Urquiza y la Generación del 37

José Antonio Artusi
Arquitecto – Docente

La relación entre Justo José de Urquiza y la denominada “Generación del 37” fue fundamental para la organización nacional de la República Argentina. Echeverría, Alberdi y Gutiérrez, sobre todo, aportaron el marco teórico (los dos segundos también acción), y Urquiza fue el ejecutor que hizo que los ideales de Mayo – libertad, igualdad, progreso – se plasmen en la sabia Constitución de 1853. Se trata de uno de los ejemplos más brillantes de interacción virtuosa y sinérgica entre pensadores que marcan el camino aportando ideas adecuadas para los desafíos del momento histórico y decisores lúcidos y abiertos que las procesan, las aplican y las transforman en praxis con estrategia, paciencia, y férrea voluntad política.

Echeverría y la semilla del cambio político



Seis años antes de Caseros, cuando Urquiza todavía era el gobernador de Entre Ríos aliado a Rosas, Esteban Echeverría ya veía en él una alternativa estratégica para terminar con la tiranía del Restaurador de las Leyes coloniales y emprender el camino de la anhelada pero demorada organización nacional.  Desde su exilio en Montevideo, en 1846 Echeverría le envió un ejemplar de su obra cumbre, el “Dogma Socialista”. El mensaje era claro: Echeverría quería que Urquiza comprendiera que la lucha no debía ser entre unitarios contra federales, una dicotomía que él consideraba agotada y que no dejaba ver con claridad la gran contradicción fundamental, vale decir la que se daba entre la libertad contra la tiranía, entre la organización nacional contra la anarquía, entre el atraso colonial contra el progreso y el desarrollo.

En la carta que acompañaba el libro, Echeverría le expresó a Urquiza que solo él contaba con el poder político necesario para liderar un movimiento nacional capaz de unir al pueblo argentino en torno a una síntesis del pensamiento de Mayo, aunando la libertad con el progreso, todo bajo el amparo de una Constitución que asegurase la unidad nacional.

Urquiza fue muy respetuoso con Echeverría, pero en ese momento todavía no estaba listo para romper con Rosas. Sin embargo, no es aventurado pensar en el “Dogma Socialista” como una de las semillas fundamentales de una evolución trascendental en el pensamiento de Urquiza. Echeverría fue uno de los que incidió positivamente y lo ayudó a convencerse de la necesidad de dejar atrás falsos enfrentamientos.

El reconocimiento tardío y la gratitud de Urquiza

Esteban Echeverría murió el 19 de enero de 1851, muy poco antes del Pronunciamiento. Beatriz Bosch enfatiza que el 1º de mayo de 1851, el mismo día del Pronunciamiento, Urquiza “elimina el lema inicuo de ¡»Mueran los salvajes unitarios!». Inspirábase, sin duda, en los referidos conceptos echeverrianos…”.

Si Echeverría hubiera resistido solo un año más, habría visto a Urquiza entrar triunfante en Buenos Aires tras la Batalla de Caseros. Probablemente, habría sido recibido con los máximos honores en el Palacio San José. Habría sido el abrazo emocionado entre el guerrero victorioso, el estadista visionario, el empresario próspero; con el poeta romántico, el doctrinario progresista de salud quebrada.

Pero Echeverría murió en la pobreza en Montevideo, casi solo. Urquiza no lo olvidó. Esa sensibilidad de Urquiza para con los suyos, incluso con aquellos que solo conoció a través de cartas, muestra una faceta del caudillo que a veces la historia oficial olvida. Echeverría murió dejando a su familia en una situación económica desesperante en Montevideo. Cuando Urquiza asumió el poder y comenzó a organizar la Confederación, no se olvidó del hombre que le había enviado aquel Dogma Socialista. A través de Juan María Gutiérrez, el mejor amigo de Echeverría, Urquiza hizo llegar ayuda financiera a los parientes del poeta. Fue una forma de decirle al mundo que, bajo su mando, el pensamiento no se pagaba con el exilio, sino con gratitud. Urquiza le encargó a Gutiérrez que indagara sobre el paradero de los restos de Echeverría en el Cementerio del Buceo en Montevideo. Lamentablemente, nunca pudieron encontrar sus restos. Urquiza entendió que el mejor monumento para Echeverría eran sus libros. Por eso, apoyó e impulsó a Juan María Gutiérrez para que comenzara a recopilar y publicar las Obras Completas del poeta.

