Yo digo… Cómo no combatir la inflación

Por Joseph E. Stiglitz (*)

A partir de este mes, LA CALLE publica en exclusiva los artículos de Joseph E. Stiglitz distribuidos por Project Syndicate.



1.
Dicen que la economía es la “Ciencia lúgubre”, y 2023 le dará la razón al apodo. Estamos a merced de dos cataclismos que sencillamente están fuera de nuestro control. El primero es la pandemia, que sigue amenazándonos con nuevas variantes más letales, contagiosas o resistentes a las vacunas. El segundo cataclismo es la guerra de agresión de Rusia en Ucrania. El conflicto no tiene final a la vista, y puede escalar o producir efectos derrame aún mayores.

2.
La inflación actual se debe en gran medida a restricciones de suministro, que en algunos casos ya están en proceso de resolverse. En este contexto, subir los tipos de interés puede ser contraproducente. No generará más alimentos, petróleo o gas, pero hará más difícil movilizar inversiones que ayudarían a aliviar dichas restricciones.

3.
El endurecimiento monetario también puede provocar una desaceleración mundial. De hecho, es una posibilidad que muchos dan por sentada; y hay comentaristas que, convencidos de que el combate a la inflación exige pagar un costo económico, en la práctica se han puesto a pedir que haya recesión, y sostienen que cuanto más rápida y profunda sea, mejor. Al parecer no se han detenido a pensar que el remedio puede ser peor que la enfermedad.

4.
Estados Unidos está embarcado en una política de empobrecer al vecino, versión siglo XXI: aunque el fortalecimiento del dólar atempera su propia inflación, lo hace debilitando otras monedas y aumentando la inflación en otras partes. Para mitigar estos efectos cambiarios, incluso países con economías débiles se ven obligados a subir los tipos de interés, lo cual las debilita todavía más. La combinación de tipos de interés más altos, monedas depreciadas y desaceleración mundial ya tiene a numerosos países al borde de la cesación de pagos.

5.
Por supuesto, el padecimiento económico caerá sobre los países más vulnerables, creando un terreno todavía más fértil para que demagogos populistas siembren las semillas del resentimiento y del descontento. Todo el mundo respiró con alivio cuando Lula da Silva derrotó a Bolsonaro en la elección presidencial brasileña. Pero no olvidemos que Bolsonaro consiguió casi el 50% de los votos y todavía controla el Congreso.

6.
En todas las dimensiones, incluida la económica, hoy la mayor amenaza contra el bienestar es de naturaleza política. Más de la mitad de la población mundial vive bajo regímenes autoritarios. Incluso en Estados Unidos, uno de los dos partidos principales se convirtió en un culto a la personalidad que se muestra cada vez más contrario a la democracia. Su modus operandi es inyectar en la cultura tanta desinformación como pueda.

7.
El objetivo aparente es revertir buena parte del progreso de los últimos 250 años. Ya nada queda del optimismo que prevaleció al final de la Guerra Fría, cuando Francis Fukuyama anunció el “fin de la historia”, con lo que se refería a la desaparición de cualquier retador serio contra el modelo liberaldemocrático.

8.
Es verdad que todavía queda una agenda positiva capaz de evitar una caída en el atavismo y la desesperación. Pero en muchos países, la polarización y la parálisis política la vuelven inalcanzable. Si los sistemas políticos funcionaran mejor, hubiéramos podido dar una respuesta mucho más ágil para aumentar la producción y la oferta, de modo tal de mitigar las presiones inflacionarias que confrontan ahora las economías.

9.
Países de todo el mundo hubieran podido cobrar impuestos a las ganancias inesperadas, que en la práctica habrían alentado la inversión y atemperado los precios, y destinar lo recaudado a la protección de las personas vulnerables y a la inversión pública en resiliencia económica. La comunidad internacional podía aprobar una suspensión de patentes relacionadas con el Covid‑19, para reducir la magnitud del apartheid vacunatorio y al mismo tiempo mitigar el riesgo de que aparezcan nuevas mutaciones peligrosas.

10.
Resumiendo, un optimista diría que tenemos el vaso lleno más o menos hasta la octava parte. Unos pocos países selectos hicieron avances en esta agenda, y hay que agradecerlo. Pero casi 80 años después de la publicación de “Camino de servidumbre”, de Friedrich von Hayek, seguimos viviendo con la herencia de las políticas extremistas que él y Milton Friedman naturalizaron. Sus ideas nos han puesto en un rumbo realmente peligroso: el camino.

(*) Premio Nobel de Economía, profesor en la Universidad de Columbia y miembro de la Comisión Independiente para la Reforma de la Fiscalidad Corporativa Internacional.