Yo digo… Filosofía de la derecha (Parte II)

Por Juan José Giani

En su reciente libro “Infocracia” Byung Chul Han nos describe un horizonte distópico en el cual un entramado funesto de pantallas y algoritmos direccionan la conducta inerme de un ciudadano escindido del espacio público. Es una obra cargada de decadentismo civilizatorio y pesimismo antropológico, donde por otra parte esas telarañas simbólicas no sólo desinflan todo ahínco emancipatorio sino además son caldo de cultivo para la apatía y el individualismo autoritario. Si para Heidegger no hablamos sino que somos hablados, para el coreano en la democracia actual no elegimos sino que un Gran Otro ya eligió por nosotros.
Pues bien, si aceptásemos con resignación estos diagnósticos la democracia sucumbe. ¿Cómo edificar una política liberadora (o una política sin más) si se concediera que somos todos piezas dominadas que nos imaginamos sin embargo libres? Si el sujeto fuese un mero efecto de una serie de invariantes estructurales, cómo desafiar aquello mismo que perseverantemente nos somete.
Sin embargo, las filosofías de la determinación han sido erosionadas por dos tipos de refutaciones. La primera se define así: si estuviésemos insalvablemente determinados, ¿cómo es que emergen las conciencias clarividentes que pueden denunciar esa determinación? El advertir una situación de encadenamiento es el primer paso para huir de ella. Y la segunda nos indica lo siguiente. Una serie de acontecimientos en donde los pueblos se rebelan frente a lo que el poder procurar controlar. Ejemplos: Cristina Fernández fue reelecta en 2011 y Alberto Fernández fue ungido Presidente en 2019 cuando una ostensible presión mediática y empresarial aspiraban a algo bien distinto.
Los dispositivos de dominación son agobiantes pero no infalibles, siempre hay una falla, un resquicio latente por el cual se filtra la opción libre de los sujetos. Esta afirmación conlleva una buena pero también una incómoda noticia. La buena, es que hay un arsenal ético de resistencias listo para ser activado cuando el poder reaccionario se vuelve opresivo. La incómoda, es que esa opinión que se construye libremente puede ser antagónica respecto de lo que hubiésemos preferido. Implica estar dispuestos a aceptar que en ocasiones un pueblo puede inclinar sus votos hacia el neoliberalismo y las derechas. Como ocurrió en 2015 con Macri, episodio histórico que no puede entenderse sólo por sus mentiras de campaña o su alianza con el grupo Clarín.
En la Argentina las fronteras ideológicas son robustas pero a su vez permeables, porosas. La conciencia popular se integra siempre de matices, y lo que a su turno se cataloga como “derecha” no es una convicción doctrinaria sino una simpatía legítima pero fugaz por aquello que puede asomar como eficaz para resolver un drama en concreto.
Lo que venimos describiendo, por tanto, jerarquiza pero a la vez exige a la política. La jerarquiza porque la construcción de mayorías es siempre posible en la medida que los malestares sociales pueden revertirse al calor de discursos apropiados, gestiones gubernamentales satisfactorias y comportamientos dirigenciales ejemplares. Pero la exige porque elimina el fácil recurso de ligar el fracaso nacional-popular con las “fake news” o “la colonización capitalista de las subjetividades”.
La Argentina acaba de atravesar un hecho gravísimo. Se atentó contra la vida de la Vicepresidenta de la Nación. La justicia deberá aclarar a fondo lo que ha sucedido y los análisis que pueden elaborarse son incontables, Pero se suman voces que responsabilizan de lo sucedido a los “discursos de odio”. Todas las filosofías políticas de la modernidad parten del supuesto de una utopía final donde prevalece la racionalidad colectiva y la consumación definitiva de un orden virtuoso. Ese supuesto se demostró equivocado. Los sujetos son imperfectos, sus pasiones nunca se apaciguan, hay siempre interpretaciones polémicas del mundo y el conflicto es inescindible de la democracia. Por lo tanto, el encono absoluto (se lo llama también odio) existió siempre y seguirá existiendo; y no se puede explicar por los mensajes nocivos de un elenco de periodistas. Sólo basta recordar que el “Viva El Cáncer” contra Eva Perón ocurrió cuando el aparato comunicacional del país lo controlaba el gobierno peronista.
Por lo tanto, no es que circula un discurso mediático que mecánicamente genera odio, sino que las violencias preexisten a ese discurso y esperan ser representadas por sus referencias más patológicas. La solución es más compleja que una ley que regule contenidos periodísticos o la convocatoria algo cándida al diálogo. Implica aislar políticamente esos pensamientos radicalizados, sabiendo que no toda identidad refractaria al peronismo es necesaria a insalvablemente gorila y reaccionaria.