Por Luis Britto García
1.
En el Metaverso podemos ingresar transformados en Avatares, imágenes nuestras ilusorias que expresan lo que somos o lo contrario de lo que somos. Para configurar estos fantasmas informáticos elegimos rasgos a partir de catálogos constantemente actualizados. Más o menos masa corporal, estatura o años pueden ser añadidos o restados a nuestro simulacro. Así como se puede elegir su forma del rostro, color de ojos o textura del cabello, se posibilita dotarlo de personalidad agresiva, sugerente o reservada. El Avatar es lo que quisimos ser y nunca pudimos o lo que no quisimos por ningún concepto devenir y a pesar de todo terminamos siendo; es el peor compendio de lo que nos sobra o falta. Las historias de encuentro con el Doble siempre son fatales. O asesinamos a nuestro Avatar o él nos asesina; lo último es lo más posible porque nos conoce.
2.
Insoluble disyuntiva la de si para conquistar a la amada debemos crear un Avatar conforme con los caprichos que le suponemos u otro enteramente sincero de acuerdo con el gusto nuestro. Menos posible saber si el Avatar que ella por su parte exhibe es colección de rasgos compuesta para complacernos, o lo que verdaderamente de ella nos interesa, que es Ella. Cuando por fin nos enamoramos, dudar infinitamente si lo hemos hecho de Ella o de su Doble. Si las dos se nos presentan al mismo tiempo, vacilar sobre cuál elegiríamos. No sabremos nunca si cuando Ella nos elige, escoge al que fingimos ser o al que Somos.
3.
Se discute si el amorío de nuestra amada con otro Avatar que no sea el nuestro constituye adulterio. Incluso si lo es el amorío con el mismo Avatar, que es distinto de nosotros. Encarnizados pleitos surgen sobre si nuestros romances en el mundo real constituyen infidelidad contra algún matrimonio virtual contraído entre Avatares de quienes en el mundo real jamás se han conocido en persona. En el Metaverso hay bodas ficticias que no son las nuestras, pero de ellas nacen hijos virtuales sobre los cuales se debate si pueden heredar nuestros bienes informáticos e incluso los del mundo real. Por evitar las incomodidades del embarazo tienen las damas cada vez más bebés virtuales, que terminan suplantando todos los niños reales que en el mundo había.
4.
Son cada vez más fluidas las fronteras entre el Mundo Real y el Metaverso. Las catástrofes en el uno u el otro de los ámbitos como suele suceder en el Mundo Real se traducen en flujos migratorios. Por momentos al fondo de un callejón sólido las criaturas de carne y hueso caemos al mundo ficticio. De nosotros, muchos logramos colarnos en el Metaverso fingiendo ser Avatares artificiales y actuando como tales. De idéntica manera por la frontera fluida se nos cuelan muchedumbres de seres artificiales que huyen de su mundo por quién sabe cuál motivo. Por instantes algún Avatar postizo por desfase de claves se nos cuela en el mundo real y es conocido como Fake. Nadie sabe de dónde salió El Enemigo Número Uno de los Trabajadores, que consiguió el voto de éstos para sostener después que no deben ganar lo suficiente para comer. Intentamos algunos convertir en reales mundos utópicos surgidos de la esmerada ingeniería de la belleza. No sabe nadie qué es lo real ni dónde conduce. Acaso nadie quiere saberlo.
5.
Podemos en el Metaverso encontrarnos con los Avatares que han creado otros pero asimismo reunirnos con los creados por nosotros mismos. Como todo lo demás, es cuestión de dinero. El billonario puede facturar un billón de Avatares de sí mismo que aplaudan sus discursos, ganen sus elecciones, nieguen los derechos de los trabajadores. Por fin pueden los oligarcas lograr que la mayoría comparta sus opiniones. Una cierta monotonía se va apoderando del ambiente.
6.
Surgido del dinero, el Metaverso lo encarna y lo expresa. No son los mismos los ámbitos, los espacios, las vestiduras, las joyas, las obras de arte que pueden comprar en él los billonarios que los costeables por trabajadores que en el Mundo Real no ganan suficiente para comer. Lentamente todos los magnates se van mudando para el mundo virtual cuya principal virtud es ser diferente de aquél que destruyeron.










