Yo digo… El maltrato durante el embarazo

Por David Bueno

Las estadísticas elaboradas por los diferentes gobiernos y los organismos internacionales como la OMS, coinciden en que las denuncias por violencia en el ámbito familiar y de pareja crecieron desde que se inició la pandemia en marzo de 2020. Sin embargo, según constatan todos los estudios, este dato representa sólo la punta del iceberg de una realidad que, por varios motivos, a menudo se silencia desde el mismo ámbito familiar donde se produce. En numerosas ocasiones, además, los casos de violencia machista, los malos tratos y el acoso, se producen también en mujeres gestantes, e incluso en un número significativo de casos, el embarazo es el momento en el que se inician.
Más allá del abordaje social imprescindible que se hace sobre las consecuencias personales y para la salud general que los malos tratos, tanto físicos como psicológicos, provocan en las personas afectadas, también se han realizado numerosos estudios neurocientíficos sobre los efectos que tienen en la construcción del cerebro de las mujeres víctimas. El cerebro es un órgano plástico y maleable, que se va construyendo y reconstruyendo constantemente mediante la creación de nuevas conexiones neuronales en interacción con múltiples factores ambientales, por lo que estas situaciones traumáticas dejan una huella clara.
Seguimiento hasta los nueve años
La psicóloga Lucy Hiscox y sus colaboradores, de diversas universidades y centros de investigación ingleses, estadounidenses y sudafricanos, han dado un paso más en estas investigaciones: han analizado cómo los malos tratos que reciben algunas mujeres gestantes afectan la construcción del cerebro del bebé, y han realizado un seguimiento de qué consecuencias implican hasta que los niños cumplen 9 años.
Según han publicado en la revista “Developmental Cognitive Neuroscience”, existen diversas estructuras del cerebro que se ven muy afectadas por la violencia que sufrieron las madres cuando los gestaban, y que influyen en su función mental durante, al menos, toda la infancia.
En este trabajo, que se inició hace una década, los investigadores han realizado un seguimiento del desarrollo cerebral de 143 niños sudafricanos cuyas madres sufrieron situaciones de violencia durante la gestación. Este seguimiento ha incluido una batería de tests psicológicos periódicos y también, por primera vez, el rastreo sistemático de los cambios físicos en la estructura neuronal mediante resonancias magnéticas —una técnica no invasiva que permite obtener imágenes de la estructura interna de los órganos del cuerpo, incluyendo el cerebro–. En este caso, las imágenes obtenidas se compararon con las de niños control, cuyas madres habían tenido un embarazo sin ningún tipo de violencia ni situación traumática.
Los resultados indican que la violencia sufrida por las madres produce importantes cambios en algunas estructuras del cerebro de los niños. Estos cambios se detectan ya pocos días después del nacimiento, que es cuando se hace la primera observación, y tienden a mantenerse durante la infancia. Curiosamente, son diferentes en niñas y niños, aunque los efectos en la función mental son muy similares. En las niñas se detecta una disminución del tamaño de la amígdala cerebral, una región implicada en la generación de las emociones y en el establecimiento de memorias emocionales. En los niños, se observa un aumento del tamaño de otra zona del cerebro llamada núcleo caudado, que está implicado en la generación de sensaciones de recompensa y en la anticipación de recompensas futuras, así como en otros aspectos de la conducta tan importantes como el aprendizaje,



Dificultades emocionales
En conjunto, de forma directa o indirecta, tanto la amígdala como el núcleo caudado intervienen en la generación y gestión de los estados emocionales. En el caso de los niños estudiados, la alteración más importante que sufren es una mayor dificultad de gestión de los estados emocionales, el estrés y la ansiedad, y mayor impulsividad, al menos hasta que llegan al final de la infancia. Los autores, sin embargo, enfatizan que muy probablemente estos efectos se mantengan o incluso se incrementen en la adolescencia, según sea el ambiente en el que se desarrollen, pero que se necesitan más estudios para analizarlo de manera sistemática.
En cualquier caso, el origen de estos cambios en la estructura cerebral debe buscarse en el equilibrio hormonal de las madres gestantes, que queda alterado cuando se ven sometidas a situaciones de violencia física o psicológica. En estos casos se incrementa mucho el nivel de cortisol, una hormona relacionada con el estrés que afecta a la conectividad neuronal, no sólo de la madre, sino también, como ha demostrado este estudio, de los niños que se están gestando.