Tu sangre canta en nuestras cuerdas

Por Marcelo Sgalia (Redacción de LA CALLE)

Nos duele amigo hasta los huesos
y se endurecen nuestras entrañas.
Por la injusticia, la cobardía
nos va invadiendo la hipocresía…

Enrique Angelelli nació en Córdoba el 18 de julio de 1923. Fue obispo católico argentino, asesinado por la última dictadura militar y declarado por esas mismas circunstancias mártir y beato por el papa Francisco. Angelelli fue de esos pocos que se embarraron, de los que defendió lo que pensaba en las villas, al lado de los pibes, dándoles un plato de comida y peleando contra el sistema y los poderosos de siempre. Como años después, hizo nuestro Pocho Lepratti en el barrio Ludueña de Rosario. Darle de comer a los pibes que no eligen nacer fuera del sistema, en este país muchas veces se pagó con la vida de las balas que dispara el poder. Sea en dictadura, como Angelelli en este caso; o en democracia, como Pocho a finales del trágico 2001: “Bajen las armas, acá solo hay pibes comiendo”.
Fue León Gieco, el artista necesario según la certera definición de la Negra Sosa, que lo recordó en La Memoria. “Fue cuando se callaron las iglesias, fue cuando el fútbol se lo comió todo, que los padres palotinos y Angelelli, dejaron su sangre en el lodo”. Entre otros, Gieco, junto a Víctor Heredia, la misma Mercedes y Liliana Herrero, que hace un par de semanas nos cantó en el Auditorio Scelzi, le pusieron voz a esa hermosa letra de la canción “Hay que seguir andando”, escrita por Carlos Saracini y dedicada al obispo del que el viernes se cumplieron 47 años de su muerte, esa que durante 38 años fue un accidente de tránsito según la Justicia. Pequeña diferencia, porque a veces esta tarda cuando se saca la venda de sus ojos.



Hay tanta bronca acumulada.
Tanta traición disimulada.
Que se nos cierran hasta las manos
y el desencanto nos va aquietando.

Angelelli provenía de una familia muy humilde, sus padres eran inmigrantes italianos. Estudió en escuelas públicas y con las hermanas de Villa Eucarística, donde su padre trabajaba como casero. En su adolescencia ingresó al Seminario. En 1939 fue enviado a Roma por su destacado desempeño y allí se licenció en Derecho Canónico en la Universidad Gregoriana y entró en contacto con la Juventud Obrera Católica. Diez años más tarde, en octubre de 1949 fue ordenado sacerdote. Tenía 26 años. En 1960 fue nombrado obispo auxiliar de la provincia de Córdoba. En 1963 convocó a campañas de solidaridad para mitigar el hambre y el abandono de los desposeídos.
En 1968 a Angelelli le fue asignada la diócesis de La Rioja, donde trabajó mucho para asistir a los sectores más oprimidos de la sociedad. Denunció el hambre, la desocupación, la concentración de la propiedad y la explotación campesina, recorriendo toda la Provincia. Participó de las marchas contra la pobreza y la miseria, alentó y colaboró en diversas organizaciones y sindicatos.

Muchos no están, hermano mío.
Y el corazón siente el vacío.
Las lágrimas corren el rostro,
Ellos están junto a nosotros.

Sus misas se transmitían por la radio en toda la provincia y se enemistó con los sectores más conservadores y dirigentes de las Fuerzas Armadas por su trabajo social. Tras el golpe de Estado de 1976 la emisión de sus misas fueron censuradas y posteriormente canceladas. Denunció asesinatos de sacerdotes en la provincia e incluso investigó qué había pasado.
El 4 de agosto de 1976 el obispo fue asesinado por miembros del Tercer Cuerpo del Ejército, que hicieron pasar ese crimen como un accidente automovilístico. Años más tarde, ya en democracia, se descubrió que se trató de un homicidio calificado.

Por el dolor la voz callada,
que nos golpea, que nos aplasta.
Resiste el hombre que está enjaulado.
Resiste el pueblo acribillado.

Angelelli había sido uno de los cuarenta obispos firmantes del Pacto de las catacumbas de Domitila, por el que se comprometieron a caminar con los pobres asumiendo un estilo de vida sencillo y renunciando a todo símbolo de poder. El 24 de agosto de 1968, Angelelli asumió como obispo de la Diócesis de La Rioja, designado por Pablo VI. Lo que aparecía como el camino al ostracismo, se transformó en el escenario episcopal que movilizó a los amplios sectores riojanos sumidos en la postergación, promoviendo la formación de cooperativas de campesinos y alentando la organización sindical de los peones rurales, los mineros y las empleadas domésticas.

Que no se cieguen nuestras miradas,
que nuestra historia no esté cerrada.
Son nuestro llanto nuestra alegría,
semilla abierta, de nueva vida.

El 12 de febrero de 1976, el vicario de la diócesis de La Rioja y dos miembros de un movimiento de activistas sociales fueron detenidos por los militares. Angelleli peticionó al coronel del ejército Osvaldo Pérez Battaglia, nuevo interventor de La Rioja, para obtener información sobre el vicario y el paradero de los activistas. Al no obtener respuesta, viajó a Córdoba para hablar con Luciano Benjamín Menéndez, por entonces comandante del III Cuerpo de Ejército. Menéndez advirtió amenazante a Angelelli: «Es usted quien tiene que tener cuidado».
El 4 de agosto de 1976, conducía una camioneta junto con el padre Arturo Pinto. Los encerraron hasta volcar. Después de permanecer inconsciente durante un tiempo, Pinto vio a Angelelli muerto en la carretera, con la parte de atrás de su cuello mostrando lesiones graves, «como si lo hubieran golpeado».
Los frenos de la camioneta y el volante estaban intactos, y no había marcas de proyectiles. Pocos días después de la muerte de Angelelli, la fiscal Martha Guzmán Loza recomendó cerrar el caso, al que calificó de «accidente de tránsito». El 19 de junio de 1986, ya bajo el régimen democrático, el juez de La Rioja Aldo Morales sentenció que había sido «un homicidio fríamente premeditado y esperado por la víctima». Cuando algunos militares resultaron involucrados en la acusación, las fuerzas armadas trataron de bloquear la investigación, pero el juez rechazó sus reclamos.
Los hechos fueron judicialmente investigados y recién el 4 de julio de 2014, transcurridos casi 38 años, la justicia determinó que se había tratado de un homicidio, condenando a cadena perpetua a Luciano Benjamín Menéndez y Luis Fernando Estrella.
La Iglesia anunció su reconocimiento oficial de que la muerte de Enrique Angelelli, como también la de los sacerdotes Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville, y la del laico Wenceslao Pedernera, tuvo el carácter de «martirio en odio de la fe», lo que ameritaba su beatificación. El 27 de abril de 2019 Angelelli y los demás mártires fueron beatificados por el Papa Francisco.

Hay que seguir andando nomás,
hay que seguir andando.

(Fuentes: El Ortiba, Colectivo de Cultura Popular y Argentina.gob.ar).