Una propuesta turística. Pensar diferente para tener una mejor Isla del Puerto

El concejal y economista Pablo Presas propone repensar el desarrollo turístico de la Isla del Puerto, con una inversión privada que permita recuperar espacios de uso particular, ampliar la reserva natural y crear un nuevo parque público.

Por: Pablo Presas (*)

Concepción del Uruguay necesita recuperar el protagonismo turístico que alguna vez tuvo y encontrar nuevos motores para su economía. Para lograrlo necesitamos pensar diferente, animarnos a pensar en grande y superar esa tendencia que muchas veces tenemos de comenzar cada discusión explicando por qué algo no puede hacerse, en lugar de preguntarnos: ¿cómo podríamos hacerlo?

El debate generado alrededor de la posibilidad de desarrollar un proyecto turístico en la Isla del Puerto es un buen ejemplo. Una de las críticas más razonables fue también una de las más contundentes: ¿cómo preservar una reserva natural y al mismo tiempo proponer allí una inversión privada?



Esa pregunta me llevó a seguir pensando la idea. Y quizás podamos ir más lejos: diseñar un proyecto en el que la inversión privada permita recuperar espacio hoy destinado al uso particular, ampliar efectivamente la reserva y construir un parque público mejor que el actual.

Primero, miremos la realidad

La Isla del Puerto es una Reserva Natural de Usos Múltiples que busca equilibrar la preservación del ecosistema con actividades humanas controladas. Precisamente, además del uso recreativo de sus playas y de la actividad de los restaurantes, en la punta norte sobreviven más de una docena de antiguos ranchos asentados sobre terrenos públicos, muchos de ellos utilizados actualmente como casas de fin de semana.

Sus ocupantes poseen permisos o convenios históricos de uso, pero con los años algunas de aquellas construcciones fueron adquiriendo características cuasi permanentes, incorporando servicios e incluso registrándose transferencias informales de esos derechos entre particulares.

No planteo esto para cuestionar a quienes recibieron legítimamente esos permisos, sino para preguntarnos si ese esquema, que en los hechos mantiene un sector de la Isla destinado al uso exclusivo de particulares, sigue siendo hoy la mejor alternativa para la ciudad.

Estamos hablando de aproximadamente 18.000 metros cuadrados ubicados en uno de los sectores de mayor valor paisajístico de toda la Isla, justo en la confluencia del río Uruguay con el canal de acceso al puerto. Un espacio de enorme potencial ambiental y recreativo que, paradójicamente, siendo tierra pública, hoy se encuentra restringido al disfrute de la comunidad.

Transformar un problema en una oportunidad

El primer paso sería encontrar una solución acordada para recuperar esos 18.000 metros cuadrados, involucrando al Estado, los actuales ocupantes y el eventual inversor.

Podrían contemplarse compensaciones, relocalizaciones voluntarias o una combinación de ambas. Una alternativa a estudiar sería trasladar algunos ranchos hacia el sector costero comprendido entre el sur de Pelay y la zona de la Toma, donde existen tierras municipales y ya hay construcciones de este tipo. Así incluso podría preservarse parte de esa tradición costera en un lugar más compatible con ese uso.

El eventual inversor podría asumir los costos de ese proceso y el Estado aportar las herramientas necesarias para hacerlo posible.

Una vez recuperada la superficie, aproximadamente 10.000 metros cuadrados podrían incorporarse efectivamente a la reserva natural y al uso público, restaurando ambientalmente el sector. Los otros 8.000 concentrarían el uso turístico, reemplazando múltiples ocupaciones particulares por una única intervención planificada y ambientalmente controlada.

Un parque público en el mejor lugar

Pero el reordenamiento permitiría generar un beneficio adicional para la comunidad uruguayense. Lindero a ese espacio existe actualmente un parque de aproximadamente 8.000 metros cuadrados, donde se encuentran la cabaña de interpretación ambiental y los juegos para niños. La propuesta sería localizar allí la eventual intervención hotelera y trasladar ese parque hacia la punta recuperada.

Mantendría aproximadamente la misma superficie, pero estaría integrado a la escollera de la Stella Maris, con vistas privilegiadas hacia el río Uruguay y el canal de acceso de los buques al puerto. Podría convertirse en un verdadero parque costero, con senderos, miradores, vegetación autóctona y espacios recreativos.

El resultado sería recuperar para todos los uruguayenses aproximadamente una hectárea que hoy tiene un uso particular y, al mismo tiempo, trasladar el parque público hacia uno de los lugares de mayor valor paisajístico de toda la Isla, culminando en una Stella Maris y su escollera revalorizadas como un gran mirador hacia el río, el canal de acceso al puerto y la propia ciudad.

Que la reserva quede mejor que antes

No alcanzaría con exigir que un eventual hotel tenga bajo impacto ambiental. La vara debería ser más alta: el balance ambiental final debería ser positivo.

