Yo digo… Descubren la clave neuronal de la meditación

Por David Bueno

Desde la década de 1960, en que los Beatles fueron a la India a realizar un curso de meditación trascendental, muchas técnicas orientales de relajación, como el yoga, el taichí y la propia meditación trascendental, han ido ganando adeptos en todo el mundo. A estas prácticas se les atribuyen varios beneficios corporales, mentales y cerebrales, entre ellos la capacidad de inducir estados de relajación y de alterar el estado emocional a través del control consciente de la respiración.
Respirar, sin embargo, es un acto instintivo que realizamos desde el nacimiento. A través de la respiración, los pulmones absorben oxígeno y desprenden dióxido de carbono. Una vez en el cuerpo, el oxígeno se combina con otras moléculas para generar energía metabólica, que es indispensable para sobrevivir. Y, como consecuencia de este proceso, se genera dióxido de carbono, que debe eliminarse. Siendo respirar un acto que iniciamos de forma puramente instintiva, ¿cómo es posible que la respiración consciente permita alterar aspectos mentales aparentemente complejos, como los asociados a la relajación ya los estados emocionales? Los neurocientíficos Wenyu Tu y Nanyin Zhang, de la Universidad Estatal de Pensilvania, en EE.UU., han encontrado una respuesta. Según han publicado en la revista eLife, cuando respiramos no sólo se nos activan las zonas que de forma automatizada controlan la respiración sino también zonas implicadas en la gestión emocional.



El cerebro y la respiración
El descubrimiento, sin embargo, como sucede a veces en ciencia, ha sido en parte fortuito. Tú y Zhang estaban buscando la forma de optimizar una técnica de resonancia magnética funcional. Esta técnica permite monitorizar en directo y de forma no invasiva el flujo de oxígeno dentro de los vasos sanguíneos cerebrales. Las neuronas consumen gran cantidad de oxígeno cuando están activas. Visualizar qué zonas del cerebro están recibiendo más oxígeno permite saber, de forma indirecta, cuáles son las áreas que están más activas en un instante determinado cuando realizamos cualquier actividad. Ahora bien, esta técnica presenta un pequeño problema: cuando respiramos se altera el flujo sanguíneo y esto produce imágenes falsas a descartar. Para eliminarlas automáticamente, los investigadores combinaron la información que proporciona la técnica de resonancia magnética funcional con otra de electrofisiología, que detecta la actividad eléctrica de las neuronas. Lo hicieron con ratas, pero el paralelismo que existe entre su cerebro y el nuestro permite extrapolar los resultados a la especie humana. La combinación de estas dos técnicas les permitió ver que, cada vez que respiramos, se activan de forma específica dos zonas concretas del cerebro: el tronco encefálico y la corteza cingolada anterior. El tronco encefálico se encuentra justo debajo del cerebro, entre este órgano y la médula espinal. Una de sus funciones principales es controlar de forma automática la respiración y el ritmo cardíaco para ajustarlos a la actividad física y al estado emocional, incluidos los procesos de estrés y ansiedad. Esta actividad neuronal era, por tanto, la que los investigadores esperaban ver.

La sorpresa de la regulación emocional
Sin embargo, observaron una actividad igualmente intensa asociada a la respiración en otra zona del cerebro, la corteza cingolada anterior. Esta área está implicada en la regulación de algunas funciones corporales automáticas, como la presión sanguínea y el ritmo cardíaco, pero también en determinadas funciones cognitivas superiores, como la inhibición verbal, la anticipación de recompensas, la toma de decisiones, la empatía y la gestión emocional. Dicho de otro modo, el ritmo con el que respiramos, aunque se genera automáticamente en el tronco encefálico, actúa sobre centros emocionales del cerebro. Y, de forma consciente, a través de estos mismos centros podemos reajustar el ritmo de respiración, lo que, de rebote, incide sobre el estado emocional. Por eso, dicen estos investigadores, cuando estamos ansiosos o estresados, el ritmo de la respiración se acelera de forma automática y, cuando nos damos cuenta, para compensarlo, de forma consciente respiramos más profundamente. Esta respiración profunda contribuye a disminuir la sensación de estrés y ansiedad y, en consecuencia, induce a estados de mayor relajación. También por este motivo, cuando queremos fijar la atención de forma muy intensa en algo tendemos a aguantar la respiración, para evitar las distracciones cerebrales que pueden producirse cuando se activa la zona de gestión emocional. Estos resultados, que como dicen explícitamente los autores del trabajo debería comprobarse en personas, indican la conveniencia de aprender a controlar la respiración como mecanismo para reajustar nuestros estados emocionales y la sensación de estrés y ansiedad cuando pensamos que no son los más útiles o adecuados.