Un viaje

Por Sergio A. Rossi

Dicen que cualquier viento le viene bien a quien no sabe hacia dónde quiere navegar.
Las transacciones sociales y los intercambios de servicios y bienes de la sociedad moderna implican aceptar pequeños acuerdos tácitos, otorgarse confianzas y validar certidumbres establecidas. Eso vale también –o tendría que valer– para los partidos políticos.
El hecho intrascendente y cotidiano de tomar un colectivo o tren nos parece natural, naturalidad que se ve alterada cuando cambian las señales que ordenan la estación, o viajamos a un país donde esas indicaciones difieren un poco de las que nos resultan habituales. Si imaginamos qué sentiría y cómo se comportaría en Atocha un castellano del siglo XI, o en Retiro un culto inca del Cusco, veremos frágil aquella naturalidad. Las deducciones del agudo Sherlock Holmes para resolver sus enigmas se sostienen en buena parte sobre la puntillosa puntualidad del telégrafo y los ferrocarriles ingleses de fines del siglo XIX.
Tomar un colectivo lo mismo. Saludamos al conductor sin dudar que nos llevará, por un camino acordado, hacia nuestro destino.
Al comienzo de “Un Otoño en Pekín”, Boris Vian nos cuenta que Amadis Dudu, su protagonista, se levanta como todos los días en lo que parece un suburbio de París. Como todos los días se encamina a la parada del ómnibus 975, pero se le escapa por segundos el del horario que toma rutinariamente. Apurado por llegar al trabajo va perdiendo los que siguen, impedido por pasajeros, choferes e inspectores enloquecidos que lo empujan y destratan. Como su apuro por llegar va creciendo, apenas ve pasar otro 975 lo para y se sube, saluda al simpático chofer y se acomoda en los asientos. Pero el coche hace el recorrido en sentido contrario y termina en la parada de comienzo de línea. Se confía al chofer, que arranca con rumbo incierto. Las cosas terminan de desviarse, el chofer está loco, lo mismo que los pasajeros, y termina llegando al desierto de Exopotamia, del que no puede salir y donde queda atrapado en medio de historias absurdas. Les puede pasar a todos, por lo que conviene evitar la tentación por el atajo salvador, o subirse a un colectivo y no mirar a dónde va. Le ha pasado al peronismo, apurado a veces por ganar sin saber qué, y también al radicalismo, cuando ha aceptado ser furgón de cola del tren fantasma.

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