
La reconocida Vera Jarach deslumbró a un salón repleto. Su lucidez brilló a los 96 años de vida, tras exponer con mucho sentido del humor su historia trágica, entre el nazismo y la desaparición de su hija en la dictadura argentina. LA CALLE estuvo presente y te cuenta lo que dejó su necesaria visita.
Por Marcelo Sgalia
Vera Vigevani Jarach llega a un Auditorio Illia colmado, con muchos jóvenes. Su pesada historia se sienta con ella en esa silla de ruedas que la sigue trasladando por el mundo para contar y “seguir dando testimonio de lo que pasó porque es la memoria la que nos ayudará que no pase otra vez, esas historias tristes y muy dolorosas que arrastramos”. Con los problemas lógicos para escuchar y ver a los 96 años, Vera siente el Auditorio lleno. “Siento que están todos ahí, sentados en el suelo, escuchando. De los que más he aprendido en mi vida es de ustedes, los jóvenes”, les confiesa y los invita “vengan, hablemos como si fuéramos amigos”. Los aconseja: “Una de las cosas más importantes que tienen que buscar y mantener son las amistades. Mantengan amigos y amigas de toda la vida”. Vera se dirigirá, mucho, durante las dos horas que duró su conversatorio en el Illia a los jóvenes, que terminaron haciéndole preguntas, pidiéndole fotos y regalándole una esperanza. “Yo no voy a estar mucho más, ahora son ustedes los que tienen que pensar, mantener un pensamiento crítico , cuestionen, discutan entre ustedes, lean, luchen y salgan a la calle a manifestarse”.
“Yo soy una optimista incorregible”, confiesa y en dos horas demostrará que su amor a la vida le ganó al terror de sus dos tragedias. “Les pido que sean solidarios, que ayuden siempre al otro”.
Vera trajo su historia por primera vez a Concepción del Uruguay. Una de las Madres de Plaza de Mayo línea fundadora cuenta cómo escapó del nazismo de Mussolini cuando tenía 10 años. “Fui echada de una escuela en Italia por ser judía. Nos vinimos para América Latina. Mi abuelo se quedó y nos decía qué no era para tanto. Lamentablemente fue deportado a Auschwitz y fue asesinado en ese campo de concentración”, recuerda con una templanza envidiable.
Vera escapó de esos horrores y volvió a sufrir un genocidio. “Las historias se repiten, aunque sean distintas, en otros lugares y otros contextos”.
“Hay que mantener los sueños. He empezado hace poco a promover y organizar intercambios entre estudiantes de este país e Italia. Yo aprendí que sirven mucho para saber qué pasó, para contar estas historias y ustedes son el futuro. Y debemos salir de Buenos Aires. Porque la Argentina es muy linda y muy grande. No todo es Buenos Aires”. Su edad, esa silla y las dificultades no son obstáculos para seguir soñando con “la patria grande”.
Vera escapó de Mussolini y le tocaron Videla y compañía. Su hija Franca estuvo secuestrada y detenida en la ex ESMA. “Me pasó dos veces lo mismo: no hay tumbas para visitar a mi abuelo en Italia. Tampoco tengo una para hacerlo con mi hija en Argentina”. Y agregó: “Tardé 20 años en saber qué le había pasado a Franca, hasta que me enteré que ella fue asesinada por la Dictadura en uno de los vuelos de la muerte”, cuenta.
Transmitió tranquilidad, sabiduría, humildad. Se la vio muy cómoda y a gusto con la charla. Nunca perdió el sentido del humor. “Me pasaron cosas horribles pero nunca perdí el sentido del humor. No dejé que esta gente me sacara la risa, dentro del dolor de todo esto”. Ríe, bromea, se confiesa “muy charlatana, andariega, no me gusta quedarme quieta y me encanta poder hablar con ustedes”.
Antes de charlar un rato, la Fundación Micaela García le dio un obsequio de su paso por la ciudad. La Municipalidad la declaró Ciudadana Ilustre de Concepción del Uruguay y le dio la llave. Todavía no tenía el micrófono. Estaba por arrancar su charla. Lo pidió para decirnos: “A mí no me queda mucho, es una lástima. Pero en la otra vida que tenga me voy a venir con esta llave a vivir acá”. Así rompió el silencio para arrancar a contar parte de su historia. Vera, en su silla, el pañuelo y sus ganas de seguir diciendo: “El día que debajo de este pañuelo mi cerebro no tenga más nada qué decir me quedaré en mi casa…”. Su hija Franca mira al Auditorio desde arriba de una silla blanca que Vera sentó a su lado. Fue otro de sus pedidos al llegar. “Por favor corran esta mesa”. La silla y su hija al lado. Los jóvenes sentados, cerca, lo más posible. Es el traslado necesario y vital que la historia necesita para no repetirse.
También habló de Franca, siempre en presente. “Ella cuestionaba todo, ayudaba, discutía, era muy activa. Desde que tenía 13 años”.
“No somos heroínas, solamente reclamamos porque nuestras hijas e hijos habían desaparecido, lo que hubiera echo cualquiera en esa situación. Nos hubiera gustado que eso no nos pase, es muy triste y trágico”, señaló cuando arrancó en el Illia, con gente parada donde encontró un lugar.
“Claro que teníamos miedo, por supuesto, siempre lo sentimos pero los miedos se superan haciendo, no encerrándose en ellos. Porque es una enfermedad contagiosa”, manifestó entre tanto. Habló sobre el perdón: “Yo no puedo perdonarlos. Primero porque nunca lo pidieron. No podemos, aunque quisiéramos. Sin violencia siempre. Pero deben pagar en la Justicia todo lo que hicieron”. Vera Jarach en La Histórica, abrazada por su pañuelo y la esperanza.











