Una investigación periodística reveló que HOCHTIEF AG, la empresa alemana que construyó el Túnel Subfluvial entre Paraná y Santa Fe entre 1962 y 1969, tuvo un rol protagónico en la Alemania nazi: construyó el búnker donde Hitler se suicidó y utilizó sistemáticamente trabajo esclavo en sus obras durante la Segunda Guerra Mundial.
El informe, publicado por el diario La Nación con la firma de Franco Spinetta, reconstruye una historia silenciada durante más de medio siglo. El túnel que une Entre Ríos con Santa Fe es la única conexión subterránea bajo un río de llanura en el mundo y fue inaugurado el 13 de diciembre de 1969 por el presidente de facto Juan Carlos Onganía. Lo cruzan diariamente más de diez mil vehículos.
El aislamiento como política
Hasta mediados del siglo XX, cruzar el río Paraná requería balsas. La más moderna, llamada La Maroma, demoraba cincuenta minutos cuando la cadena no se desenganchaba. Ese aislamiento no era casual: los institutos militares argentinos enseñaban una hipótesis de conflicto con Brasil, y la Mesopotamia funcionaría como territorio de sacrificio. Por eso el gobierno nacional bloqueó durante décadas todos los proyectos para conectar la región. El primer propuesto data de 1911.
El Tratado Interprovincial para construir el túnel lo firmaron los gobernadores Raúl Uranga, de Entre Ríos, y Carlos Sylvestre Begnis, de Santa Fe, el 15 de junio de 1960. Lo acordaron en un restaurante de Paraná. La clave jurídica fue que el lecho del río estaba bajo jurisdicción provincial, no nacional. La obra se financió con fondos de ambas provincias, sin ayuda del gobierno central, y fue bautizada Hernandarias.
HOCHTIEF: del búnker de Hitler al lecho del Paraná
La licitación internacional de 1961 la ganó un consorcio integrado por HOCHTIEF AG, la argentina SAILAV y la italiana VIANINI SPA. La empresa alemana, fundada en 1875 en Frankfurt, fue adquirida en 1937 por el ingeniero Eugen Vögler, quien se afilió al Partido Nazi. Bajo su conducción, la compañía construyó el Führerbunker de Berlín —donde Hitler se suicidó en 1945—, la Guarida del Lobo en Prusia Oriental y el retiro alpino del dictador en Baviera.
A partir de 1939, HOCHTIEF recurrió de forma sistemática al trabajo forzado de prisioneros y deportados de toda Europa ocupada. Décadas después, la propia empresa reconoció que esos empleados sufrieron desnutrición, golpes y condiciones inhumanas.
La constructora llegó al Paraná con tecnología de avanzada: una ecosonda para medir el lecho, una guía láser usada por primera vez en Argentina y una computadora. Simultáneamente, entre 1963 y 1968, lideró el traslado de los templos de Abu Simbel en Egipto, operación que la UNESCO celebró como un triunfo de la ingeniería.
La construcción y el silencio
Las obras comenzaron el 3 de febrero de 1962. En un dique seco de 185 metros de largo se fabricaron 37 tubos de hormigón armado de 65 metros cada uno y 4.500 toneladas de peso. Eran remolcados hasta su posición, sumergidos con precisión milimétrica y ensamblados a 32 metros de profundidad. Casi dos mil personas trabajaron en el momento de mayor actividad.
La cobertura periodística de la época fue celebratoria y estrictamente técnica. Los ingenieros alemanes eran presentados como representantes de la vanguardia mundial. Ninguna crónica indagó en el pasado de HOCHTIEF. Una revisión de los archivos de la prensa argentina de esos años muestra que la misma empresa fue mencionada en 1962 por el semanario judío Mundo Israelita por sus actividades en Egipto, pero el dato nunca se vinculó con las obras del Paraná.
Lo que queda bajo el agua
En el año 2000, HOCHTIEF encargó una investigación histórica independiente y reconoció su responsabilidad moral por el uso de trabajo esclavo. Se sumó al fondo de compensación alemán para ex trabajadores forzados. En la actualidad, la compañía es controlada en más de un 75 por ciento por el grupo español ACS.
El túnel no tiene placa que mencione a sus constructores. Cuenta con 37 tubos que llevan más de medio siglo sin filtrar una gota y sigue siendo la única conexión fija del área metropolitana Santa Fe-Paraná, donde viven cerca de un millón de personas. Bajo el Paraná descansa una ingeniería que aprendió a sellar espacios herméticos en los sótanos de Berlín. El río sigue fluyendo arriba.










