Por Luis Britto
Los seres vivientes acceden a la condición de animales sociales al desarrollar el lenguaje. El de los seres humanos es el que más depende de la capacidad de invención. La palabra dicha es local y fugaz, sin más alcance que la voz y el recuerdo. La reducida a signos en la escritura aspira a perdurable. Sin lenguaje sería imposible coordinar conductas humanas; sin escritura, hacer esta coordinación perdurable. Las palabras no son la realidad, pero erigen modelos modificables de ella. Las más poderosas nombran objetos intangibles. Tribu, Aldea, Ciudad, Nación, Religión, República, Estado, son palabras. La escritura fija la realidad fluyente del idioma y mediante él estabiliza el sistema compartido de valores que llamamos Nación. Hay Naciones cuya cultura perdura milenios después de destruido su Estado, y Estados aniquilados porque dejaron morir su cultura.
La naturaleza se nos hace inteligible a través del lenguaje. Organizamos vocablos mediante gramáticas cuyas construcciones llamamos filosofías, con las cuales explicamos el mundo. El universo es sólo caos de sensaciones hasta que lo ordenamos con el mito, la Historia y las Matemáticas. No hay escritor más preciso que quien traza números. No olvidemos al que apunta sonidos y nos interna en orbes musicales. Sobre la tierra se baten a muerte el discurso de la Alienación y el del Reino de la Libertad. Algoritmos de dividendos deciden hecatombes. Mentes artificiales enuncian palabras digitales que asfixian la esperanza y proscriben el futuro. Cada vocablo que tecleamos es registrado por mecanismos espías y cribado por análisis de contenido. La información se concentra en un número cada vez menor de softwares. Todo lo que digamos puede ser digitalizado en contra nuestra. Más de un millar de idiomas hablamos los humanos: las máquinas los han traducido a uno solo. Mientras construimos el mundo con conceptos los ordenadores lo reducen a data. Debemos aprender idiomas inhumanos que sólo conocen el 1 y el 0 para defender nuestra patria, que es el infinito. Una vez más, es preciso inventar el lenguaje que nombre la vida. La palabra es nuestra memoria y nuestro consuelo. Nuestro anhelo de arribar al mundo donde, como anticiparon Carlos Gardel y Alfredo Lepera, no habrá más penas, ni olvido.










