Maternidad feminista

Por: Esther Vivas
El ideal de madre no es resultado de nuestra capacidad biológica para gestar, parir y lactar sino de una operación cultural y simbólica que construye la identidad femenina de manera única y homogénea en torno al hecho de ser madres.
La maternidad ha sido utilizada por el patriarcado como un instrumento de supeditación, el único destino para las mujeres, relegándonos al ámbito doméstico. Mientras, los hombres aparecían como libres de responsabilidades, sin ataduras para intervenir en la vida pública. La maternidad en cambio era un obstáculo para la igualdad y la autonomía plena a la que aspiraban las mujeres.
La segunda ola de feminismo de los años 60 y 70 se alzó, como era necesario, contra la “santísima maternidad”, apelando a una sexualidad al margen de la reproducción y a poder decidir sobre nuestro cuerpo, consiguiendo avances importantísimos en materia de contracepción y derecho al aborto. Sin embargo, esta rebelión acabó negando el hecho mismo de ser madre, e incluso en algunos ámbitos cayó en un cierto discurso anti reproductivo.
Simone de Beauvoir lo dejaba claro cuando afirmaba que la maternidad era “una tara” que debía ser superada. La mujer como prisionera, afirmaba la autora, de un cuerpo que menstrua, procrea, se embaraza y pare. Un cuerpo que, en definitiva, la traiciona. Mientras que el hombre queda libre de este destino, ya que sus atributos genitales no obstaculizan su experiencia individual. El patriarcado y el capitalismo han secuestrado la maternidad, y la han utilizado como un arma para subordinar a las mujeres. Pero cuando desde determinados ámbitos del feminismo se reduce la maternidad a esa acepción, se ignora la capacidad de las mujeres de dotarla de un sentido propio, enmarcándola en una sociedad igualitaria. Aceptar la maternidad patriarcal como la única posible significa renunciar a una perspectiva feminista. Pero negar la maternidad implica dar la espalda a todas esas mujeres madres, dejándonos huérfanas de discurso y referentes. No se trata de idealizar la maternidad, ni de tener una mirada romántica, sino de reconocer su papel fundamental en la reproducción social y otorgarle el valor histórico y político que tiene.