Yo digo… El enigma de lo popular

Alfredo Serrano

“Le encanta conceptualizar lo de ‘pueblo’, pero le molesta cuando el pueblo con ojos, nariz y boca se le acerca en una cafetería a pedirle una selfie”. Esta frase, tan lapidaria como provocadora, me la comentó un gran amigo hace varios años acerca de un dirigente político que se jactaba de teorizar de cómo hay que entender, comunicarse y sintonizar con el ‘pueblo’, pero que luego, en su día a día, a la hora de la verdad, le incomodaba tener el más mínimo roce con la gente sencilla que habita las calles de cualquier ciudad. ¡Qué viva el pueblo, pero cuanto más lejos de mí, mejor!
¿Nos estará pasando algo similar con el progresismo? ¿Será que interpelamos a la clase popular creyéndonos que se trata de la clase media?



Infinitas diferencias
No hay respuesta única, ni sencilla, para un asunto de dimensiones tan complejas. No debemos caer en la trampa de considerar a América Latina como un todo, monolítico y homogéneo. Y el tema “país” no lo es todo, porque también debemos considerar otros aspectos determinantes como el clivaje rural/urbano, el género, la juventud, la cuestión regional, etc.
sta amplia gama de variables nos obliga a enfrentar un dilema de época en el que no caben atajos. Ni mucho menos darle la espalda. O, aún peor, continuar creyendo que la clase popular se activa a través de un software o un simple click solo por interpelarla como tal. Este desafío para el progresismo es impostergable. Y más si consideramos que la pandemia ha hecho estragos, que el neoliberalismo está en crisis de respuesta y expectativas y que, además, se ha iniciado la segunda ola progresista a nivel regional en este siglo XXI, por lo que todos los focos están puestos sobre los nuevos proyectos políticos que tienen como base, precisamente, la mejora de las clases populares.

Riesgo país y riesgo pañal
¿Y qué es justamente lo que la misma clase popular entiende como mejora para sí? Estoy seguro que si a una mamá de la clase popular le hablamos del riesgo-país, ella nos dirá que lo que le importa es el riesgo-pañal. Si a una pareja con bajísimo nivel de ingresos le hablamos de que debe esforzarse para mejorar su situación, seguramente nos mandará “a la mierda” porque ambos se despiertan a las 5 de la mañana y regresan a casa a las 11 de la noche (en encuestas Celag, alrededor del 80%, en ocho países de la región, considera que el origen de la riqueza no está en el esfuerzo). Si hacemos referencia a la importancia de la deuda externa nos dirán, como también lo hemos demostrado en diversas encuestas de Celag, que lo que les preocupa es el endeudamiento que sufren y que no les deja vivir porque los intima la financiera, la tienda de la esquina u otro prestamista informal. Si les hablás de política internacional, ellos te responderán que lo que les interesa es aquello que transcurre en su barrio.

Aspiraciones, nubarrones y grietas
El otro tema recurrente es el de la “meta aspiracional” que, si bien es cierto que existe y hay un patrón de imitación de la clase media, también es muy cierto que este horizonte no es inmóvil. Esto es, cambia en función de las condiciones. Cuando una familia no puede ni llegar a mitad de mes, ésta deja de pensar en aquello que pensaba cuando tenía la posibilidad de llegar a fin de mes con relativa holgura. Las prioridades y hasta los sueños mutan al compás del cambio en las condiciones materiales.
La relación que las clases populares tienen con la política también constituye otro nubarrón indescifrable. Presuponer que cuando se lavan los dientes están cavilando sobre la amenaza del “populismo”, es una estupidez imponente. Lo mismo que creer que están preocupados cotidianamente por la “grieta” o por el “lawfare”.
No obstante, esto no significa que las clases populares estén despolitizadas. Aceptar esta premisa es justamente lo que pretende hacernos creer la iglesia neoliberal. Pero nada más lejos de la realidad.
La clave está en saber cómo la gente común se politiza, sobre qué temas, por cuál vía, cómo se informan, qué les preocupa. Y también, cómo no, conocer si de verdad se sienten representados por la clase dirigente que quiere defenderlos. En muchos casos ocurre que encontramos un porcentaje marginal de representantes, candidatos o gabinetes progresistas de extracción popular, salvo excepciones (véase lo de Pedro Castillo en Perú, o Evo Morales en Bolivia).
En este sentido, el tipo de liderazgo también importa. Vargas Llosa nunca ganó una elección.