Yo digo… El instinto de aprender (Parte I)

David Bueno

Para los humanos, así como para otras especies animales como aves y mamíferos, el aprendizaje es un instinto básico. Una de las principales diferencias entre los humanos y la mayoría de las demás especies es que somos capaces de aprender a lo largo de nuestra vida, y tenemos la capacidad cognitiva de ser conscientes de lo que hemos aprendido y utilizarlo de acuerdo con una planificación previa, haciendo uso de las llamadas “funciones ejecutivas”, especialmente a través de la flexibilidad y la capacidad de adaptarse a las cambiantes contingencias ambientales y demandas de tareas.
Las funciones ejecutivas son un conjunto de procesos cognitivos necesarios para el control de la conducta. Incluyen procesos cognitivos básicos como el control atencional, la inhibición cognitiva, el control inhibitorio, la memoria de trabajo y la flexibilidad cognitiva, y permiten seleccionar y monitorizar con éxito comportamientos que facilitan el razonamiento, la resolución de problemas, la predicción de determinados eventos y el logro de las metas elegidas, como sería aprender otros idiomas. Por supuesto, otro rasgo distintivo esencial entre los humanos es que tenemos escuelas establecidas culturalmente como instituciones para seguir aprendiendo y, a diferencia de otras especies, contamos con personas fuera de nuestros grupos familiares, es decir, maestros, para que se encarguen de la mayor parte de la enseñanza de nuestros jóvenes.



Presión selectiva
A lo largo de la evolución humana, se considera que la principal presión selectiva que actuó sobre las capacidades de aprendizaje y el control cognitivo en el linaje humano fue la necesidad de adaptar dinámicamente el comportamiento a las condiciones ambientales cambiantes y anticipar las incertidumbres asociadas con estos cambios para protegernos de las amenazas y aprovechar nuevas oportunidades.
Esta combinación de procesos generales –tanto los derivados de la capacidad de aprender como los derivados de las funciones ejecutivas, que se entrelazan– implica que el razonamiento filosófico y el método científico son actividades innatas en la especie humana, que las utiliza desde la más tierna infancia. Este hecho puede entrar en conflicto con la visión de los sistemas de políticas educativas de que tanto el razonamiento filosófico como el método científico deben aprenderse a la edad apropiada, cuando los procesos cognitivos asociados son lo suficientemente maduros. Aunque los bebés poseen mecanismos de aprendizaje que no requieren pensamiento hipotético, por ejemplo, el seguimiento de regularidades estadísticas (es decir, que los eventos aleatorios exhiben regularidad con bastante repetición), prueba de hipótesis flexible y productiva, también comienza en la infancia.
Los niños pequeños pueden generar hipótesis sobre eventos futuros inciertos, adaptándolas de manera flexible a elementos novedosos de una situación. Por ejemplo, si tienen un bol de caramelos en envoltorios rosas o amarillos, y cada día mamá toma uno rosa y papá uno amarillo, intuyen que mamá definitivamente prefiere los rosados y papá los amarillos, anticipándose, así, a elecciones futuras. Hay estudios que ofrecen evidencia convincente de que los bebés también pueden medir la evidencia de apoyo y probar hipótesis alternativas cuando ocurren violaciones (por ejemplo, el día en que mamá toma un dulce amarillo porque el recipiente se quedó sin los rosados).

Mini científicos
Se ha demostrado que los niños utilizan de forma natural el método científico como una forma de adquirir conocimientos del entorno con los que anticipar situaciones futuras. Y se ha demostrado que las imágenes inducen respuestas más pequeñas en la corteza visual primaria del cerebro cuando son predecibles.
La corteza visual primaria, ubicada en el polo posterior del lóbulo occipital, se especializa en el procesamiento de información sobre objetos estáticos, así como en el reconocimiento de patrones. El hecho de que las imágenes induzcan respuestas más pequeñas cuando son predecibles sugiere que el cerebro no se queda sentado y esperando a que lleguen las señales visuales. En su lugar, trata activamente de predecir estas señales y, cuando es correcta, es recompensado al poder responder de manera más eficiente. Si está mal, se requieren respuestas masivas para averiguar por qué y hacer mejores predicciones. Según algunos comentarios sobre estos experimentos, desde el punto de vista científico este resultado es sorprendentemente similar al trabajo de los científicos, porque implica formular una hipótesis y probar si esta es compatible con las observaciones.
Más específicamente, la evidencia más fuerte de que los niños entienden algunos de los principios formales que subyacen al diseño experimental proviene de la investigación que analiza el razonamiento causal de los niños. Los estudios apuntan, por ejemplo, que los niños en edad preescolar entienden los patrones de “covariación” lo suficientemente bien como para distinguir las causas genuinas de las asociaciones espurias.