Murió Antonio Rattín, leyenda del fútbol argentino

Con su fallecimiento, el fútbol argentino perdió a uno de sus grandes referentes. Ídolo de Boca Juniors, capitán de la Selección y protagonista del histórico escándalo de Wembley en el Mundial de 1966, Antonio Rattín dejó una huella imborrable dentro y fuera de las canchas.

La muerte de Antonio Ubaldo Rattín, a los 89 años, cierra uno de los capítulos más importantes del fútbol argentino del siglo XX. Ídolo absoluto de Boca Juniors, capitán de la Selección Argentina y protagonista del episodio más controvertido del Mundial de Inglaterra 1966, su figura trascendió las canchas para convertirse en un símbolo de liderazgo, personalidad y pertenencia. Su expulsión en Wembley cambió para siempre la historia del arbitraje mundial, mientras que su nombre quedó grabado entre los grandes referentes de la camiseta azul y oro.

El fútbol argentino despidió este sábado a uno de esos personajes que atraviesan generaciones. Antonio Ubaldo Rattín falleció a los 89 años y con él se fue uno de los últimos representantes de una época en la que los futbolistas construían su prestigio tanto por la calidad de su juego como por el peso de su personalidad.



La noticia fue confirmada por Boca Juniors y rápidamente generó un profundo pesar en el ambiente deportivo. Excompañeros, dirigentes, clubes e hinchas coincidieron en definirlo como un caudillo dentro de la cancha, un referente indiscutido y uno de los grandes números cinco que dio el fútbol argentino.

Fue ídolo en Boca Juniors

Su historia estuvo ligada casi por completo a Boca. Llegó siendo un adolescente a las divisiones inferiores y jamás vistió otra camiseta en el profesionalismo. Debutó en Primera División en 1956 y permaneció hasta 1970, una permanencia poco habitual incluso para aquellos tiempos, en los que las transferencias al exterior todavía no eran moneda corriente.

Durante catorce temporadas defendió los colores azul y oro en 382 partidos oficiales y convirtió 28 goles. Sin embargo, las estadísticas apenas alcanzan para explicar la dimensión que adquirió dentro del club. Rattín era el capitán natural de aquel equipo. El dueño del mediocampo. El jugador encargado de ordenar a sus compañeros, recuperar la pelota y transmitir carácter en los momentos difíciles.

No era un volante de lujos ni de grandes gambetas. Su prestigio nació de la inteligencia táctica, del sentido de la ubicación y de una presencia física que imponía respeto. Su sola figura alcanzaba para marcar el ritmo de un partido. En una época de defensores duros y mediocampistas de roce permanente, Rattín representó como pocos el espíritu competitivo de Boca.

Con el club conquistó los campeonatos de 1962, 1964 y 1965, además de los Torneos Nacionales de 1969 y 1970. También integró el equipo que alcanzó la final de la Copa Libertadores de 1963, cuando el certamen continental todavía comenzaba a escribir su historia.

Décadas después, el reconocimiento llegó de la manera más simbólica posible. En 2015 Boca inauguró una estatua en su honor dentro de La Bombonera, reservando ese espacio únicamente para las máximas glorias de la institución. Allí quedó inmortalizado el capitán, con la cinta en el brazo y la mirada desafiante que tantas veces exhibió dentro de una cancha.

La tarde que cambió la historia

Pero si Boca fue su casa, la Selección Argentina fue el escenario donde su figura alcanzó dimensión internacional.

Vestido con la camiseta albiceleste disputó dos Copas del Mundo, Chile 1962 e Inglaterra 1966, además de participar en dos ediciones de la Copa América y formar parte del equipo que conquistó la Copa de las Naciones de 1964 en Brasil, uno de los mayores logros internacionales de aquella generación.

En el Mundial de Inglaterra llegó como capitán de un seleccionado que despertaba ilusión. Argentina había mostrado un funcionamiento sólido durante la primera fase y se perfilaba como uno de los equipos capaces de discutir el título.

Sin embargo, todo cambió el 23 de julio de 1966.

Ese día, en el estadio de Wembley, enfrentó al seleccionado inglés por los cuartos de final. El partido era intenso y muy disputado cuando, a los 35 minutos del primer tiempo, el árbitro alemán Rudolf Kreitlein decidió expulsar a Rattín.

