Yo digo… Consumo y cultura de élite: pop y pop art (Parte II)

Luis Britto García

El pop, no es lo mismo que el pop art. Este último consistió en un esfuerzo para llevar el impacto estético del diseño industrial y de los hábitos de consumo cotidianos de la colectividad industrial alienada, a una élite de consumidores de cultura que había permanecido indiferente u hostil a estas expresiones.
Desde luego, tal intento de reflejar en galerías, revistas especializadas o ediciones de lujo el estilo que una civilización ha adoptado como propio, es un legítimo ejercicio de la capacidad del artista de registrar y transfigurar la realidad. El pop art fue un proceso de puesta al día de una élite a la que el propio refinamiento de su saber o de su gusto había dejado atrasada; y que le proporcionó la forma de redimir su atraso mediante un ejercicio del consumo ostensible. Esto es, mediante la adquisición de productos que por artesanales tenían un precio elevado, y eran susceptibles de connotar un elevado status económico en su comprador.
En efecto, no hacía falta la obra de Roy Lichtenstein para que fuera advertido el impacto y la eficacia de la técnica gráfica del comic. Esto lo sabía cualquiera que tuviera acceso a un quiosco de periódicos desde 1895, cuando Oucault crea “The Yellow Kid”. A partir de esa fecha, tal forma de expresión origina obras maestras, al mismo que imperios financieros como Marvel. Cualquier garabato de Jack Kirby es estéticamente superior al relamido trabajo de Lichtenstein. Pero el cuadro de Lichtenstein se vende en galerías a un alto precio y puede ser exhibido en una sala. Mientras que el comic del cual ha copiado Lichtenstein su ilustración, se vende en los quioscos por unos centavos y su exhibición no connota una posición económica.



Marylin: saturación y dominación
De la misma forma, el impacto estético de máquinas de escribir, heladeras, autos y otros productos consiste en la satisfacción de un sentimiento estético del comprador, halagado a base de cromo y de diseño suntuoso, y no en su funcionalidad. El impacto de la imagen de Marylin Monroe fue impuesto a un público multitudinario, y advertido por éste mucho antes de que Andy Warhol vendiera en las galerías réplicas de ella para la élite cultural. En el pop art, la cultura ha pasado a ser la protagonista de la cultura.
El pop art impone a una minoría dominante, a través de técnicas de producción artesanales, las formas culturales adoptadas por toda una civilización industrial; mientras que la cultura pop impone a la mayoría dominada, mediante los medios de difusión de masa, lo que en principio fueron los símbolos artesanales de una minoría excluida. En ambos procesos existe una falsificación y una inversión del contenido del símbolo, que consiste en desposeerlo de su función de identidad originaria. Así, la lata de sopa que se compra en un supermercado denuncia un status de clase media e ingresos modestos, mientras que la lata de sopa Campbell que se compra en una galería para exhibirla en la sala connota la pertenencia a una élite.
Así, el pantalón de jeans de un adolescente en los años 60 denota la intención de adquirir una ropa barata, práctica y duradera que lo asimila simbólicamente a un sector excluido, (la juventud); mientras que el pantalón de blue jeans de marca que adquiere la estrella del jet set, connota nivel económico y glamour.

Mensajes de clases
A esta inversión clasista de los mensajes, se suma una inversión de cronologías. El pop art lleva a la élite conservadora la estética industrial moderna, mientras que el pop lleva a la masa de la sociedad industrial una estética arcaizante y antiindustrial. Ambos ofrecen a sus públicos lo contrario de lo que éstos son. Son estéticas del escapismo, en las cuales los símbolos no corresponden al contenido, sino que tratan de negarlo. Ese juego de inversiones, sin embargo, tiene un punto central de sinceridad: la idealización del objeto industrial.
En el pop art, el protagonista es el objeto, apenas elaborado mediante técnicas de gigantificación o de alteración de materiales. La figura humana —cuando aparece— es asimismo cosificada: Wesselman priva de rostro a sus “desnudos americanos”; George Segal la reduce a anónimos vaciados de yeso; Liechtenstein la incluye sólo para parodiar el tratamiento que de ella hacen los comics; Warhol sólo reproduce rostros célebres mercantilizados a través del poster. Celebración o sátira, el pop art tiene el mérito de dar la imagen fidedigna de una cultura cuyo protagonista es la mercancía.