Cuando Bad Bunny emergió de una fila de enormes tallos de caña de azúcar para dar inicio a su actuación en el descanso del Súper Bowl, podría haber sido fácil interpretar el diseño del escenario como poco más que un escenario exuberante: un cuadro de paraíso caribeño importado a la Bahía de San Francisco.
Pero como todo lo que hace Bad Bunny, la escena contaba mucho más de su simple apariencia. El cantante puertorriqueño se rodeó de hombres y mujeres en plena zafra, invocando la colonización secular del territorio, en la que el azúcar jugó un papel central. España llevó la cosecha a la isla en el siglo XVI y estableció enormes plantaciones atendidas por esclavos. A finales del siglo XIX, Estados Unidos tomó la isla por la fuerza y estableció su propia lucrativa colonia azucarera, con corporaciones continentales controlando una parte significativa de la producción y obteniendo enormes beneficios.
Para los gobernantes en Washington, el pueblo puertorriqueño era en su mayoría una molestia a gestionar. Pero a pesar de todo esto, los boricuas encontraron formas de prosperar. Crearon su propia música, comida, tradiciones orales y negocios, forjando una cultura ferozmente resiliente y alegre que ahora se ha exportado al mundo. Y Bad Bunny, en solo unos minutos de televisión, comunicó a 160 millones de personas en vivo y directo: la opresión, el ingenio, la alegría de su pueblo. Ochenta años después de que el gobierno prohibiera izar una bandera puertorriqueña o cantar una melodía patriótica, Benito Antonio Martínez Ocasio, ondeó orgulloso la bandera y cantó sus canciones puertorriqueñas, rodeado de latinos que llevaban sus propias banderas en el escenario más grande de Estados Unidos.
El del domingo fue el show más visto en la historia del Súper Bowl, sin contar con las 4.000 millones de visualizaciones de Youtube de las primeras horas del lunes y que se han ido acumulando esta semana. Y llegó justo en el contexto del ataque a Venezuela y el secuestro de su presidente por parte de Donald Trump para controlar sus recursos; y de sus agentes enmascarados que secuestran latinos de sus propias casas. Una semana antes, en los Grammy, Bad Bunny hizo una declaración política contundente: “ICE fuera.” No necesitó repetirla el domingo, las imágenes lo hicieron por sí mismas.
El espectáculo fue un acto feroz de resistencia. Un ejercicio visual espléndido, una coreografía atractiva y un trabajo de cámara perfectos. También fue una aguda lección cultural e histórica del pasado y presente de Puerto Rico; de lo que significa vivir bajo la colonización. Sobre todo, fue síntesis de 13 minutos que explican por qué Bad Bunny es—y merece ser—la mayor estrella del pop del mundo de la actualidad.
El éxito y la raíz
Aunque Bad Bunny lleva casi una década siendo famoso, la mayoría de las canciones que interpretó en su espectáculo del entretiempo de la final de fútbol americano eran de su álbum más reciente: “Debí tirar más fotos”. Antes de este disco, Bad Bunny parecía destinado a cumplir el sueño americano y su ritual inexorable: mudarse a Hollywood; salir con una celebridad cercana a los Kardashian y luchar contra Brad Pitt en una película de acción. Los fans se preguntaban si empezaría a cantar en inglés.
En cambio, el álbum lo mostró refugiándose más profundamente en Puerto Rico que nunca, explorando sus tradiciones y géneros musicales como la plena y la bomba.
De algún modo, este álbum decididamente regional acabó siendo otro punto álgido en su legendaria carrera. A los fans de todo el mundo les encanta su autenticidad, sus ritmos complejos, la alegría que emana de sus colaboraciones con jóvenes músicos de escuelas de música de San Juan. En 2025, recuperó su título como el artista más reproducido en Spotify, generando 19.800 millones de reproducciones. La semana pasada, “Debí tirar más fotos” ganó el premio al Álbum del Año en los Grammy.
Bad Bunny llevó la alegría, la naturaleza comunitaria y la identidad cultural del álbum al espectáculo del Súper Bowl con toda su fuerza. Los personajes en el escenario vendían piragua (hielo raspado), las chicas se pintaban las uñas, los hombres jugaban al dominó. Mientras tanto, sus bailarines llevaban gran parte de la energía al ritmo de “Yo perreo sola”, una oda a la independencia femenina. Las tribunas estallaron con “Gasolina”, el clásico del reggaetón de Daddy Yankee, y se zarandearon con el “Baile Inolvidable”.
En uno de los momentos más conmovedores, Ocasio entregó uno de sus Grammys a un niño latino de inconfundible parecido con Liam “Conejo” Ramos, el niño ecuatoriano de 5 años, quien fue arrestado junto a su padre en la puerta de su casa en Minneapolis y enviado a un centro de detención en Texas, a 1.700km de distancia, pese a tener ambos una solicitud de asilo activa.
Celebridades
Toda esta atención al detalle cultural hizo que, cuando aparecieron celebridades, su presencia no pareciera forzada. En cambio, ofrecieron pruebas de lo atractiva que es Puerto Rico para el resto del mundo. Durante “Yo Perreo Sola”, la cámara pasó por encima de Pedro Pascal, Cardi B, Jessica Alba, Karol G y otros, que no estaban allí para promocionar nada, sino simplemente disfrutar de la fiesta y apoyar al cantante.
La gran invitada sorpresa fue Lady Gaga, que cantó una versión de su canción “Die With a Smile” antes de unirse a Bad Bunny para un baile, con el rostro radiante de alegría. (Este fue un momento astuto de asimilación inversa: mientras los conservadores pedían que Bad Bunny cantara en inglés, en su lugar consiguió que una gran estrella del pop adaptara su canción a salsa.) Luego apareció Ricky Martin cantando “Lo que le pasó a Hawái”—una canción de “Fotos”, que lamenta la difícil situación de otra colonia azucarera estadounidense—.
La última gran pieza clave del espectáculo llegó durante “El Apagón”, una canción electrónica lanzada en 2022. La puesta en escena sirvió para llamar la atención sobre los frecuentes apagones en Puerto Rico, que empeoraron tras la privatización del servicio en la isla.
Antes de su actuación, muchos comentaristas conservadores expresaron su preocupación porque Bad Bunny no era lo “suficientemente estadounidense” (no importa que los puertorriqueños sean estadounidenses, y que el Súper Bowl también haya acogido a muchos no estadounidenses, como U2, Paul McCartney y los Rolling Stones). Trump se quejó en medio del espectáculo: “nadie entiende ni una palabra de lo que dice este tipo”.
Pero Bad Bunny siempre ha prosperado precisamente por su negativa a asimilarse o complacer a los poderosos. Su actuación ejemplificó este enfoque intrépido, que superpone educación genuina al espectáculo de masas y que sigilosamente arremete contra la injusticia con humor y alegría.










