Fue uno de los músicos argentinos de jazz más prestigiosos y queridos. Llevaba más 60 años tocando la trompeta, sin hacerle caso a los géneros ni a la perfección técnica, porque su repertorio era tan amplio como su virtuosismo artístico.
Roberto “Fats” Fernández el “ciudadano de la Boca” –nacido y criado, aclaraba–, murió el 8 de enero a los 88 años. Tocaba la trompeta desde los seis. Empezó en la bandita de exploradores del Colegio Don Bosco, en la esquina de su casa. A los 14 ya se ganaba las primeras monedas gracias al instrumento, su enorme talento y erudición musical, como buen autodidacta.
Formó parte del quinteto del Gato Barbieri; ocupó el lugar de “el trompetista latino” de la Georgians Jazz Band; acompañó a Ray Charles y tocó junto a leyendas de la talla de Dizzy Gillespie, Chick Corea, Paquito de Rivera, Arturo Sandoval, Brandford y Winton Marsalis.
No sólo es Fats, por razones de peso: Dizzie Gillespie lo apodó “Golden sound” (Sonido de oro) y Freddie Hubbard “Mr. Chops” (señor labios). Astor Piazzolla le puso un apodo rotundo y acertado: “El Troilo de la trompeta”.
Fernández solía decir que si la música no se toca con el corazón no es música, son notas. Y que él había aprendido tocando.
A partir de 1987 comenzó a grabar en Melopea, de donde salieron todos sus discos. Litto Nebbia acababa de volver de México, hipotecó su casa para armar su estudio y lo invitó grabar. Pero como nadie vive de lo que gana grabando, al menos en el mercado argentino, tocó con Palito Ortega en sus giras, hizo música para películas y hasta estuvo en un programa de televisión de Gerardo Sofovich. Puedo haberse ido a trabajar afuera. Muchas veces, le ofrecieron contratos compañías multinacionales. Pero no había caso, su barrio y la Argentina tiraban más. Aunque vivió sus últimos años en un geriátrico.
Por problemas de salud, en 2014 dio sus últimos shows. Fats no tuvo mucho tiempo arriba de los escenarios, pero sin dudas dejó su huella y un legado.









