Yo digo… Brasil progresista

Luis Britto García

1.
El mapa de Nuestra América se colorea de progresismos. Impreciso o aproximativo será todo lo que se diga desde lejos sobre Brasil, ese universo de casi 9 millones de kilómetros cuadrados y 215 millones de habitantes. Intentemos fundarlo en testimonios creíbles. Cuando el Partido de los Trabajadores llega al poder en 2002, enfrenta Lula un compacto bloque de intereses privados nacionales y multinacionales que le vetan reformas profundas. Opta por políticas indispensables como la distribución de alimentos subsidiados Fome Zero (Hambre Cero), oportunidades de educación universitaria para los pobres y grandes construcciones de vivienda popular. Pero a pesar del decisivo apoyo del Movimiento de los Sin Tierra, no realizó reformas que moderaran la extrema concentración de la propiedad latifundista en un país cuyas principales exportaciones son agrícolas. Tampoco evitó la privatización de 45% de las acciones de Petrobras en la Bolsa de Nueva York, ni impidió que fueran privatizadas por el agronegocio porciones crecientes de las tierras. Como testimonia Theotonio dos Santos, siguiendo las recetas neoliberales “anti inflacionarias” de su Banco Central, “Lula continuó la política de altas tasas de interés manteniendo la emisión de títulos de la deuda federal para pagar intereses de la deuda que fue construida sobre la nada con el único propósito de transferir recursos a una minoría que vive de estos intereses inexplicables (…) con lo cual el pueblo brasileño dejaba transferir cerca del 50% del ´gasto público´ a este sector reducido de la población”.



2.
Así, dejó el Presidente Obrero que su imagen se asociara a grandes empresas como Odrebrecht; no actuó con el necesario rigor contra los latrocinios de éstas, y aunque jamás se probó que hubiera incurrido en manejos ilícitos, parte del pueblo llegó a creer que existía una generalizada corrupción, y no reaccionó de manera contundente ante el amañado proceso que intentó inhabilitar a Lula políticamente. En Brasil, la conciliación y alianza con los grupos económicos hegemónicos fue la fórmula mágica del PT para avanzar en el proyecto neo-desarrollista, conciliar el capital y el trabajo, al mismo tiempo que se garantizaba la gobernabilidad sin afectar las causas de la desigualdad, los privilegios de la élite, ni modificar los pilares sobre los que se estructuran las inequidades sociales.

3.
A pesar de la crisis capitalista de 2008 y la baja del precio de las exportaciones, el inmediato gobierno del PT presidido por Dilma Roussef presentó crecimientos del PIB superiores al 7% anual, acumuló superávits fiscales, redujo el desempleo y para 2012 mostró índices de aprobación popular de más del 60%. En general, los gobiernos del PT aumentaron en 54% el salario mínimo, disminuyeron el índice de GINI de desigualdad a 0,522, redujeron el desempleo a 4,5% y sacaron a unos 50 millones de la pobreza. Sin embargo, cayó Dilma en la trampa neoliberal recesiva de las altas tasas de interés para contener una inflación que para el momento era sumamente moderada.

4.
Igualmente grave, los dos gobiernos del PT habrían sido capturados progresivamente por “o mecanismo”, vale decir, por la práctica brasileña de la corrupción. Nadie puede creer y defender con seriedad que estando 13 años en el gobierno, el PT no sabía de esos esquemas, no conocía que los 12 mayores contratistas del país hacían ganancias exorbitantes con los sobreprecios de las obras públicas (Petrobras, Juegos Olímpicos, Mundial de Fútbol y todas las enormes obras de infraestructura). Estratégicas “revelaciones” de escándalos como el de Odebrecht o Lava Jato arrojaron dudas sobre el PT y sus dirigencias. Esta percepción, abrió el camino para que se procesara a Lula para evitar su reelección, y que en 2016 Dilma Roussef fuera depuesta por un golpe de Estado judicial activado por su vicepresidente Temer, su oportunista “aliado” de la centroderecha.

5.
En tal situación, cualquiera que pregonara principios éticos invocando los valores más tradicionales –religión, propiedad, familia, patriarcalismo, autoritarismo– podía convocar una especie de voto protesta. Así fue electo presidente el oscuro excapitán y neopentecotalista Bolsonaro, en un país donde el 64,6% de la población es católica, y protestante sólo 22,2%. Pero es una minoría retrógrada que aplica los más modernos instrumentos del “marketing” ideológico con 20 televisoras, 40 radioemisoras, editoriales y estrategias de boots, big data, fake news, empleo saturativo de redes sociales como whatsapp. Advertencia para todos los países expuestos a la nociva mezcla de política y religión.

6.
A Lula corresponde responder con un nuevo mensaje, humanista, igualitario, pero sobre todo con actos que correspondan a él. Progresismo que se duerme se lo lleva la corriente.