Yo digo… Imitar para vivir

Por David Bueno

El novelista y dramaturgo polaco Witold Gombrowicz (1904-1969) lo dejó escrito en su Diario: “Ser hombre significa imitar al hombre”, lo que bien podría haber sido una continuación de la frase que el filósofo griego Aristóteles (384-322 a.C.) escribió en su Poética, refiriéndose a las personas: “…y en eso difieren de los otros animales: que son los más imitadores de todos …”. Los niños son los mejores imitadores, y lo hacen para desarrollarse como personas, para aprender todo lo que hay que aprender para vivir como humano en una sociedad humana.



El cerebro imitador
Decíamos que hasta los bebés imitan las expresiones faciales de los adultos. ¿Cómo lo hacen? En 1996, un equipo de científicos italiano dirigido por Giacomo Rizzolatti que estudiaba circuitos neurales en monos hizo un descubrimiento inesperado y sorprendente: la existencia de un grupo de neuronas de la zona premotora del cerebro, el área donde residen los circuitos neurales de los comportamientos automatizados, que se activaba exactamente de la misma manera tanto si los monos ejecutaban unos determinados movimientos como si en lugar de hacerlos ellos los veían hacer a otros monos o a personas, como si se tratara realmente de un espejo en el cerebro. La existencia de las neuronas espejo, como se las llamó, explica cómo aprendemos a sonreír, a hablar, a caminar o a conducir, por mencionar algunas de las casi infinitas acciones que somos capaces de hacer. Son estas neuronas las que actúan cuando un bebé observa imperturbable como un adulto le saca la lengua en un intento de hacerlo reír y, de repente, el también saca la lengua, en lugar de sonreír. Sólo mirando y conectando inconscientemente los circuitos neurales adecuados ha sido capaz de reproducir el movimiento de su interlocutor.
Sin embargo, en las personas las neuronas espejo no sólo actúan para reflejar mentalmente las acciones vistas a otros, sino también para reflejar las acciones leídas o escuchadas e incluso las emociones y los sentimientos observados. Esto es posible porque nuestra población de neuronas espejo es más numerosa que en los monos y, además, también está en otras áreas del cerebro, como los centros del lenguaje, de la empatía y del dolor. Los integrantes de multitud de especies, incluida la nuestra, pueden comunicar sus emociones a individuos de su especie e incluso a individuos de otras mediante expresiones faciales, sonidos no verbales, cambios posturales.
Utilizamos las emociones como patrones de respuesta útiles para determinadas interacciones sociales. Se ha podido comprobar que individuos de diferentes culturas presentan expresiones faciales y posturales muy similares, cuyo significado emocional puede ser identificado por personas de todo el mundo. Por ejemplo, hace unos años se comprobó que los miembros de una tribu aislada de Nueva Guinea que no habían establecido contacto alguno con el mundo exterior eran capaces de reconocer las expresiones faciales y emocionales producidas por occidentales. Estas expresiones son automáticas e involuntarias, aunque pueden ser modificadas por aspectos culturales.

Según pasan los años
Pero la historia de estas neuronas no termina aquí. Unos años después de haberse identificado, se vio que cuando la acción que reflejan se encuentra inmersa en un contexto más amplio, también asimilan el contexto, de manera que cuando después vemos sólo una parte, el cerebro es capaz de hacerse una idea del todo. Es decir, no sólo refleja las acciones de otros, sino que también nos permite adentrarnos en su mente para conocer su intención, el contexto mental en el que, o por el cual, han hecho esa acción, a partir de unos pocos datos significativos. Y eso incluye su estado de ánimo, sus sentimientos y, lo que es más importante para la supervivencia individual, sus intenciones. Es aquí donde reside la clave del cerebro imitador: imitamos para aprender, pero sobre todo para aprender a vivir en sociedad, para integrarnos en ella y para hacernos un hueco en sus complejas interacciones interpersonales. Durante la infancia los niños se imitan tanto entre sí como a los adultos, y de hecho los niños que más a menudo sirven de modelo de imitación son aquellos que adoptan de manera precoz semblantes de adulto. Sin embargo, a medida que pasan los años va pesando cada vez más la imitación entre iguales, hasta que empieza la adolescencia. La gran capacidad de imitación que muestran los adolescentes hacia otros adolescentes hace que a veces parezca una etapa de renuncia a la singularización como individuo, en aras de una mejor integración grupal y social.