Por Marcos Ayerbe (*)
Si como se ha sugerido recientemente, Entre Ríos corre el riesgo de parecerse a Macondo por culpa de los relatos fundacionales del gobierno provincial, deberíamos mirar un poco más de cerca nuestra propia aldea. Porque si hay un rasgo que define a la mítica ciudad de Gabriel García Márquez no es solo la amnesia, sino el eterno retorno: la repetición cíclica de nombres, apellidos y lógicas de poder, donde el tiempo parece circular y el destino, inevitable. En ese sentido, Concepción del Uruguay se parece bastante a Macondo, y José Eduardo Lauritto es nuestro Coronel Aureliano Buendía.
La política uruguayense parece atrapada en su propio bucle de cien años. En nuestra versión local de la novela, no llovió durante cuatro años y once meses, pero llevamos décadas orbitando alrededor de un mismo caudillo. Lauritto ha sido intendente, diputado, senador, ministro, vicegobernador y presidente de la CARU. Su figura ha tutelado la vida política e institucional de La Histórica con una presencia tan asfixiante como innegable.
El poder por el poder mismo En Macondo, los personajes repiten sus nombres y sus errores por una incapacidad crónica de imaginar un futuro distinto. En Concepción del Uruguay, el «laurittismo» se ha convertido en eso: un sistema de conservación de la estructura, donde el objetivo principal ya no es la transformación de la ciudad sino la perpetuidad del poder en sí mismo.
Al igual que en la obra de García Márquez, la política local parece haberse reducido a la administración de lealtades y a ganar elecciones para seguir administrando lealtades. No hay una visión de largo plazo ni un salto cualitativo hacia el futuro; hay gestión del día a día, inauguraciones menores y una enorme red de contención que asfixia el surgimiento de nuevos liderazgos, incluso dentro de su propio partido.
El miedo al vacío El verdadero drama de nuestro Macondo ribereño es el obstinado deseo de un hombre por evitar su propio retiro, y el de un sistema político que se ha vuelto completamente dependiente de él. Cada vez que parece que el ciclo se agota, el caudillo vuelve a descender al llano, se calza el traje de salvador y retoma el control del palacio municipal. Y la ciudad, resignada o encantada por el peso de la costumbre, lo vuelve a ungir.
Se le exige al gobierno provincial que tenga «memoria política» para no creer que la historia empezó ayer. Es un reclamo justo. Pero la memoria también debería servirnos en La Histórica para darnos cuenta de que la historia no puede depender eternamente del mismo hombre.
Macondo terminó borrada de la faz de la tierra por un viento huracanado, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra. Concepción del Uruguay tiene demasiada historia, demasiadas universidades y demasiada potencia productiva como para resignarse a vivir a la sombra del mismo árbol familiar. Es hora de dejar de repetir el mismo capítulo y atrevernos, de una vez, a escribir uno nuevo.
(*) Abogado. Delegado de Trabajo (Concepción del Uruguay)










