¿Podemos transformar el juego que ya existe en una herramienta para atraer inversión, visitantes y empleo a Concepción del Uruguay? Un hotel de categoría, un casino turístico y un centro de convenciones podrían convertirse en uno de los nuevos motores que necesita nuestra economía local.

En mi columna anterior dejé planteada una pregunta: ¿qué le aporta realmente a Concepción del Uruguay el actual modelo de explotación del juego? Creo que es momento de profundizar esa discusión, pero partiendo de una aclaración: no propongo más juego. Propongo discutir qué hacemos con el juego que ya existe y qué debería recibir la ciudad a cambio de una actividad altamente rentable cuya explotación depende de una concesión pública.
Desde el punto de vista económico, no todos los casinos cumplen la misma función. Existe un modelo que podríamos llamar casino extractivo: aquel cuya rentabilidad depende fundamentalmente del dinero que gastan los propios habitantes de una ciudad y no de su capacidad para atraer visitantes y generar un efecto multiplicador sobre el resto de la economía local.
Esto no significa que el casino actual no genere empleo, pague impuestos o demande servicios. La diferencia fundamental está en el origen del dinero. Cuando un uruguayense destina parte de sus ingresos al juego, buena parte de ese gasto sustituye otros consumos que podría realizar dentro de la misma economía local. El dinero cambia de manos, pero no necesariamente aumenta la riqueza de la ciudad. Distinto es cuando alguien llega desde Rosario, Buenos Aires, Santa Fe, Uruguay u otra localidad, se hospeda en nuestros hoteles, cena en nuestros restaurantes, compra en nuestros comercios y además consume entretenimiento. En ese caso estamos incorporando demanda externa.
Una cosa es capturar el gasto de nuestros propios vecinos. Otra muy distinta es capturar el gasto de quienes vienen a visitarnos.
Victoria ofrece un antecedente cercano que vale la pena estudiar, aunque sin caer en simplificaciones. La transformación turística de esa ciudad no fue consecuencia exclusiva del casino. La conexión Rosario-Victoria, inaugurada en 2003, acercó a la ciudad a uno de los mayores mercados urbanos del país. Pero Victoria supo acompañar esa ventaja con inversiones capaces de convertir tránsito en estadías y visitantes en turistas.
Un estudio realizado por una investigadora del CONICET y la Universidad de Buenos Aires, titulado “Los emprendimientos turísticos y sus efectos. El caso del Hotel-Casino en Victoria, Entre Ríos, Argentina”, permite dimensionar parte de esa transformación. Según el trabajo, Victoria pasó de 259 plazas de alojamiento en 1998 a 1.251 en 2007, con un salto particularmente importante entre 2003 y 2004, coincidente con la apertura del hotel-casino, que incorporó 75 habitaciones y el primer establecimiento cinco estrellas de la ciudad. El proyecto contempló además una fuerte utilización de mano de obra local y capacitación para distintas áreas de hotelería, gastronomía y entretenimiento.
Lo importante, entonces, no es copiar a Victoria, sino comprender la lógica. El casino no funcionó aislado: hotelería, termas, gastronomía, eventos y conexión regional comenzaron a formar parte de un mismo producto turístico. El juego dejó de ser solamente una actividad que captura consumo local para integrarse a una oferta destinada también a atraer visitantes.
Entonces, ¿por qué no volver a pensar en grande en Concepción del Uruguay?
Hace años existió una idea que nunca logró concretarse: desarrollar un gran hotel-casino en la Isla del Puerto, detrás de la Stella Maris, con una ubicación privilegiada y vistas extraordinarias sobre el río Uruguay. Tal vez haya llegado el momento de volver a estudiarla, pero bajo una concepción mucho más amplia.
No imagino solamente un casino. Imagino un complejo turístico de destino: un hotel de primera categoría, gastronomía, espacios de entretenimiento y espectáculos, casino y un moderno centro de convenciones capaz de atraer congresos, encuentros empresariales y eventos durante todo el año.
Este último componente puede resultar particularmente importante. El turismo de reuniones tiene una característica estratégica: ayuda a romper la estacionalidad y moviliza simultáneamente hotelería, gastronomía, transporte, comercio y servicios profesionales. Según el “Anuario Estadístico de Turismo de Reuniones de Argentina”, en 2024 se identificaron 3.641 reuniones en nuestro país y el gasto total realizado por sus visitantes alcanzó los $3,45 billones.
Concepción del Uruguay tiene condiciones para competir en ese segmento, pero necesita infraestructura acorde. Un centro de convenciones integrado a un hotel de categoría permitiría complementar nuestros atractivos históricos, culturales y naturales con un producto capaz de generar movimiento durante todo el año y no solamente durante fines de semana largos o temporada de verano.
Una inversión de esta escala debería además establecer condiciones claras: empleo local, capacitación de trabajadores, oportunidades para proveedores de la región y compromisos concretos de inversión. Si el Estado concede el derecho de explotar una actividad rentable como el juego, es razonable preguntarse qué contraprestación estratégica debería recibir la comunidad.
Naturalmente, cualquier proyecto de estas características en la Isla del Puerto exige una discusión ambiental particularmente rigurosa. Estamos hablando de una reserva natural y eso impone límites que no deberían negociarse. Pero desarrollo y conservación no necesariamente son conceptos incompatibles. La condición debería ser exactamente la inversa a la que muchas veces aplicamos: el proyecto debe adaptarse al ambiente y no el ambiente al proyecto.
Un desarrollo de baja ocupación territorial, correctamente estudiado y sometido a una evaluación ambiental independiente, podría incorporar además financiamiento permanente para conservación, recuperación de sectores degradados, monitoreo ambiental, educación y puesta en valor del entorno natural. Pero esa compatibilidad debe demostrarse técnicamente, no suponerse de antemano.
Esta discusión adquiere todavía mayor importancia en el momento económico que atraviesa Concepción del Uruguay. Como señalé cuando analizamos el impacto del cierre de GTA, nuestra ciudad necesita diversificar su matriz productiva. No podemos depender de uno o dos grandes empleadores ni esperar que aparezca una única inversión capaz de resolver nuestros problemas de empleo. Necesitamos construir nuevos motores: industria, puerto, conocimiento, educación, servicios y también turismo.
Por eso esta propuesta no debería discutirse solamente como una iniciativa sobre el juego. El casino ya existe. La verdadera pregunta es si queremos que siga funcionando principalmente sobre el ingreso de los propios uruguayenses o si podemos utilizar esa actividad para apalancar una inversión capaz de atraer visitantes, generar empleo y hacer ingresar recursos desde afuera.
No propongo más juego. Propongo cambiar la lógica del juego que ya tenemos. Pasar de un casino extractivo a un casino turístico puede ser una pieza de algo mucho más importante: volver a preguntarnos cuál será el próximo gran proyecto capaz de movilizar la economía de Concepción del Uruguay.
(*) economista y concejal










