“Jóvenes e inquietas”, el libro de la estadounidense Mattie Kahn sobre las personas que ayudaron a desencadenar los movimientos sociales más transformadores: las adolescentes. Una historia sobre el poder de las chicas que cambiaron el mundo en los últimos dos siglos.
Empezó como la mayoría de las revoluciones: con chismes. Era 1836, y miles de trabajadores de fábricas en Lowell, Massachusetts (casi todas mujeres y niñas) se habían puesto a hablar. Se les habían recortado los salarios y las condiciones en las fábricas se estaban deteriorando. Alguien empezó a murmurar acerca de tomar medidas y luego los rumores se extendieron. Se habló de huelga. ¿Quién mejor que las chicas para reconocer el poder de una pequeña charla ociosa?
Las primeras fábricas textiles se abrieron en Estados Unidos en la década de 1820, lo que marcó el comienzo de una nueva era en la industria. Su cerebro, Francis Cabot Lowell, había importado el modelo de Gran Bretaña, pero se horrorizó al ver las condiciones bárbaras en las que trabajaban los niños al otro lado del Atlántico. Decidió que su fuerza laboral provendría de las niñas de Nueva Inglaterra, y su trato sería el motivo de orgullo de las fábricas: hermosas y florecientes niñas estadounidenses, aprendiendo y ganando su propio dinero entre los telares de la ciudad que más tarde llevaría su nombre.
El beso de la muerte
Una década más tarde, la mayoría de los trabajadores de las fábricas eran niñas, algunas de sólo 10 o 12 años. Sufrían, como ha sido largamente documentado, accidentes laborales constantes, acoso, reglas estrictas que acatar y maltrato permanente. Además, las tejedoras tenían que succionar el hilo para enhebrar las lanzaderas o agujas de madera que alimentaban los telares, y la pelusa se acumulaba en sus pulmones. El fenómeno se llamó el “beso de la muerte”, todo un nombre para una aflicción que afectó a las mujeres y niñas más virtuosas de Nueva Inglaterra. Aun así, ese ambiente exclusivamente femenino dio a cientos de niñas la oportunidad de verse a sí mismas como un colectivo, justo cuando la educación de las mujeres se estaba convirtiendo en una cruzada en todo el mundo. Sentirse parte de un todo les permitió ganar cierta independencia. Después de horas en las fábricas, las chicas hablaban: intercambiaban secretos, se unían, fantaseaban, soñaban.
Las revistas y la chispa
Las trabajadoras de la fábrica Tremont Mills fundaron no una, sino dos revistas para recopilar su trabajo adolescente, incluida la famosa “La Ofrenda” (Lowell Offer). Mezcla de diarios íntimos y álbumes de recortes, las revistas eran una crónica seria del tipo de charla que los adultos todavía subestiman. Las jóvenes escribieron sobre la naturaleza, sus visiones para sus futuros hogares y familias, de poesías, amores y moda… También de la insatisfacción con las condiciones laborales, lo poco que ganaban y de las protestas que eventualmente deberían organizar.
Cuando las huelgas comenzaron y se extendieron por las fábricas de la zona, fueron las charlas de chicas las que sentaron las bases del movimiento. Harriet Hanson, que tenía 11 años cuando ingresó a trabajar a una de esas fábricas, años después, cuando militaba por el voto femenino, recordaría cómo se había corrido la voz en el período previo a sus huelgas. “El descontento, la sensación de injusticia los sufríamos 9 o 10 horas de lunes a sábados ante los telares, casi sin darnos cuenta. Pero después veíamos la revista… y lo que comenzó como conmiseración fuera del horario laboral se convirtió en pasto para algo más grandioso”.
Así fue en 1836 en Lowell, y así sería en revoluciones futuras: la charla de chicas fueron la chispa que encendió la llama.
En 1951, la entonces adolescente Bárbara Johns reunió a un pequeño grupo mixto de estudiantes para discutir las condiciones desiguales en su escuela segregada en Virginia. Con unos pocos asistentes (la mayoría de ellas niñas), conspiró, convirtiendo el lamento adolescente (“¡No es justo!”) en una huelga escolar que ayudó a formar la base para el caso “Brown contra el Consejo de Educación” (1954). Y la Corte Suprema de Justicia EE.UU. dictaminó que las leyes estatales que establecían la segregación racial en las escuelas públicas eran inconstitucionales.
El iluminado de Davos
El libro de Kahn recoge otra charla de chicas que en 1969 inspiró a Barbara Deck, vicepresidenta de una pequeña universidad católica para mujeres en Boston, a organizar una conferencia sobre la liberación de la mujer. El Mayo Francés había impulsado el movimiento femenino, que ganaba influencia en el “Occidente que está en peligro”, según nos vienen a decir ahora.
Uno de los talleres se tituló “Las mujeres y sus cuerpos”. Las participantes intercambiaron historias de terror sobre cómo las habían tratado los médicos, negándose a decirles cómo funcionaban los métodos anticonceptivos (o sus propios órganos), acosándolas o ignorando su dolor. Después de esa conferencia, a la que asistieron más de 500 mujeres, las participantes resolvieron crear un folleto basado en sus investigaciones y debates que se llamaría “Las mujeres y sus cuerpos”. Más tarde fue rebautizado como el icónico “Nuestros cuerpos, nosotras mismas” (Our Bodies, Ourselves). Y dio origen a uno de los primeros grupos de liberación femenina (Bread and Roses). La explosión continuó, tanto que en enero de 2024 llegó a Davos, donde un iluminado concurrió a reportar el “atraso” y el “perjuicio económico” que generó “el feminismo radical”.
Despertó y todavía estaba allí
Pero para entonces, millones de mujeres empoderadas se le habían adelantado al dinosaurio (Augusto Monterroso pudo haber presagiado la pesadilla del sauros que duerme en Olivos).
Llevaban décadas luchando contra la desigualdad política, el terrorismo de Estado, la violencia de género, la brecha salarial, la crisis climática. Contra la inequidad y el abuso que padecen en múltiples manifestaciones, desde la libertad sexual a la forma en que gastan su dinero.
Las charlas de chicas, desahogan, siembran conciencia, cobran forma de activismo y un día impulsan a la acción, como en Ni una Menos.
Lo que para algunos machirulos son conversaciones triviales, una distracción “ineficiente”, un parloteo que “no genera valor económico”, para más de mitad de los 8.000 millones de seres humanos que habitamos el planeta son diálogos cruciales.
Para las niñas y mujeres, las charlas de chicas son una sensación de vida compartida. Sirven como base sobre la que se construye el progreso. Y permiten, todavía, soñar con un mundo mejor.