Lo extraordinario fue que nadie entendió lo ocurrido.

En aquella época todavía no existían las tarjetas amarillas ni las rojas. Los árbitros simplemente señalaban con un gesto que un futbolista debía abandonar el campo. Tampoco era habitual que los jueces explicaran los motivos de una sanción.

Rattín intentó hablar con el árbitro, pero el alemán no entendía español y el capitán argentino no hablaba alemán. Una barrera idiomática terminó convirtiéndose en uno de los episodios más famosos de la historia de los Mundiales.

Durante varios minutos se negó a abandonar el terreno de juego. No protestaba únicamente la expulsión; reclamaba una explicación. Pedía un traductor. Quería saber qué había hecho para merecer semejante castigo.

El partido permaneció detenido cerca de diez minutos mientras dirigentes, policías y colaboradores intentaban convencerlo de retirarse.

Cuando finalmente comenzó a caminar hacia la salida, la escena adquirió una dimensión histórica.

En el recorrido pasó frente al palco oficial y se sentó durante unos instantes sobre la alfombra roja preparada para el ingreso de la reina Isabel II. El gesto fue interpretado por los ingleses como una provocación y por buena parte de la prensa argentina como un acto de rebeldía frente al local.

Instantes después tomó el banderín del córner, adornado con los colores británicos, y lo estrujó con evidente fastidio antes de abandonar definitivamente la cancha.

Las imágenes recorrieron el mundo.

Desde las tribunas comenzaron a caer proyectiles mientras una silbatina ensordecedora acompañaba su salida. Poco después Inglaterra ganó el partido por 1 a 0 con un gol de Geoff Hurst y avanzó hacia el título mundial.

La polémica no terminó allí.

Finalizado el encuentro, el entrenador inglés Alf Ramsey impidió que sus jugadores intercambiaran camisetas con los argentinos y lanzó una frase que quedó para siempre en la historia del fútbol al calificarlos como «animales». Aquellas palabras profundizaron una rivalidad deportiva que años más tarde encontraría nuevos capítulos memorables.

Paradójicamente, el episodio de Wembley terminó modificando el reglamento del fútbol mundial.

La imposibilidad de que árbitro y jugador pudieran entenderse convenció al exárbitro inglés Ken Aston de que era necesario crear un lenguaje universal para comunicar las sanciones disciplinarias. Inspirado en los colores de un semáforo ideó las tarjetas amarilla y roja, que la FIFA implementó oficialmente en el Mundial de México 1970.

De esa manera, una expulsión que todavía hoy continúa siendo discutida terminó generando uno de los cambios reglamentarios más importantes en la historia del deporte.

Rattín siempre sostuvo que jamás supo por qué había sido expulsado. El árbitro, en cambio, argumentó años después que lo había echado porque consideró irrespetuosa su actitud y porque interpretó que lo desafiaba con la mirada.

Aquella explicación nunca alcanzó para cerrar una polémica que sigue vigente seis décadas después.

Un legado eterno

Tras dejar el fútbol inició una nueva etapa como entrenador, con pasos por Boca, Gimnasia y Esgrima La Plata, Tigre y Estudiantes de Río Cuarto, entre otros clubes. Más adelante incursionó en la política, donde fue diputado nacional y concejal en el partido bonaerense de Vicente López.

Sin embargo, ninguno de esos caminos logró eclipsar la dimensión de su carrera deportiva.

Para los hinchas de Boca seguirá siendo uno de los grandes capitanes de la historia del club. Para quienes crecieron viendo el fútbol de los años sesenta será el dueño del mediocampo que imponía respeto con su presencia. Para los historiadores del deporte será el protagonista involuntario del episodio que dio origen a las tarjetas amarilla y roja. Y para millones de argentinos permanecerá como el futbolista que nunca aceptó una injusticia sin pedir explicaciones.

Con su muerte desaparece uno de los últimos referentes de una generación que convirtió al fútbol argentino en protagonista del escenario internacional. Pero su legado permanece intacto. Cada vez que un árbitro levanta una tarjeta para sancionar a un jugador, una parte de aquella tarde de julio de 1966 vuelve a hacerse presente. Y cada vez que Boca repasa la historia de sus grandes capitanes, el nombre de Antonio Rattín aparece inevitablemente entre los primeros de la lista.