región las guerras religiosas ni las espantosas querellas fanáticas que ensangrentaron otras regiones del planeta. Apenas tuvieron un cariz religioso la insurrección de Canudos en Brasil, o el vandalismo de los Cristeros mexicanos. La relativa unidad religiosa de la cristiandad latinoamericana no representaba obstáculos para la integración regional.
La catolicidad pierde terreno frente a los cultos protestantes. Hacia 1986, el 80% de los latinoamericanos se definían como católicos. En 2020, según una encuesta en 18 países de Latinobarómetro, apenas 59% se reconocen como tales. En 1970, en una encuesta del PEW Research Center sólo el 4% de la población manifestaba ser protestante; en la actualidad, declaran tal condición 19% de los habitantes. Tales credos abarcan notables sectores en los países más extensos, poblados y estratégicamente decisivos de la región: según CID-Gallup, en Argentina, del total de la población, 74,8 % son católicos, 11% protestantes. En Brasil la proporción es de 64,6% de católicos y 24,1% de protestantes. En Chile, de 60,2% católicos y 15,9% protestantes; en Colombia de 78,2% católicos y 15% protestantes. En algunos países centroamericanos el porcentaje de protestantes es considerablemente elevado.
Al parecer, los protestantes reclutan sus adeptos esencialmente entre las filas de los católicos. Al no disponer de subsidios estatales, muchos credos optan por una prédica activa en los sectores marginales relativamente abandonados por la jerarquía católica, y dan ejemplo con su conducta de los valores que encomian. Asimismo, progresivamente fundan o compran medios de comunicación de masas, e instalan explotaciones económicas libres de impuestos.
Esta expansión espiritual no ocurre sin tropiezos en lo temporal. Así, algunos credos protestantes no se limitan a aspirar al predominio en el campo espiritual, sino que aspiran a dominar también los poderes económicos, mediáticos y políticos. En muchos países latinoamericanos algunos credos reclutan sus miembros mediante técnicas que los parientes de los conversos califican como lavado de cerebro. Otros no parecen ser más que ávidas maquinarias de recaudación de donativos. Muchos de los nuevos cultos han devenido industrias multinacionales que acumulan fortunas valiéndose del sentimiento de desamparo de las masas.
La expansión de los credos protestantes plantea tres situaciones de preocupación en América Latina. En primer lugar, muchos están afiliados a casas matrices situadas en Estados Unidos, Canadá o Europa, cuyos gobiernos mantienen políticas contrarias a la soberanía latinoamericana. En segundo lugar, usualmente defienden en su prédica las políticas más conservadoras: concepción autoritaria de la justicia, las medidas neoliberales, el patriarcalismo, la oposición al matrimonio igualitario y al aborto. En tercer lugar, de manera creciente han asumido la operación como actores políticos que, o bien conquistan el poder, como ocurrió en Brasil, o bien representan porcentajes de la población cuyos votos, coordinados por sus pastores, podrían decidir elecciones.
Un sistema político rige sociedades con sectores sociales distintos e incluso contrapuestos, pero cuyas diferencias son en última instancia transables mediante acuerdos. Ni la religión ni la etnia son transables. Sobre las ideas se discute; sobre la religión o la pertenencia étnica no. La ciencia admite la refutación mediante la lógica y la prueba experimental: la Fe no. Toda religión está basada en una Revelación que excluye de manera absoluta todas las restantes.
Factores múltiples conspiran contra la unidad y la integración de los Estados Nacionales de América Latina y el Caribe. La aparición de credos religiosos y movimientos étnicos que aspiran declaradamente al poder político para imponer sus puntos de vista confesionales o étnicos a quienes no forman parte de ellos son nuevos e inquietantes factores en una América Latina donde poderes hegemónicos buscan dividir e imperar.