Yo digo… El cerebro de los adolescentes (Parte I)

Por David Bueno

La adolescencia es una etapa maravillosa, de gran trascendencia que nos hace humanos por varios motivos. Somos la única especie biológica que tiene una adolescencia real, que nos permite llegar a adultos manteniendo las capacidades de motivación, curiosidad y creatividad propias de la infancia. De hecho, los adultos conservamos características infantiles gracias a que pasamos por una adolescencia. Y, por otra parte, es la etapa en la que nos hacemos conscientes de nuestra identidad y del lugar que ocupamos en nuestro entorno. Esto es lo que nos permite, después, ser jóvenes y adultos empoderados, capaces de tomar nuestras propias decisiones de forma razonablemente sensata y reflexiva. Estos dos factores son los que hacen que la adolescencia sea una etapa crucial, en la que exploramos quiénes somos, cómo somos y nos planteamos qué queremos ser.

Respeto y confianza
Hay una idea muy generalizada de la adolescencia como una etapa dura, de confrontación entre padres e hijos, una etapa comprometida en la que los altibajos que muchos adolescentes presentan pueden ser tóxicos e incluso perjudiciales. Es cierto que puede comportar enfrentamientos entre padres e hijos y situaciones delicadas, pero es una etapa que hay que vivirla con entusiasmo, y deben hacerlo tanto los adolescentes como los padres. Debemos disfrutarlo, porque es la única manera de poder compartirla. Es necesaria una confianza mutua, necesitamos confiar en nuestros hijos e hijas adolescentes para que ellos también puedan confiar en nosotros. No es estar encima, sino que ellos sepan que si lo necesitan nos encontrarán cerca, aunque podamos enfadarnos, aunque a veces ellos nos contesten mal.
El respeto es fundamental. Se requiere respetarlos, con sus contradicciones y complejidades propias de su edad, para que ellos también nos respeten a nosotros, sabiendo que a veces nos dirán algo fuera de tono. Se trata de transmitir ese respeto, entendido como confianza, para que ellos puedan confiar en nosotros y para que cuando lo necesiten sepan a dónde pueden ir. Debemos estar entusiasmados con esta etapa, para que ellos también aprendan a confiar en sí mismos. Esto es clave para que después ellos puedan dirigir su juventud y edad adulta, para que lo vivan con entusiasmo y no pierdan la motivación y sepan encontrar sus objetivos vitales.

Referentes
Los adultos tenemos la tendencia a entender con facilidad a un niño y, en cambio, a menudo no entendemos a los adolescentes. Se trata de una suerte de olvido selectivo pero involuntario. Los recuerdos que tenemos del pasado se van construyendo de forma secuencial, tenemos una sensación de causa y efecto. Y nos es más fácil entender a los niños porque durante la infancia no tenemos tantas dudas, nos dejamos llevar por el entorno y vivimos la vida, en buena parte, a través de cómo la viven nuestros padres. No hay tantos cruces en los que explorar, es más lineal, y por eso cuando la recordamos, aunque inevitablemente sesgamos los recuerdos, los alteramos menos de lo que lo hacemos con los recuerdos de la adolescencia, donde hay muchos altibajos emocionales y muchas más dudas.
Entendiendo esto, los adultos tenemos un papel clave: somos un referente para nuestros hijos e hijas aunque pueda parecer que quieren hacer justo todo lo contrario.
Hemos sido un referente para ellos cuando eran niños y muchas de las cosas que habrán visto en nosotros durante su adolescencia las aprovecharán para construir su personalidad de adultos.
Altibajos y ejemplo
El papel que debemos tener para con los adolescentes, es de alguna manera triple, porque hay tres aspectos clave. Lo primero es transmitirles apoyo emocional. La adolescencia es una etapa de descubrimiento y de fuertes emociones y deben disponer de un ambiente, el que generamos los adultos, donde encuentren apoyo emocional, un ambiente que no estimule aún más esos altibajos emocionales.
En segundo lugar, debemos fomentar el estímulo, generar un ambiente en el que puedan descubrir cuáles son sus objetivos vitales.
Nosotros no debemos fijar cuáles deben ser estos objetivos, ya que deben descubrir por sí mismos qué les interesa y que les motiva. No estamos hablando de sobreestímulos, que esto lleva al estrés y perjudica a todas las funciones mentales y cognitivas.
El tercer punto es el ejemplo; ellos nos están imitando y, aunque no lo parezca, se fijan en cómo nos comportamos. Si queremos que nos respeten debemos respetarlos. Si queremos que confíen en nosotros, debemos confiar en ellos. Si queremos que se motiven, deben vernos motivados. Si queremos que se esfuercen, deben percibir en nosotros esta capacidad de esfuerzo. Si queremos que sean resilientes, deben ver que nosotros también lo estamos ante la adversidad.