Yo digo… Historia del pirata y su médico (Parte IV)

Luis Britto García (*)

Morgan coloca a los prisioneros de los que se ha servido como escudo humano en una barca y se los remite a Alonso del Campo y Espinoza. Al salir del Lago el 31 de mayo un temporal dispersa la flota. El «Saint-Pierre», la nave de Pierre Picard, pierde las velas y las anclas. Alex Olivier Exmelin se afana día y noche sobre las bombas. Hacia un extremo, divisa rocas en las cuales la nave está a punto de despedazarse; en el otro, indígenas dispuestos a aniquilarlos.
El viento los impulsa durante cuatro días hacia el desastre; cuando el temporal amaina, aparecen seis enormes y amenazadores buques que emprenden la caza del estropeado buque pirata. Son navíos de línea, los nuevos colosos que dominarán los mares durante el siglo y medio siguiente: los filibusteros deben contemplar con asombro sus aparejos idénticos, sus altas bordas de hasta tres cubiertas, sus dotaciones cercanas al centenar de cañones, el nuevo e ingenioso artilugio de la rueda del timón. Al alcanzar al anegado «Saint-Pierre» se identifican como franceses izando los albos pabellones con la flor de lis.
Es la flota enviada al Caribe por el Rey Sol desde 1666 al mando del aristócrata conde Jean d’ Estrées. Franceses e ingleses están en paz desde la firma del Tratado de Aix-la-Chapelle en 1699; Luis XIV le ordena al conde permanecer en el Caribe, pues prepara el tremendo enfrentamiento con Holanda y le interesa proteger en aguas americanas a dos aliados potenciales.
El conde socorre a los aventureros, y tiende su mano en particular al cirujano de los piratas. Es el comienzo de una larga amistad entre el aristócrata que luce uno de los apellidos más rancios de Francia y el filibustero que ostenta un prodigioso exceso de apellidos, todos tan dudosos como sus credenciales de cirujano. Agradecido, este último apunta en su minucioso diario que «el futuro almirante de la flota del Poniente, D’ Estrées, en crucero en el mar de las Antillas, consigna en sus libros de a bordo haber aportado socorros a la escuadra de Morgan el 4 de junio de 1669» (*). (Exmelin: Journal de bord… pp. 110-112). También es el comienzo de una larga y sangrienta colaboración entre las flotas del Rey Sol y los filibusteros.



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La incursión de Morgan siembra el pavor, no sólo en el lago, sino en todas las restantes villas cercanas de la costa. Y así, el Cabildo de Santiago de León de Caracas, en su sesión del 19 de septiembre de 1670, cuando el capitán general Fernando de Villegas está a punto de partir hacia Carora a sofocar un motín que conmociona al pequeño poblado, los cabildantes le piden que no realice el viaje por varias razones, y entre ellas:
Lo tercero, que estas costas están amenasadas de enemigos que ordinariamente la ynfestan, pasando cada día a vista del puerto de La Guaira navíos de piratas, y se puede rreselarse cualquiera ynbasión, como las que an hecho en la ciudad de Maracaibo, y si subsede y no se alla en esta ciudad dicho señor governador y cappitán general será el mayor rriesgo que podrá themer (Actas del Cabildo de Caracas, Tomo XIII- 1669-1672, Concejo Municipal de Caracas, Caracas, 1982, p. 149).
No debe tomarse como mera exageración la noticia de que están «pasando cada día a vista del puerto de La Guaira navíos de piratas». Gran parte del tráfico comercial de la época es realizado por contrabandistas, que fácilmente se convierten en corsarios y en filibusteros.
También en la escena internacional repercute el asalto a Maracaibo. De la Corte de España se apodera «una rabia impotente»; el conde de Molina, embajador en Londres, reitera sus peticiones de castigo contra Modyford y sus protegidos, y la restitución del botín. El Consejo responde que el tratado de 1667 no incluye las Indias, y Carlos II le remite una larga lista de quejas de buques ingleses maltratados por los españoles en América.
En 1666, el Consejo del Almirantazgo de Flandes había ofrecido al gobierno enviar sus fragatas a las Indias para castigar a los filibusteros y proteger las costas; en 1669, los armadores de Vizcaya solicitan permiso para armar buques en corso con igual finalidad. Respetando las antiquísimas prohibiciones de Fernando el Católico contra los corsarios y temiendo los abusos de éstos, la Corona las rechaza.

(*) El vicealmirante D’ Estrées al rescate