Entre las contrapartidas de la concesión debería existir un programa permanente de control de especies invasoras, como la acacia negra o chauchera, y de recuperación de flora y fauna autóctonas, supervisado por especialistas. A ello deberían sumarse tratamiento integral de efluentes, eficiencia energética, manejo de residuos, mínima impermeabilización del suelo y monitoreo de la biodiversidad.

Incluso parte de las obligaciones económicas del concesionario podría financiar permanentemente la conservación de la reserva.

Y aquí aparece una interesante alineación de intereses: un hotel de naturaleza necesita una reserva cada vez mejor. Senderos interpretativos, observación de aves, recorridos por los humedales y reconocimiento de nuestra flora y fauna podrían formar parte de la experiencia ofrecida a sus visitantes. Cuanto mejor conservado esté el ambiente, mayor será también el valor turístico del emprendimiento.

La tierra no tiene por qué venderse

Nada de esto requiere vender patrimonio público. El espacio destinado al proyecto podría otorgarse mediante una concesión surgida de una licitación pública y transparente, por un plazo suficientemente largo para permitir recuperar la inversión.

El concepto es sencillo: la tierra sigue siendo pública, el privado realiza la inversión y explota el complejo durante el período establecido y, finalizada la concesión, las instalaciones quedan como patrimonio público.

Pero además el balance territorial de uso público sería positivo. Hoy tenemos aproximadamente 18.000 metros cuadrados de tierra pública afectados al uso particular y otros 8.000 destinados al parque. Con el reordenamiento propuesto, la intervención turística quedaría concentrada en unos 8.000 metros cuadrados, aproximadamente una hectárea se recuperaría para la reserva y la comunidad, y el parque mantendría su superficie, pero en una ubicación de mayor valor paisajístico. No solo no se vendería tierra pública: aumentaría la superficie efectivamente recuperada para el disfrute de todos los uruguayenses.

Para que esto sea posible, el impulso inicial debe comenzar en el Estado. Provincia y Municipio deben generar previamente seguridad jurídica, reglas claras y previsibilidad para luego convocar competitivamente a potenciales inversores. El Estado planifica y controla; el privado aporta el capital, asume el riesgo y realiza la inversión.

Un balance económico también positivo

Todo esto tendría sentido si además deja un balance económico claramente positivo para Concepción del Uruguay.

El objetivo no sería simplemente construir un hotel, sino ayudar a posicionar y vender Concepción como destino, aprovechando aquello que nos diferencia: nuestro río, los humedales, la naturaleza, la historia y nuestra flora y fauna.

Un hotel de categoría, con centro de convenciones, gastronomía, wellness y actividades recreativas, podría convertirse en una puerta de entrada para descubrir ese patrimonio. Y el turismo náutico debería ocupar un lugar central: paseos por el río Uruguay, excursiones por los humedales, navegación recreativa, kayak, pesca deportiva y observación de aves.

El hotel no debería ser un destino encerrado sobre sí mismo. Debería ser una plataforma para mostrar y vender Concepción del Uruguay.

Su funcionamiento podría generar cientos de empleos directos e indirectos y multiplicar la actividad de restaurantes, comercios, transporte, prestadores turísticos y náuticos, productores y proveedores. La futura licitación debería procurar que la mayor cantidad posible de ese empleo y esas compras queden en nuestra ciudad.

Animarnos a pensar en grande

Quizás ésta sea la enseñanza más interesante del debate. Una crítica ambiental que inicialmente parecía un obstáculo puede ayudarnos a diseñar una propuesta mejor: un reordenamiento integral de la punta norte capaz de generar simultáneamente un balance ambiental, territorial y económico positivo: una mejor reserva, más y mejor espacio público y un nuevo motor para nuestra economía turística.

La Isla del Puerto es una Reserva Natural de Usos Múltiples y esta propuesta parte precisamente de esa condición: pensar un desarrollo turístico limitado y compatible con la conservación, capaz además de aportar recursos para fortalecerla. Naturalmente, su implementación deberá surgir de estudios ambientales, hidráulicos y urbanísticos rigurosos y del trabajo de especialistas que determinen la mejor manera de llevarla adelante. Seguramente la propuesta pueda enriquecerse y mejorarse, pero justamente de eso se trata: de poner una idea sobre la mesa, debatirla y construir entre todos el mejor proyecto posible para la Isla y para la ciudad.

Pensar en grande no significa hacer cualquier cosa. Significa animarse a imaginar algo diferente y después encontrar la manera de hacerlo bien. Porque si seguimos haciendo lo mismo, probablemente sigamos obteniendo los mismos resultados. Y Concepción del Uruguay puede aspirar a mucho más.

(*) Economista y Concejal.