Alberdi, Gutiérrez y la fusión de ideas y poder

Es curioso pensar que Urquiza, un hombre de campo, de negocios y de batallas, tuvo una delicadeza que los «civilizados» de Buenos Aires —que tanto lo criticaban— a veces no tuvieron. Mientras Sarmiento y Mitre se peleaban con el fantasma de Echeverría por nimiedades de liderazgo intelectual, Urquiza lo honró como al profeta que marcó el camino.

Alberdi lo resumió así: «Echeverría ha tenido la suerte de los que mueren antes de la aurora: no vio el sol, pero sus rayos ya iluminaban su frente.»

Tampoco se conocieron personalmente Urquiza y Alberdi, y su amistad y sociedad política se forjó exclusivamente a través de cartas.

Polemizando con Sarmiento, Alberdi dejó en claro el vínculo político e ideológico que se había constituido entre Urquiza y los tres principales exponentes de la Generación del 37, vale decir él mismo, Echeverría y Gutiérrez: «He visto venir al general Urquiza a estas ideas, y por eso he abrazado su autoridad. La fusión política, adoptada por él, como base de su gobierno y de la Constitución, es principio que pertenece al credo de la Asociación de Mayo de 1838; y sería irracional de mi parte, atacar a un gobierno que adoptaba mis principios. Es el general Urquiza el que ha venido a nuestras creencias, no nosotros a las suyas, y lo digo en honor de ambos. Digo nosotros porque los tres redactores de esa creencia se hallan en el campo que usted combate. Echeverría no vive, pero su espíritu está con nosotros, no con usted y tengo de ello pruebas póstumas». Alberdi entiende perfectamente que sin Urquiza las “Bases” no habrían sido más que un libro en una biblioteca chilena.

Un liderazgo que supo escuchar y construir

Beatriz Bosch refiere que “correspondió también al presidente Urquiza la honra de lograr el reconocimiento de nuestra independencia por la madre patria. Con ese intento su canciller Juan María Gutiérrez imparte instrucciones precisas al ministro acreditado en Europa Juan Bautista Alberdi. El autor de Bases cumple su cometido en fecha simbólica. El 9 de julio de 1859.”

Al que sí pudo Urquiza conocer personalmente y trabajar codo a codo fue a Juan María Gutiérrez, que de esa manera fue un puente clave entre el pensamiento de la Generación del 37 y su gestión de gobierno. Tras la caída de Rosas, Gutiérrez se integró activamente a la vida política de la Confederación. Fue uno de los redactores de la Constitución de 1853 y ministro de Relaciones Exteriores del presidente Urquiza.

A Urquiza jamás le corresponderá el anatema que Carlos Matus dedicó a buena parte de las dirigencias latinoamericanas del siglo XX: “No saben que no saben”. Consciente de sus límites, supo reconocer el talento de los grandes pensadores, supo nutrirse de sus mejores ideas, supo evolucionar, supo que había que tecnificar la política y politizar la técnica; y tuvo el coraje, la lucidez y el sentido estratégico que se precisaban para legarnos la tan ansiada Organización Nacional.

Fuentes:

Bosch, Beatriz. Urquiza y su tiempo. Buenos Aires : EUDEBA, 1971.

Mayer, Jorge M. Alberdi y su tiempo. Buenos Aires : Sudamericana, 1963.

Weinberg, Félix. «La Asociación de Mayo y el Dogma Socialista.» En Polémica. Primer Historia Argentina Integral . Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1970.